El tacón de sus zapatos de cuero italiano, esos que le habían costado una pequeña fortuna en una boutique de la capital, se hundió sin piedad en el barro fresco del camino de entrada.
Julián soltó una maldición entre dientes mientras intentaba limpiar la mancha con un pañuelo de seda, pero era inútil. El campo no entendía de marcas ni de estatus.
A unos metros, sentado en su mecedora de mimbre de toda la vida, Don Aurelio lo observaba en silencio.
El anciano no se inmutó. Sus manos, nudosas y curtidas por décadas de arar esa misma tierra, sostenían con firmeza una taza de peltre desconchada.
El vapor del café recién colado subía perezoso, mezclándose con el olor a tierra mojada y a bosta de vaca que tanto asqueaba al sobrino.
—Llegas tarde, Julián —dijo el viejo con una voz que sonaba como el crujir de las hojas secas en otoño.
—El camino es un desastre, tío. No sé cómo puedes vivir en este agujero olvidado por Dios —respondió el joven, ajustándose el saco de su traje gris mientras sacaba un sobre de manila del maletín.
Julián no había venido a visitar al hermano de su padre por nostalgia. No había venido por el cumpleaños del viejo, ni mucho menos para saber cómo seguía de su reuma.
Había venido a ejecutar una sentencia. Una que él mismo había orquestado en las oficinas de cristal de la ciudad, moviendo hilos legales que su tío difícilmente podría comprender.
—Este “agujero”, como tú le dices, le dio de comer a tu padre y pagó tus estudios de derecho —replicó Don Aurelio, sin dejar de balancearse.
—Eso fue hace mucho tiempo. Los tiempos cambian, tío. La nostalgia no paga las facturas, y esta finca está desperdiciada en manos de alguien que ya no puede ni subir una colina.
Julián caminó hacia la pequeña mesa de madera que separaba la mecedora de la puerta de entrada.
Lanzó el sobre sobre la superficie con un golpe seco. El sonido resonó en el porche, rompiendo la paz del atardecer.
—Es una orden de desalojo inmediata. Tienes treinta días, pero por deferencia familiar, te he conseguido una habitación en un asilo de primera en la ciudad.
Don Aurelio bajó la mirada hacia el sobre, pero no lo tocó. Sus ojos, nublados por las cataratas pero aún llenos de una chispa de inteligencia antigua, regresaron a la cara de su sobrino.
—¿Treinta días? —preguntó el viejo con una calma que empezó a poner nervioso a Julián.
—Es lo que dice la ley. La herencia de mi abuelo fue clara, y como heredero principal tras la muerte de mi padre, tengo el derecho de reclamar estas tierras para su desarrollo comercial.
Julián ya se imaginaba el complejo turístico que construiría allí. Los hoteles, las piscinas, los turistas pagando en dólares por “la experiencia rural”.
No le importaba que esas tierras hubieran estado en la familia por tres generaciones. Para él, el suelo era solo dinero esperando a ser excavado.
—Tu padre siempre fue un hombre ambicioso, Julián. Pero tú… tú has llevado la ambición a un lugar oscuro —comentó Don Aurelio, dejando finalmente la taza sobre la mesa.
—Llámalo como quieras. Yo lo llamo progreso. Mañana vendrán los agrimensores a medir el terreno. No quiero que les pongas problemas.
El joven se dio la vuelta, convencido de que la batalla estaba ganada. Había pasado meses estudiando los títulos de propiedad, buscando el vacío legal que le permitiera expulsar a su tío.
Había gastado sus últimos ahorros en abogados y en sobornos para agilizar el proceso, pero no le importaba. Sabía que, una vez que vendiera los lotes para el proyecto turístico, sería millonario.
—Espera, mijo —dijo el anciano, deteniéndolo antes de que bajara el primer escalón del porche—. ¿No te vas a tomar un café antes de irte? Podría ser el último que compartamos en esta casa.
Julián soltó una carcajada sarcástica, mirando su reloj de pulsera de oro.
—Tengo una cena en la ciudad con los inversionistas. No tengo tiempo para café de olla, tío. Disfruta de tus últimos días aquí. La próxima vez que nos veamos, será para entregarte las llaves del asilo.
El joven se alejó hacia su camioneta de lujo, dejando tras de sí una estela de perfume caro que no lograba enmascarar el hedor de su propia arrogancia.
No vio cómo Don Aurelio, una vez que el motor de la camioneta se perdió en la distancia, recogía el sobre de desalojo y lo abría con una sonrisa triste.
Tampoco vio cómo el viejo sacaba un teléfono celular —uno mucho más moderno de lo que Julián imaginaría que su tío sabía usar— y marcaba un número.
—Licenciado, ya estuvo aquí. Tal como lo planeamos, trajo los papeles. Es hora de activar la segunda fase.
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