Sabías que algo grande venía, y no te equivocaste. Hoy te cuento lo que realmente pasó después de ese momento que te dejó sin aliento.
La vida es sabia, aunque a veces tarde en mostrar su justicia. Y aquella tarde de octubre, con el sol cayendo sobre los jardines perfectamente podados de la hacienda, la justicia decidió vestirse de seda y esconderse en el bolsillo de un abrigo caro.
La escena se desarrollaba lenta, como las tragedias que se saben inevitables. Él, con las manos en los bolsillos y una sonrisa que ya no se molestaba en fingir ternura, daba vueltas alrededor de la silla de ruedas. Ella, con los dedos engarzados sobre la manta de cachemira que le cubría las piernas, lo miraba sin parpadear.
—¿Sabes qué es lo peor de todo? —dijo él, deteniéndose frente a ella, con la arrogancia de quien se siente dueño del mundo—. Que envejeciste tan mal que ni con todo mi esfuerzo pude llegar a quererte.
La mujer no respondió. Sus ojos, pequeños pero brillantes, se posaron en el horizonte de su propiedad. Tres hectáreas de historia familiar. Un patio central con una fuente que había visto generaciones de risas y también de lágrimas.
—¿No vas a decir nada? ¿Ni una lágrima? —preguntó él, y su voz sonó teatral, como si hubiera ensayado esa escena frente al espejo—. Siempre fuiste fría, ¿verdad? Por eso nadie te amó de verdad. Por eso tuviste que pagar para que alguien te acompañara.
Al fondo, detrás de las columnas blancas de la entrada principal, una figura apenas visible escuchaba. Era el jardinero, un hombre de unos cincuenta años, de piel curtida por el sol y manos endurecidas por el trabajo. Había servido en esa casa desde que era un muchacho y había visto pasar a muchos pretendientes. Pero este, estaba seguro, era el peor de todos.
—Dime una cosa, Adrián —cortó la mujer con voz serena, tan serena que hasta el viento pareció detenerse—. ¿Cuánto tiempo llevas conmigo? ¿Tres años?
—Dos años y medio —corrigió él, ajustándose la corbata con un gesto de impaciencia—. Los mejores años de mi juventud, desperdiciados contigo.
Ella sonrió. Una sonrisa que no era de tristeza ni de enojo. Era una sonrisa de quien guarda un as bajo la manga.
—Eres joven, apuesto, educado. Podrías haber seducido a cualquier mujer. ¿Por qué yo?
Él se rió. Una carcajada corta, seca, que no llegó a los ojos.
—¿Lo preguntas en serio? —dio unos pasos hacia ella, se inclinó hasta quedar a la altura de su rostro—. Porque tienes dinero. Mucho dinero. Y yo necesito ese dinero para ser lo que merezco ser. ¿Crees que me gusta el olor a medicina vieja? ¿Crees que me gusta pasear a una anciana como si fuera mi abuela?
El viento sopló con fuerza en ese momento, y la mujer cerró los ojos. Solo por un segundo. Luego los abrió y, para sorpresa de Adrián, no había dolor en ellos. Ni siquiera había ira.
Había algo más. Algo que él no alcanzaba a descifrar.
—¿Y qué hay de tu amante? —preguntó ella, ajustando la manta sobre sus piernas con una calma que resultaba inquietante—. ¿También piensa que soy el obstáculo para su felicidad?
El rostro de Adrián cambió. La arrogancia dio paso a la sorpresa, y la sorpresa a un destello de preocupación.
—No sé de qué hablas.
—¿No? —ella se llevó la mano a la garganta, al collar de perlas que colgaba de su cuello, cada una de ellas valiendo más que el auto que él manejaba—. ¿Entonces quién es la mujer que se escondió en el cuarto de huéspedes cuando llegaron en mi auto? ¿La que se apellida Vargas y trabaja en la oficina? ¿La que te espera cada noche en un departamento del centro de la ciudad?
Adrián dio un paso atrás. La sangre le bajó de la cara.
—¿Cómo… cómo sabes eso?
—Sé muchas cosas, Adrián. Sé que te has estado gastando mi dinero. Sé que esta semana compraste un reloj de cinco mil dólares. Y sé que estaba con otra mujer cuando te llamé para decirte que ya había firmado el testamento a tu nombre.
Los ojos de él brillaron con avaricia.
—¿Lo firmaste? ¿De verdad lo firmaste?
—Sí. Lo firmé —respondió ella, y su voz fue un susurro que se llevó el viento—. Pero no pienses que me ganaste, mi querido muchacho.
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