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Secretos

La mesa 7 del puesto de tacos y el plato que quedó boca abajo

13 min de lectura
Puesto de tacos callejero por la noche con mesa número siete y plato de comida en el suelo junto a un poste de luz
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Esa parte que te dejó con el corazón apretado tiene una continuación, y arranca justo en el segundo en que el plato tocó el suelo.

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Doña Ernestina llevaba veintitrés años friendo carnitas en la esquina del mercado, y en esos veintitrés años había visto de todo: borrachos, pleitos de maridos celosos, policías cobrando mordida, niños corriendo entre las sillas. Pero lo que vio esa noche en la mesa número siete se le quedó grabado como una quemadura. Ella estaba detrás del comal cuando el hombre del casco negro se sentó solo, pidió tres tacos de suadero y un refresco de vidrio, y se puso a comer con esa calma de quien acaba de salir de un turno largo y por fin puede respirar.

El hombre que comía tranquilo

Se llamaba Ramiro.

Eso lo supimos después, cuando su hermana llegó al puesto llorando y preguntando por él. Tenía treinta y ocho años, era mecánico en un taller de la colonia Doctores, y esa noche había salido de trabajar a las ocho y media con las manos todavía manchadas de grasa. Se sentó en la mesa siete porque era la única libre, la que quedaba junto al poste de la luz, y ahí estaba, mordiendo su segundo taco, cuando se le acercó el otro.

Doña Ernestina lo vio primero de reojo.

Un muchacho joven, no más de veinticinco, con una playera blanca holgada y una cadena dorada al cuello. No venía solo. Detrás de él caminaban otros tres, dos hombres y una mujer, todos con esa actitud de quien anda buscando pleito o buscando mesa, que a veces es lo mismo.

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—Oye, gordo. —Le tocó el hombro a Ramiro—. Levántate, que aquí vamos a comer nosotros.

Ramiro levantó la vista despacio. Tenía el taco a medio camino de la boca.

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—¿Perdón? —dijo, con la boca llena.

—Que te levantes. Esta mesa es nuestra.

Doña Ernestina apretó la cuchara de metal que traía en la mano. Conocía ese tono. Lo había escuchado mil veces en boca de hombres que no saben pedir las cosas, que solo saben exigirlas.

Ramiro masticó, tragó, y dejó el taco sobre el plato de plástico.

—Mire, joven —dijo, sin alzar la voz—. Hay otras mesas. Ahí atrás están desocupadas. Yo ya pedí y estoy comiendo. Si me espera tantito, en cuanto termine se la dejo libre.

Fue una respuesta razonable. Cualquier persona con dos dedos de frente la habría aceptado.

El muchacho de la cadena no.

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—¿Me estás diciendo que no? —Se rio, pero fue una risa fea, hueca—. ¿Me estás diciendo que no a mí?

—Le estoy diciendo que hay otras mesas.

—Ah, ¿y tú quién eres? —El joven se inclinó sobre la mesa, hasta quedar casi frente a frente con Ramiro—. ¿El dueño del mercado? ¿El presidente municipal?

Los tres acompañantes se habían acomodado alrededor, formando un círculo silencioso. La mujer de la playera rosa se cruzó de brazos y miró hacia otro lado, como si ya hubiera visto esa película muchas veces y supiera cómo terminaba.

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Doña Ernestina salió de detrás del comal.

—Muchachos, muchachos —dijo, limpiándose las manos en el delantal—. Hay lugar, hay lugar. Ahorita les acomodo una mesita aquí al lado. No se peleen, por favor.

Nadie la volteó a ver.

El plato que voló por los aires

Fue cuestión de segundos.

El joven de la cadena agarró el plato de plástico de Ramiro —con los tacos a medio comer, con el limón partido, con la salsa que se había servido con tanto cuidado— y lo levantó en el aire.

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—¿Sabes qué? —dijo—. Si no te levantas, entonces no comes.

Y lo volteó.

El plato cayó al suelo con un golpe seco. Los tacos se desparramaron sobre el concreto, la carne rodó entre las patas de las sillas, la salsa se untó en la suela de un tenis blanco. Un taco quedó boca abajo, aplastado, y la tortilla se fue abriendo lentamente como si también ella se estuviera rindiendo.

El puesto entero se quedó en silencio.

Doña Ernestina se llevó la mano a la boca. En la mesa de al lado, un señor que estaba cenando con su esposa dejó la cuchara a medio camino. En otra mesa, tres estudiantes que habían estado riéndose se quedaron congelados con las servilletas en la mano. La señora que vendía refrescos dos puestos más allá volteó a ver, y luego bajó la cabeza, porque en este barrio nadie quiere ser el que mira demasiado.

Ramiro se quedó mirando el suelo.

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No dijo nada durante unos segundos que a todos se les hicieron eternos. Se quedó viendo cómo la salsa se escurría entre las piedras, cómo las moscas ya empezaban a acercarse, cómo el taco aplastado se iba deshaciendo bajo la luz amarillenta del poste.

—¿Por qué hiciste eso? —preguntó por fin. Su voz no sonó enojada. Sonó cansada.

—Porque se me dio la gana —contestó el joven—. Y ahora levántate, gordo, o te levanto yo.

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Ramiro alzó la cabeza.

Y ahí fue cuando el joven metió la mano en la bolsa del pantalón.

La mano que salió del pantalón

No todos lo vieron al mismo tiempo.

Doña Ernestina lo vio primero porque estaba de frente. La señora de los refrescos lo vio después. El señor que cenaba con su esposa lo vio cuando ya era tarde para moverse.

Era una pistola. Negra, pequeña, del tamaño de una mano cerrada, pero pistola al fin.

El joven no la levantó hacia arriba como en las películas. La mantuvo a la altura de la cintura, apuntando hacia el piso, pero apuntando. Los tres acompañantes dieron un paso atrás sin que nadie se lo pidiera. La mujer de la playera rosa se llevó la mano a la boca.

—¿Qué dijiste? —preguntó el joven, muy despacio—. Repíteme.

Ramiro no repitió nada.

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Se quedó sentado, con las manos sobre la mesa, mirando la pistola. En su cabeza, después supimos, pasaron en un solo segundo su madre, su hermana, el taller, los tres tacos que ya no iba a terminarse. Pensó que quizás si no se movía, si no decía nada, todo iba a quedar en un susto. Que el muchacho se iba a cansar. Que la pistola era para impresionar, no para usar.

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—Levántate —repitió el joven.

Esta vez Ramiro se levantó.

Se puso de pie despacio, sin quitar la vista de la pistola. Tenía las manos abiertas a los lados, como quien no quiere dar motivos. La silla raspó el suelo al correrse. Su refresco quedó ahí, a medias, con el hielo ya derritiéndose.

—Ahora —dijo el joven, y sonrió por primera vez en toda la noche—, recoge eso.

Ramiro lo miró sin entender.

—¿Qué cosa?

—La comida. Recógela. Toda.

De rodillas frente a los tacos

El silencio se volvió otra cosa.

Ya no era el silencio de la sorpresa, era el silencio del miedo. Los estudiantes de la otra mesa se habían quedado quietos como estatuas. El señor que cenaba con su esposa le apretaba la mano por debajo de la mesa. Doña Ernestina tenía las dos manos sobre el delantal y las lágrimas le empezaban a raspar los ojos.

Ramiro miró el suelo, luego la pistola, luego al joven.

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—Por favor —dijo.

No pidió por él. Después supimos que pidió por el muchacho. Porque Ramiro, en ese instante, pensó en su propio sobrino, un chavo de veintidós años que andaba en malos pasos, que ya había estado en problemas, que se parecía mucho a ese joven de la cadena dorada. Y pensó que quizás el muchacho también tenía una tía que lo quería, una madre que lo esperaba en casa, alguien que no sabía en qué andaba metido.

—Por favor —repitió—. Todos aquí tenemos familia.

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—Recoge —dijo el joven, y bajó un poco la pistola, y le puso el cañón en el hombro—. Ahora.

Ramiro bajó la cabeza.

Y se arrodilló.

Lo hizo despacio, con las dos rodillas sobre el concreto frío, entre las patas de la mesa, frente a los tacos desparramados. La luz del poste le pegaba en la espalda y le alargaba la sombra hacia la banqueta. Alguien, en la mesa de los estudiantes, dejó escapar un sollozo que quiso disfrazar de tos.

Ramiro estiró la mano y empezó a juntar la carne.

Uno por uno, quitándole las piedritas, separando las tortillas rotas, apilando todo en un montoncito en el borde del plato volteado. La salsa le manchó los dedos. Las moscas ya estaban ahí, zumbando alrededor, y él las espantaba con el dorso de la mano como si todavía le importara la limpieza.

—Más rápido —dijo el joven.

Ramiro apuró las manos.

Doña Ernestina, desde su puesto, empezó a rezar en voz baja. No era la única. La señora de los refrescos también estaba rezando, con los ojos cerrados, haciendo la señal de la cruz sobre el pecho.

Y en ese momento, cuando ya parecía que nadie iba a moverse, alguien se movió.

El testigo que no se quedó quieto

Fue el señor que cenaba con su esposa.

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Se llamaba Gilberto, tenía sesenta y un años, era jubilado de una fábrica de jabones, y llevaba cuarenta años viviendo en esa colonia. Se levantó de su silla sin hacer ruido, con la servilleta todavía en la mano, y caminó tres pasos hacia la mesa siete.

—Joven —dijo.

El muchacho de la cadena volteó.

—¿Qué quiere, viejo?

—Nada más decirle una cosa —dijo Gilberto, con la voz temblorosa pero firme—. Ese plato cuesta cuarenta pesos. Con los tacos, sesenta. Yo se los pago. Y usted se va. ¿Sale?

Todo el puesto se quedó sin aire.

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El joven lo miró como si le hubieran hablado en otro idioma. Los tres acompañantes se movieron incómodos, sin saber qué hacer. La mujer de la playera rosa miró a Gilberto con algo que no era enojo, era otra cosa, era vergüenza.

—¿Y usted quién es? —preguntó el joven.

—Un vecino.

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—Los vecinos no se meten en lo que no les importa.

—Este sí —dijo Gilberto, y dio un paso más—. Este sí se mete. Porque mañana le puede tocar a mi hija. O a mi nieta. O a usted mismo, joven, cuando alguien más grande le haga lo mismo.

El joven se rio.

Pero fue una risa más corta que la anterior. Más incómoda. Como si las palabras del viejo le hubieran tocado algo que no quería que le tocaran.

—Vámonos —dijo la mujer de la playera rosa, por fin, hablando por primera vez en toda la noche—. Ya, vámonos.

El joven la miró. Luego miró a Gilberto. Luego miró a Ramiro, que seguía de rodillas, con las manos llenas de carne y salsa, mirándolo a él, esperando.

Por un segundo, nadie supo qué iba a pasar.

El poste de la luz y el silencio que quedó

El joven guardó la pistola.

No dijo nada. No se disculpó. No volteó a ver a Ramiro. Se dio la vuelta, con los tres acompañantes detrás, y caminó hacia la esquina sin apurar el paso, como si nada hubiera pasado, como si no acabara de poner de rodillas a un hombre por un plato de tacos.

La mujer de la playera rosa fue la última en irse. Antes de desaparecer en la esquina, volteó a ver a Ramiro. Y Ramiro, todavía de rodillas, la vio a ella. No se dijeron nada. Pero en ese intercambio de miradas hubo algo. Algo que después, cuando ya todo había pasado, Ramiro recordaría como lo más raro de la noche. Porque en los ojos de esa mujer no había maldad. Había cansancio. Había miedo. Había, quizás, la misma pregunta que él se estaba haciendo: ¿cómo llegamos hasta aquí?

Cuando se fueron, el puesto entero soltó el aire.

Doña Ernestina fue la primera en moverse. Salió corriendo de detrás del comal, se agachó junto a Ramiro, y lo ayudó a levantarse.

—Mi hijo, mi hijo —le decía, con las dos manos en los brazos—. ¿Estás bien? ¿Te hicieron algo?

Ramiro se puso de pie con trabajo. Tenía las rodillas raspadas del concreto. Las manos manchadas de salsa, de aceite, de algo que ya no se podía recuperar.

—Estoy bien —dijo.

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Pero no estaba bien.

Gilberto se acercó, con la servilleta todavía en la mano, y le puso una mano en el hombro.

—Le voy a pagar sus tacos —dijo—. Y los míos. Y los de todos los que están aquí. Esta noche, aquí, invito yo.

Nadie se rio. Nadie celebró. Pero varios, sin decir nada, se acercaron a la mesa siete. El estudiante que había sollozado le trajo un vaso de agua. La señora de los refrescos le trajo otra caguama de vidrio, sin cobrarla. Doña Ernestina le sirvió tres tacos nuevos, sin preguntar, y le puso el doble de carne.

Ramiro se sentó otra vez.

Se sentó en la misma silla, en la misma mesa siete, junto al mismo poste de la luz. Y comió. Despacio. Sin decir nada. Con las manos todavía temblorosas, con la camisa manchada de salsa, con las rodillas raspadas. Comió porque estaba vivo. Comió porque el muchacho se había ido. Comió porque, aunque nadie lo dijo en voz alta, todos en ese puesto entendieron que ese plato de tacos era, esa noche, una forma de seguir aquí.

Lo que quedó en la banqueta

Cuando Ramiro terminó de comer, ya era casi medianoche.

El puesto empezaba a vaciarse. Los estudiantes se habían ido, no sin antes dejarle un papelito a Doña Ernestina con su número, por si algún día necesitaba algo. Gilberto y su esposa se despidieron con un apretón de manos, sin palabras, con esa dignidad de la gente mayor que ha visto demasiado. La señora de los refrescos cerró su hielera y se fue.

Ramiro se quedó solo en la mesa siete.

Doña Ernestina se le acercó con un trapo y un plato de plástico nuevo.

—¿Le guardo los tacos, mi hijo?

—No, gracias —dijo él—. Ya comí.

—Le voy a dar unos para llevar, por si mañana.

Ramiro la miró. Y por primera vez en toda la noche, sonrió.

—Gracias, doña.

Ella le puso una bolsa de papel en las manos, con cinco tacos envueltos en aluminio, y le apretó los dedos.

—Vaya con Dios.

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Ramiro se levantó. Guardó la bolsa en la mochila. Sacó dinero para pagar, y Doña Ernestina no lo aceptó.

—Ya me pagó Gilberto.

Ramiro asintió. Se colgó la mochila al hombro y caminó hacia la esquina. Antes de desaparecer, volteó a ver el puesto una última vez. Doña Ernestina, desde su comal, levantó la mano en un saludo pequeño. Él también levantó la mano. Y luego se fue.

En el suelo, junto a la pata de la mesa siete, todavía quedaba una mancha oscura. Una mancha de salsa, aplastada por una suela, que esa noche nadie quiso limpiar.

Doña Ernestina la dejó ahí.

Al día siguiente, cuando abrió el puesto a las seis de la mañana, la mancha seguía en el mismo lugar. Y tomó la escoba, y la limpió. Pero antes de barrerla, se quedó un rato viéndola. Y pensó en Ramiro, y pensó en el muchacho de la cadena dorada, y pensó en Gilberto, y pensó en la mujer de la playera rosa que había volteado a ver a Ramiro antes de irse. Y se preguntó cuántas historias como esa se estaban escribiendo esa misma noche, en otros puestos, en otras mesas, en otras esquinas de esta ciudad que a veces se olvida de que también aquí vive gente.

Luego barrió.

Y siguió friendo carnitas.

Porque la vida, en esta colonia, sigue. Aunque a veces se detenga un momento, en una mesa número siete, junto a un poste de luz.

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