La historia continúa exactamente en el momento en que Don Chencho impone su condición…
Mateo sostuvo el taco con una mezcla de reverencia y desesperación. La condición de Don Chencho quedó flotando en el aire, mezclada con el humo y el bullicio de la ciudad.
—¿Qué condición? —preguntó el joven, temiendo que se tratara de algo que no pudiera cumplir.
Don Chencho sonrió de medio lado, una expresión que desprendía una sabiduría antigua, de esa que no se aprende en los libros sino en las esquinas de la vida.
—La condición es que no te lo comas parado como si estuvieras huyendo. Siéntate en ese banquito. Disfruta cada bocado. El hambre se quita con comida, pero la dignidad se recupera con calma.
Mateo asintió, con un nudo en la garganta que apenas le permitía respirar. Se sentó en el pequeño banco de plástico rojo, el cual se sentía como un trono de lujo después de haber pasado horas caminando sin rumbo.
Dio el primer bocado. Fue una explosión de sabor que parecía recorrer cada una de sus venas. El jugo de la carne, el toque ácido del limón y el picante de la salsa que Don Chencho le había puesto “por cuenta del patrón” lo hicieron cerrar los ojos.
Por un momento, Mateo olvidó que no tenía dinero para la renta, que su teléfono estaba desconectado y que su última muda de ropa limpia era la que llevaba puesta. En ese instante, solo existían él y ese taco.
Mientras tanto, el hombre del traje, visiblemente ofendido por haber sido ignorado, comenzó a levantar la voz.
—¡Esto es el colmo! —gritó, llamando la atención de los transeúntes—. ¡Prefieres atender a un muerto de hambre que no te va a dar ni un peso, que a un cliente que viene aquí todos los días! ¡Eres un pésimo negociante!
Don Chencho siguió picando verdura con una cadencia perfecta. “Tac, tac, tac”, sonaba el cuchillo contra la madera. No parecía afectado por los gritos del hombre.
—Mire, don —dijo Don Chencho con tranquilidad—. Usted viene aquí porque le gusta mi comida, pero sobre todo porque le gusta sentirse superior a los que pasan por la calle. Usted paga por el taco, pero cree que paga por ser el dueño de mi tiempo.
El hombre del traje se puso rojo de rabia.
—¡Soy un ejecutivo de la empresa de allá enfrente! ¡Puedo hacer que quiten este puesto mugroso con una sola llamada!
La gente que caminaba se detuvo. Algunos sacaron sus teléfonos para grabar. Mateo, a mitad de su segundo taco —porque Don Chencho le había puesto otro en el plato sin que se diera cuenta—, sintió que debía intervenir.
—Señor, por favor… —dijo Mateo levantándose—. No se enoje con él. El señor solo fue amable conmigo. Yo ya me voy…
—¡Tú te callas, pordiosero! —le gritó el ejecutivo—. Por gente como tú, esta ciudad está hecha un asco. Solo vienen a pedir y a estorbar a los que sí producimos.
Don Chencho dejó el cuchillo. Sus manos, que antes parecían solo herramientas de cocina, ahora se veían imponentes sobre el mostrador. Se quitó el trapo que llevaba al hombro y miró fijamente al ejecutivo.
—Usted dice que produce mucho, caballero —dijo Don Chencho con un tono bajo pero que se escuchó claramente por encima del tráfico—. Pero en los diez minutos que lleva aquí, no ha hecho más que restar. Ha restado paciencia, ha restado respeto y ha restado humanidad.
El vendedor salió de detrás del mostrador. Era más alto de lo que parecía. Se acercó al hombre del traje, quien retrocedió un paso, intimidado por la presencia del taquero.
—Este muchacho —continuó Don Chencho señalando a Mateo— me pidió comida porque tiene hambre. No me robó. No me mintió. Me pidió fiado con la intención de pagar. Eso es honestidad. Usted, en cambio, tiene la panza llena y el alma vacía.
El ejecutivo, buscando recuperar su postura, soltó una carcajada nerviosa.
—¡Vaya discurso! ¿Y qué vas a hacer? ¿Regalarle todo el puesto? Mañana tendrás que cerrar por falta de dinero, y él seguirá siendo un don nadie.
Don Chencho sonrió de una manera que heló la sangre del ejecutivo.
—El dinero va y viene, don. Yo empecé este puesto con un solo cajón de madera y una plancha vieja. He visto pasar a muchos “ejecutivos” como usted que hoy no tienen ni para un pasaje de autobús porque pensaron que el dinero los hacía invencibles.
En ese momento, una mujer elegante, que observaba la escena desde hacía unos minutos, se acercó al puesto. Llevaba un maletín de cuero y una expresión de absoluta seriedad.
—Disculpe —dijo ella, dirigiéndose a Don Chencho—. Estaba escuchando la conversación.
El ejecutivo, pensando que encontraría una aliada en alguien de “su nivel”, se acomodó la corbata.
—¿Verdad que es increíble la falta de profesionalismo de este hombre, señora? —dijo el ejecutivo con prepotencia.
La mujer lo miró con un desprecio tan frío que el hombre se quedó mudo. Luego, se volvió hacia Mateo, quien estaba visiblemente apenado por todo el alboroto.
—Joven —dijo la mujer—. ¿Usted dijo que buscaba trabajo? ¿Qué es lo que sabe hacer?
Mateo, sorprendido, dejó el plato en el mostrador.
—Soy contador, señora. Me gradué con honores, pero la empresa donde trabajaba cerró y… bueno, las puertas se me han cerrado en todas partes porque no tengo “contactos”.
La mujer asintió. Abrió su maletín y sacó una tarjeta de presentación dorada.
—Mi nombre es Elena Vargas. Soy la directora regional de la firma que está en el edificio de la esquina. Mañana a las ocho de la mañana, preséntese en mi oficina. No me importa su ropa, me importa su integridad. Alguien que es capaz de defender a quien le ayudó, incluso cuando no tiene nada, es el tipo de persona que necesito en mi equipo.
El ejecutivo se quedó pálido. La firma de Elena Vargas era la que auditaba a su propia empresa. Su jefe directo le tenía un pavor reverencial a esa mujer.
—Pero… Licenciada Vargas… yo… —balbuceó el ejecutivo.
—Y usted, señor —dijo Elena cortándolo en seco—, reze para que no me entere de que trabaja en una de nuestras subsidiarias. La arrogancia es el peor enemigo de la eficiencia.
El hombre del traje, humillado y sin decir una palabra más, se dio la vuelta y desapareció entre la multitud lo más rápido que pudo.
Mateo miraba la tarjeta en su mano como si fuera un boleto de lotería ganador. Sus ojos se llenaron de lágrimas de nuevo, pero esta vez no eran de hambre ni de tristeza.
Don Chencho volvió a su lugar detrás de la plancha, como si nada hubiera pasado. Tomó la espátula y comenzó a preparar un tercer taco.
—Falta el del postre, muchacho —dijo con un guiño.
Pero la historia no terminó ahí. Lo que Mateo estaba a punto de descubrir sobre Don Chencho y la verdadera razón de su generosidad cambiaría su vida para siempre, de una manera que ni siquiera el nuevo trabajo podría igualar.
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