Rosa, la empleada de toda la vida, observaba desde el marco de la cocina con el corazón encogido y las manos temblorosas aferradas a su delantal.
Nunca había visto tanta maldad concentrada en una sola mirada como la que Patricia le lanzaba a la pobre doña Elena en ese preciso instante.
El aire en el gran salón de techos altos y molduras de oro se sentía denso, casi irrespirable, cargado con el olor del perfume costoso de Patricia y el rastro amargo de una traición que apenas comenzaba a mostrar sus garras.
Doña Elena, con sus manos pequeñas y nudosas por la artritis, sostenía con fuerza un viejo portarretratos de plata donde su hijo, Alberto, sonreía en un día de pesca que parecía pertenecer a otra vida.
Patricia, vestida con un traje negro de diseñador que gritaba opulencia pero carecía de luto real, caminaba de un lado a otro haciendo resonar sus tacones contra el mármol italiano.
—Ya te lo dije, vieja, y no pienso repetirlo una vez más —escupió Patricia, deteniéndose justo frente a la anciana—. Este teatro de la viuda triste y la madre abnegada se acabó hoy mismo.
La joven nuera arrebató el portarretratos de las manos de doña Elena y lo dejó caer sobre la mesa de centro con un golpe seco que resonó en toda la estancia.
—Alberto murió hace tres semanas. La casa, las cuentas, los negocios… todo pasó a mis manos como su esposa legítima. Tú aquí solo eres un mueble viejo que estorba la decoración.
Doña Elena levantó la vista, y aunque sus ojos estaban nublados por las lágrimas, había en ellos una chispa de una dignidad que Patricia no podía ni empezar a comprender.
—Hija, esta ha sido mi casa por cuarenta años —susurró la anciana con una voz que apenas era un hilo—. Aquí vi crecer a mi hijo, aquí cuidé a mi esposo hasta su último suspiro… No puedes hacerme esto.
Patricia soltó una carcajada estridente, una risa fría que no llegaba a sus ojos calculadores y vacíos.
—¿”Tu casa”? No me hagas reír. Esta mansión está a nombre de la empresa, y la empresa ahora es mía. Mañana vienen los decoradores y no quiero ver ni una de tus sábanas de algodón barato ni tus santos de yeso por aquí.
Rosa, desde su escondite, sintió una rabia ardiente. Sabía cuánto había sacrificado doña Elena para que su hijo Alberto tuviera la educación y la vida que tuvo.
Recordaba los años en que la señora trabajaba día y noche, incluso cuando el dinero escaseaba, para que a su “niño” no le faltara nada en los mejores colegios.
Patricia se acercó a un gran jarrón de porcelana china, un regalo que el difunto esposo de Elena le había traído de un viaje especial, y lo movió con desprecio.
—Todo esto es basura. Basura vieja y polvorienta —continuó Patricia—. He llamado a un servicio de mudanzas para que recojan tus “tesoros”. Si no están fuera para el mediodía, terminarán en el contenedor de la esquina.
Doña Elena se levantó del sofá con mucha dificultad, apoyándose en su bastón de madera desgastada.
—¿A dónde quieres que vaya, Patricia? No tengo a nadie más. Sabes que mis ahorros se fueron en el tratamiento médico de Alberto… él me prometió que siempre tendría un techo.
Patricia se cruzó de brazos, mostrando un anillo de diamantes que brillaba con una luz casi ofensiva bajo las lámparas de cristal.
—Hubieras pensado en eso antes de malcriarlo tanto. Él no dejó nada estipulado para ti. Fue un descuido de su parte, supongo, o tal vez simplemente se dio cuenta de que ya habías vivido demasiado.
La crueldad de esas palabras golpeó a doña Elena como un bofetón físico. La anciana retrocedió un paso, buscando el apoyo de la pared.
En ese momento, el timbre de la gran puerta principal sonó. Era un sonido pesado, solemne, que pareció cortar la tensión eléctrica del ambiente.
—Debe ser el camión —dijo Patricia con una sonrisa triunfal—. Rosa, abre la puerta y diles que empiecen por la habitación del fondo, la de la vieja.
Rosa no se movió. Estaba paralizada, mirando a doña Elena, quien parecía haber envejecido diez años en los últimos diez minutos.
—¡Rosa! ¿Estás sorda? —gritó Patricia, perdiendo la compostura—. ¡Abre la maldita puerta ahora mismo o tú también te vas a la calle sin liquidación!
La empleada caminó hacia la entrada con pasos lentos, como si fuera al patíbulo. Al abrir la pesada puerta de madera tallada, no encontró a hombres de mudanza con overoles sucios.
Frente a ella estaba un hombre de mediana edad, impecablemente vestido con un traje gris oxford, cargando un maletín de cuero fino y una expresión de absoluta seriedad.
—Buenos días. Busco a la señora Elena Vda. de Montes —dijo el hombre con una voz profunda y educada.
Patricia, que se había acercado para empezar a dar órdenes, frunció el ceño al ver que no era el personal que esperaba.
—¿Quién es usted? —preguntó de forma grosera—. Si es de la beneficencia, llega tarde. La señora se está mudando ahora mismo.
El hombre ajustó sus gafas y miró a Patricia de arriba abajo con una mezcla de lástima y desprecio profesional.
—Soy el Licenciado Méndez. Y me temo, señora, que la que está en un error es usted.
Doña Elena caminó hacia la puerta, reconociendo vagamente el nombre, mientras Patricia se ponía roja de la ira.
—No me importa quién sea. Esta es mi propiedad privada y le exijo que se retire si no tiene una cita —sentenció Patricia, señalando la salida.
El abogado no se inmutó. Dio un paso hacia adentro, obligando a Patricia a retroceder por puro instinto ante su presencia autoritaria.
—Traigo conmigo la ejecución de las últimas voluntades de Don Alberto Montes y, lo que es más importante, la documentación aclaratoria sobre la titularidad de este inmueble.
Patricia soltó una risa nerviosa, acomodándose el cabello.
—Llega tarde, abogado. Ya revisé el testamento que Alberto dejó en la caja fuerte de la oficina. Yo soy la heredera universal.
—Ese documento que usted menciona, señora —dijo el Licenciado Méndez mientras abría su maletín con parsimonia—, es apenas un borrador sin validez legal comparado con lo que tengo aquí.
Doña Elena sintió que el corazón le daba un vuelco. Se acercó al abogado, buscando en su rostro alguna señal de esperanza.
—Licenciado… ¿de qué está hablando? Mi hijo… él me dijo que todo estaría bien, pero Patricia dice que no dejó nada.
El abogado suavizó su expresión al mirar a la anciana y le tomó suavemente la mano.
—Señora Elena, su hijo era un hombre muy inteligente. Sabía perfectamente con quién se había casado y tomó precauciones que ni la más astuta de las personas podría haber previsto.
Patricia intentó arrebatarle los papeles al abogado, pero él los apartó con un movimiento ágil y firme.
—¡Esto es un fraude! —gritó ella, con la voz quebrándose por la histeria—. ¡Voy a llamar a la policía!
—Hágalo, por favor —respondió el Licenciado Méndez con una calma gélida—. De hecho, me facilitaría mucho las cosas para el desalojo que está a punto de ocurrir.
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