Continuamos con la historia donde la dejamos, en el clímax de la confrontación…
El caos en el comedor era absoluto, pero para Mateo, el mundo se había reducido a un solo punto: el hombre que gemía bajo su bota.
Los guardias gritaban órdenes, los rifles de gas lacrimógeno estaban listos para disparar, y el ruido de las botas tácticas golpeando el metal de las pasarelas resonaba como tambores de guerra.
—¡Al suelo! ¡Todos al suelo ahora mismo! —rugió el jefe de seguridad desde el megáfono.
Mateo no soltó a El Garra. Lo levantó del suelo usando el brazo roto como palanca, usándolo como un escudo humano, pero sobre todo, como un rehén de la verdad.
—¡El Toro! —rugió Mateo, perdiendo por primera vez su compostura gélida—. ¡Dime dónde se esconde esa rata!
El Garra estaba perdiendo el conocimiento, el dolor era demasiado intenso, pero la mención del nombre parecía darle un terror aún más profundo que la muerte misma.
—Piso… Piso 4… Bloque C… —alcanzó a decir entre espasmos—. Él no está aquí… Él es el que manda afuera… pero tiene su oficina en la zona de máxima seguridad cuando viene a “visitar”…
Mateo procesó la información en milisegundos. El Bloque C era la zona de privilegios, donde los políticos y los narcos de alto vuelo vivían como reyes mientras el resto se pudría en el hacinamiento.
De repente, una granada de humo estalló a pocos metros, llenando el aire de un gas irritante que nubló la vista de todos.
Mateo soltó a El Garra, quien se desplomó como un fardo de ropa vieja, y se cubrió la nariz con su camiseta.
Sentía los ojos arder, pero sus sentidos estaban agudizados al máximo. Había pasado semanas estudiando los planos de la prisión antes de entrar.
Sabía que en la confusión del gas, los guardias priorizarían contener la masa de presos, no a un solo hombre que se moviera con sigilo.
Se deslizó entre las mesas volcadas, aprovechando el humo espeso. Su mente voló un momento a la habitación de su hermano.
Aún podía oler el perfume de Santi, ver sus libros de medicina sobre el escritorio. Santi quería ser doctor para ayudar a la gente del barrio.
Y todo eso se lo arrebataron por una estúpida confusión, por una orden dada desde un escritorio de lujo por un tipo que se hacía llamar “El Toro”.
“Te voy a encontrar, maldito”, pensó Mateo mientras se pegaba a la pared, evitando las luces de las linternas que cortaban el humo.
Logró llegar a la puerta de la cocina, un lugar que normalmente estaría cerrado con llave, pero que en el protocolo de emergencia se abría para permitir el acceso a los equipos de limpieza.
Adentro, el calor era sofocante y el olor a grasa quemada era penetrante. Mateo se movió con la gracia de un gato, evitando a los cocineros que estaban cuerpo a tierra, aterrorizados.
Encontró el conducto de ventilación que conectaba con el sistema de refrigeración del Bloque C. Era un espacio estrecho, oxidado y lleno de grasa, pero era su único camino.
Mientras trepaba por el conducto, sus manos se llenaban de hollín y el metal crujía bajo su peso, amenazando con delatarlo a cada paso.
Cada centímetro ganado era una batalla contra el claustrofobia y el tiempo. Sabía que en cuanto el humo se disipara en el comedor, notarían su ausencia.
El Garra hablaría. Los guardias revisarían las cámaras. Tenía, como mucho, diez minutos antes de que toda la prisión se pusiera en “código rojo”.
Finalmente, llegó a una rejilla que daba a un pasillo alfombrado. El contraste era brutal.
Afuera, en el Bloque A, los hombres dormían sobre cartones. Aquí, las paredes estaban pintadas de un blanco inmaculado y se escuchaba música clásica suave de unos altavoces ocultos.
Mateo salió del conducto, cayendo con un sonido casi imperceptible sobre la alfombra roja. Se limpió la cara con la manga, dejando solo una sombra de determinación en sus ojos.
Avanzó por el pasillo, sus pies descalzos (había perdido las botas en la pelea) no hacían ruido. Al fondo, una puerta de madera maciza destacaba sobre las demás.
No había guardias. “El Toro” era tan poderoso que creía que su nombre era suficiente protección. O quizás, los guardias que debían estar ahí estaban en su nómina.
Mateo se detuvo frente a la puerta. Su mano tembló ligeramente al tocar el pomo. No era miedo. Era la adrenalina acumulada de seis meses de planificación.
Abrió la puerta lentamente.
La oficina era un oasis de lujo en medio del infierno. Una biblioteca llena de libros antiguos, un escritorio de caoba y un hombre de unos cincuenta años sentado de espaldas, mirando por el ventanal blindado hacia el patio de la prisión.
El hombre sostenía una copa de vino, moviendo el líquido con una elegancia que resultaba insultante.
—Llegas tarde, Garra —dijo el hombre sin darse la vuelta, su voz era profunda y calmada—. Te dije que después de la pelea en el comedor quería el informe de cuántos nuevos podemos reclutar.
Mateo no respondió. Cerró la puerta con llave por dentro, un clic metálico que resonó en la habitación silenciosa.
El hombre del sillón se tensó. No reconoció el sonido. Giró lentamente la silla, y su expresión de aburrimiento se transformó en una de pura confusión.
—¿Quién eres tú? ¿Dónde está El Garra? —preguntó, dejando la copa sobre la mesa.
Mateo caminó hacia el centro de la habitación, la luz de la lámpara de escritorio iluminaba las cicatrices de sus nudillos y el sudor en su frente.
—Mi nombre es Mateo. Pero eso no te importa —dijo, su voz era un susurro mortal—. Lo que te importa es que soy el hermano de Santiago, el chico que mandaste a matar hace seis meses en la calle 12.
El rostro de “El Toro” se puso pálido, pero recuperó la compostura rápidamente. Una sonrisa cínica se dibujó en su rostro.
—Ah, la venganza. Un motivo tan clásico como aburrido. Muchacho, ¿tienes idea de cuánta gente muere por mis órdenes? No puedo recordar a cada insecto que piso.
Mateo sintió un fuego frío recorriéndole las venas. Dio un paso adelante, y “El Toro” echó mano a un cajón del escritorio, buscando seguramente un arma.
Pero Mateo fue más rápido. Saltó sobre el escritorio, pateando la mano del hombre antes de que pudiera sacar la pistola.
Lo agarró por la solapa de su bata de seda y lo arrastró por encima de la mesa, tirándolo al suelo con una violencia que hizo que las botellas de cristal estallaran.
—Vas a recordarlo hoy —dijo Mateo, arrodillándose sobre el pecho del hombre, presionando su tráquea con el antebrazo—. Vas a recordar su nombre y vas a pedir perdón antes de que te entregue.
—¿Entregarme? —rio El Toro, aunque el aire le faltaba—. ¿A quién? ¿A los guardias que yo pago? ¿Al director que come de mi mano? Estás muerto, niño. En cuanto cruces esa puerta, te acribillarán.
Mateo sonrió, y fue una sonrisa que heló la sangre del criminal.
—No vine aquí solo por ti, Toro. Vine por las pruebas.
Mateo señaló la computadora portátil que estaba abierta sobre el escritorio. En la pantalla, se veían libros de contabilidad, rutas de envío y nombres de funcionarios corruptos.
—Mi entrenamiento no fue solo en combate, Toro. Soy especialista en inteligencia técnica. Mientras tú disfrutabas de tu vino, yo he estado transmitiendo cada bit de información de este servidor a la fiscalía federal a través de un satélite privado.
Los ojos de El Toro se abrieron de par en par. La seguridad de su imperio se desmoronaba en segundos.
—Tú… tú eres…
—Soy el hombre que ha pasado los últimos seis meses convirtiéndose en un fantasma para cazarte —sentenció Mateo.
De repente, una alarma diferente empezó a sonar. No era la de la prisión. Era el sonido de helicópteros acercándose rápidamente.
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