El frío del betún de vainilla calaba en mi piel, pero no dolía tanto como el vacío que sentía en el pecho al ver a Esteban de pie, mirándome desde arriba con un desprecio que nunca creí ver en sus ojos.
No podía ser cierto. No podía ser que el hombre al que le juré amor eterno hace apenas unos minutos me hubiera empujado frente a todos nuestros amigos, familiares y socios de negocios.
Mis manos temblaban mientras intentaba apoyarme en el suelo, pero solo encontraba trozos de bizcocho húmedo y restos de flores de azúcar. El vestido, ese que me costó meses elegir y que simbolizaba mi pureza y mis sueños, estaba arruinado, manchado de un blanco sucio y un rojo fresa que parecía sangre.
—¡Firma de una vez, Valenia! —rugió él, ignorando los jadeos de horror de los invitados—. ¡No me hagas perder más el tiempo!
Su voz no era la de mi prometido, el hombre dulce que me enviaba flores cada martes. Era la de un extraño, un depredador que finalmente había arrinconado a su presa.
En su mano derecha sostenía un fajo de papeles, ese “misterioso documento” que había intentado hacerme firmar incluso antes de entrar a la iglesia, y que ahora, en plena fiesta, se había convertido en su única obsesión.
Me limpié un poco de crema de la cara con el dorso de la mano, sintiendo la humillación quemarme las mejillas. A mi alrededor, el silencio era tan denso que podía escuchar el goteo del champán que se había volcado en la mesa principal.
—¿Por qué me haces esto, Esteban? —logré articular, con la voz quebrada—. Me mentiste sobre todo. Los negocios de mi padre, las deudas de tu familia… Me dijiste que nos casábamos por amor.
Él soltó una carcajada seca, carente de cualquier rastro de afecto. Se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio personal, y el olor a whisky en su aliento me revolvió el estómago.
—¿Amor? Por favor, Valenia. Mírate. Eres una niña rica que no sabe nada del mundo real. Tu padre me debe más de lo que esta fiesta costó. Si no firmas este traspaso de propiedades ahora mismo, mañana estarás en la calle, y tu querido viejo terminará sus días en una celda de tres por tres.
Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero esta vez no eran de tristeza, sino de una rabia incipiente que empezaba a hervir en mis venas.
Miré a mi alrededor. Mi madre estaba pálida, agarrándose el pecho, mientras los invitados murmuraban, algunos grabando con sus teléfonos, otros desviando la mirada por la vergüenza ajena. Nadie se movía. Nadie me ayudaba.
—Ese documento es una estafa —susurré, levantándome lentamente, a pesar de que el peso del vestido mojado me tiraba hacia abajo—. Lo que quieres es quedarte con los viñedos de mi abuelo. Es lo único que nos queda.
Esteban dio un paso hacia adelante, cerrando el puño con fuerza sobre los papeles. Su cara estaba roja de furia. Parecía que iba a volver a empujarme, o algo peor, justo allí, frente al pastel destruido que ahora parecía un monumento a mi ingenuidad.
—¡Firma! —gritó de nuevo, levantando la mano.
Cerré los ojos, esperando el impacto, pero el sonido de unas llantas chirriando sobre la grava del jardín de la recepción nos obligó a todos a girar la cabeza.
Un sedán negro, elegante y blindado, se detuvo de forma brusca justo en la entrada de la carpa principal, levantando una nube de polvo. El motor rugió una última vez antes de apagarse, dejando una tensión eléctrica en el aire.
Las puertas del coche se abrieron y el silencio se volvió aún más profundo. Del vehículo bajó un hombre de unos cincuenta años, vestido con un traje gris de corte impecable. Su sola presencia irradiaba una autoridad que hizo que hasta Esteban retrocediera un paso, confundido.
El hombre no miró a nadie. Caminó directamente hacia nosotros, con un maletín de cuero oscuro en la mano. Sus pasos eran firmes, resonando sobre el suelo de madera de la pista de baile.
—Espero no llegar tarde para evitar una tragedia mayor —dijo el hombre, con una voz profunda y calmada que cortó el aire como un cuchillo.
Esteban trató de recuperar su postura, acomodándose el saco del esmoquin.
—¿Quién es usted? Esta es una celebración privada. ¡Lárguese! —espetó Esteban, tratando de sonar amenazante, aunque su voz flaqueó al final.
El desconocido se detuvo a un metro de nosotros. Miró el pastel en el suelo, luego mi vestido arruinado y, finalmente, clavó sus ojos de acero en Esteban.
—Mi nombre es el que menos te importa ahora, muchacho. Lo que importa es lo que traigo aquí dentro —dijo, señalando el maletín—. Porque la verdad absoluta no se puede ocultar bajo una capa de crema y mentiras.
Sintió un escalofrío recorrerme la espalda. No sabía quién era este hombre, pero por la forma en que Esteban palideció al verlo, supe que el juego estaba a punto de cambiar por completo.
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