Continuamos con la historia justo donde la dejamos, en el momento de mayor tensión…
La ejecutiva, que no era otra que la licenciada Beatriz, jefa de operaciones de todo el consorcio, se detuvo en seco frente a Cristian.
Valeria y Doña Martha se quedaron paralizadas, con los ojos bien abiertos, sin entender por qué una mujer de ese calibre se detendría frente a lo que ellas consideraban un “estorbo”.
— ¡Pero qué falta de respeto! —chilló Doña Martha, recuperando el habla—. Señora, tenga cuidado, este tipo es un acosador, estábamos a punto de llamar a la policía para que lo retiraran de la entrada de su prestigioso edificio.
Beatriz, que hasta ese momento había ignorado por completo a las dos mujeres, giró la cabeza lentamente para mirarlas. Su expresión era de una frialdad absoluta.
Luego, volvió a mirar a Cristian y, ante el asombro total de las presentes, hizo una leve pero respetuosa inclinación de cabeza.
— Señor, lo estábamos esperando en la sala de juntas hace diez minutos. Los inversionistas internacionales ya llegaron y están ansiosos por conocer al hombre detrás de la fusión —dijo Beatriz con una voz clara y llena de deferencia.
El silencio que siguió a esas palabras fue tan denso que se podía cortar con un cuchillo.
Valeria sentía que el suelo desaparecía bajo sus pies. Sus manos empezaron a temblar ligeramente.
— ¿Señor? —balbuceó Valeria, mirando a Cristian y luego a la ejecutiva—. No… no, usted debe estar confundida. Él es Cristian. Él es… él no tiene nada. Vive en un departamento diminuto y no tiene ni coche.
Beatriz soltó un suspiro de cansancio y ajustó sus lentes.
— Señorita, no sé quién sea usted ni qué relación crea tener con este caballero, pero le sugiero que cuide sus palabras —sentenció Beatriz con autoridad—. Está usted hablando con el Ingeniero Cristian Sandoval, fundador y accionista mayoritario de Grupo Sandoval, dueños de este edificio y de otras doce empresas en el continente.
Doña Martha se puso pálida, un tono de blanco que contrastaba ridículamente con su maquillaje cargado.
— ¿Fundador? ¿Accionista? —la voz de la mujer era apenas un susurro quebrado—. Pero… si siempre lo vimos tan… sencillo.
Cristian, que hasta ese momento se había mantenido al margen de la discusión, dio un paso al frente. Ya no parecía el joven humilde y cabizbajo de hace unos minutos.
Aunque vestía la misma ropa, su postura se había transformado. Sus hombros estaban erguidos y su mirada tenía el peso de un hombre que ha construido un imperio desde la nada.
— Verás, Valeria —dijo Cristian, dirigiéndose a su exnovia con una tristeza que ella no supo comprender—. Durante el tiempo que estuvimos juntos, el negocio apenas estaba empezando. Yo no quería impresionarte con dinero, quería que estuviéramos juntos por lo que éramos, no por lo que teníamos.
Valeria intentó hablar, pero las lágrimas empezaron a asomar en sus ojos. No eran lágrimas de arrepentimiento, sino de la más pura y amarga frustración.
— El día que me dejaste, diciendo que yo no tenía futuro —continuó Cristian—, acababa de cerrar el contrato que levantó esta torre. Quise decírtelo, quise celebrar contigo, pero no me diste oportunidad. Me echaste de tu vida porque no llevaba un reloj de marca en la muñeca.
— Cris… mi amor, yo… yo estaba confundida, el estrés de la mudanza, mi mamá me decía cosas… —intentó excusarse Valeria, tratando de acercarse a él y poner una mano sobre su brazo.
Cristian se apartó con suavidad pero con firmeza.
— No, Valeria. No estabas confundida. Fuiste muy clara. Me dijiste que un hombre sin dinero es un hombre sin valor. Y hoy, irónicamente, estás aquí buscando trabajo en una de mis subsidiarias.
La licenciada Beatriz intervino, consultando su tablet.
— Un momento… ¿Valeria Montes? ¿La candidata para la consultoría de marketing? —preguntó Beatriz con una ceja levantada.
Valeria asintió con un hilo de esperanza brillando en sus ojos llorosos. Pensó que, quizás, por los “viejos tiempos”, Cristian le daría el puesto.
— Sí, soy yo… por favor, Cristian, tú sabes que soy buena en lo que hago. Necesito este trabajo, las deudas de mi madre y los gastos de mi nuevo estilo de vida me tienen…
Cristian miró a Beatriz y luego a la entrada del edificio, donde los guardias de seguridad observaban la escena con atención.
— Beatriz, ¿cuál es el primer valor fundamental de nuestra empresa? —preguntó Cristian.
— La integridad y el respeto humano por encima del estatus, señor —respondió la ejecutiva sin dudarlo.
Cristian asintió lentamente. Volvió a mirar a Valeria y a Doña Martha, quienes ahora parecían pequeñas, insignificantes ante la sombra del gigante de cristal que las rodeaba.
— En mi empresa no contratamos personas que desprecian a los demás por su apariencia —dijo Cristian con una voz que no admitía réplica—. Si eres capaz de humillar a alguien en la calle solo porque crees que es pobre, no tienes el carácter moral para representar mi marca.
— ¡No puedes hacerme esto! —gritó Doña Martha, perdiendo los estribos—. ¡Es una injusticia! ¡Solo estábamos cuidando lo nuestro!
— Lo que ustedes cuidan es su ego, no su bienestar —respondió Cristian—. Beatriz, por favor, retira la postulación de la señorita Montes de todos nuestros registros. Y denle instrucciones a seguridad: estas personas no tienen permitido el ingreso a ninguna propiedad del grupo.
Valeria se cubrió la boca con las manos, rompiendo en un llanto amargo. Había perdido no solo al hombre que más la había amado, sino la oportunidad de oro que habría resuelto su vida para siempre. Todo por un momento de soberbia.
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