Sabías que no podías quedarte a medias con esta intriga y aquí estamos para revelarlo todo.
Elena sintió que el aire se le escapaba de los pulmones, pero no por miedo, sino por la indignación que le quemaba el pecho.
Frente a ella, Don Rodrigo Valenzuela, el hombre cuya fortuna podría comprar medio país, soltó una carcajada que resonó en las paredes de madera fina del club ecuestre “El Olimpo”.
—Mírenla bien —gritó Rodrigo, señalando las botas desgastadas y la camisa remendada de Elena—. Dice que puede domar a ‘Furia Negra’.
Los socios del club, vestidos con sedas y linos impecables, se unieron a la burla.
Para ellos, Elena era solo una “aparecida”, una muchacha que seguramente había limpiado establos toda su vida y que ahora, por un golpe de locura, pretendía reclamar el desafío millonario.
El desafío era simple, pero mortal: quien lograra montar al semental azabache sin ser derribado en menos de cinco minutos, se llevaría un cheque en blanco y el respeto de la élite.
Hasta ahora, tres jinetes profesionales habían terminado en la enfermería con costillas rotas y el ego destrozado.
—¿Estás segura de que quieres hacer esto, niña? —preguntó un comisario de pista, con un rastro de lástima en los ojos—. Ese animal no tiene alma, es puro odio.
Elena no respondió. Sus ojos estaban fijos en el fondo del corral, donde una masa de músculos negros y crines revueltas golpeaba los maderos con una fuerza sobrenatural.
“Furia Negra” no era solo un caballo; era una leyenda de ferocidad que Rodrigo había comprado en una subasta clandestina solo para demostrar que podía someter lo que fuera.
—Si muero hoy, será bajo las patas de un rey, y no bajo el desprecio de hombres como usted —dijo Elena, mirando directamente a Rodrigo.
El magnate dejó de reír. El tono de la joven no era de arrogancia, sino de una seguridad gélida que lo incomodó profundamente.
—Adelante entonces —sentenció Rodrigo, haciendo un gesto con la mano—. Abran el portón. Veamos cuánto dura tu valentía antes de que muerdas el polvo.
Elena caminó hacia la arena. Cada paso que daba hacía que el silencio en las gradas se volviera más denso.
El sol de la tarde caía con fuerza, iluminando las partículas de polvo que flotaban en el aire.
Ella podía sentir las miradas de desprecio clavadas en su espalda, las apuestas que se hacían en voz baja sobre cuántos segundos tardaría en caer.
Pero Elena no escuchaba nada de eso. En su mente, solo existía el latido de un corazón que recordaba un pasado que todos allí ignoraban.
Cuando llegó a la entrada del corral, el semental relinchó, un sonido agudo y violento que hizo que los presentes retrocedieran un paso.
El animal se empinó, mostrando sus cascos herrados que brillaban como dagas bajo el sol. Era una bestia magnífica y aterradora.
Elena puso la mano sobre el pestillo de madera. Sus dedos temblaban levemente, pero no de terror, sino de una emoción que llevaba años contenida.
—Ya estoy aquí —susurró para sí misma, tan bajo que solo el viento pudo oírla—. Ya estoy aquí para llevarte a casa.
Rodrigo, desde su palco VIP, sostenía una copa de cristal con fuerza. Algo en la forma en que la chica se movía le resultaba familiar, un recuerdo borroso que se negaba a salir a la luz.
—¡Abran ya! —ordenó el magnate, impaciente por ver el espectáculo de la caída.
El portón chirrió al abrirse y Elena entró en el recinto cerrado, sola, sin látigo, sin espuelas y sin el casco reglamentario que le habían ofrecido.
El semental se detuvo en seco. Sus ojos, inyectados en sangre y furia, se clavaron en la pequeña figura que osaba invadir su dominio.
La multitud contuvo el aliento. El tiempo pareció detenerse mientras la bestia y la joven se estudiaban en el centro de la arena polvorienta.
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