Lucía, la cocinera que llevaba más de veinte años sirviendo en la mansión de los Alcázar, se quedó petrificada tras la puerta de vaivén, apretando con fuerza el paño de cocina entre sus manos temblorosas. Desde la penumbra del pasillo, podía ver cómo la elegante figura de doña Patricia se recortaba contra la luz del gran ventanal del despacho, vibrando de una furia que parecía a punto de hacer estallar los cristales.
El silencio que siguió al primer grito de la patrona fue casi más aterrador que el estruendo mismo. Allí, en el centro de la habitación, la joven Elena permanecía con la cabeza baja, apretando contra su pecho aquel sobre de color manila que don Roberto le había entregado apenas unos segundos antes. Sus nudillos estaban blancos, y unas lágrimas silenciosas comenzaban a trazar surcos de angustia sobre sus mejillas morenas.
—¡Suéltalo ahora mismo, asquerosa! —bramó Patricia, dando un paso al frente mientras el taconeo de sus zapatos de diseñador resonaba como disparos sobre el mármol—. ¡Sé perfectamente lo que estás haciendo! ¡Crees que porque mi marido está viejo y débil puedes venir a desplumarlo en mi propia cara!
Roberto, sentado en su pesado sillón de cuero, no se inmutó. Sus ojos, nublados por los años pero aún cargados de una inteligencia afilada, observaban la escena con una calma que resultaba desconcertante. Tenía una mano apoyada en su bastón de plata, y la otra descansaba sobre el escritorio, justo donde hace un momento había firmado aquel documento que ahora Patricia reclamaba con la voracidad de un ave de rapiña.
—Patricia, por favor, cálmate —dijo Roberto con voz pausada, pero la mujer ni siquiera lo escuchó.
—¡Que me calme! ¡Roberto, esta muerta de hambre tiene en sus manos las escrituras de la casa de la playa! ¡Te vi, te vi entregárselas! —gritó ella, señalando a Elena con un dedo cargado de anillos de diamantes—. ¿Qué le diste a cambio, eh? ¿Qué favores le vendiste a mi marido para que te regalara el patrimonio de mis hijos?
Elena intentó hablar, pero las palabras se le quedaron atoradas en la garganta. La joven, que apenas llevaba dos años trabajando en la casa, siempre había sido el blanco de los desprecios de Patricia. Para la señora de la casa, Elena no era más que “la sirvienta que olía a campo”, alguien invisible hasta que, de repente, se convirtió en una amenaza.
La tensión en el despacho era tan espesa que Lucía, desde su escondite, sentía que le faltaba el aire. Conocía bien a doña Patricia; sabía que su ambición no tenía límites y que, para ella, el dinero era la única medida del valor humano. Pero también conocía a don Roberto, y sabía que el viejo patriarca nunca hacía nada sin una razón profunda y poderosa.
—No es lo que usted cree, señora… —logró susurrar Elena finalmente, con la voz quebrada—. Don Roberto solo quería…
—¡Cállate! ¡A mí no me hables! —la interrumpió Patricia, lanzándose hacia ella para intentar arrebatarle el sobre—. ¡Dame eso ahora mismo o llamo a la policía y te acuso de robo! ¡Te vas a pudrir en la cárcel antes de que puedas disfrutar de un solo centavo de esta familia!
Elena retrocedió asustada, chocando contra una de las estanterías de libros antiguos. El miedo en sus ojos era real, pero algo en su postura indicaba que no iba a soltar el documento. No por codicia, sino por una lealtad que Patricia jamás podría entender.
Roberto carraspeó, y el sonido, aunque débil, hizo que Patricia se detuviera a medio camino. El anciano se puso en pie lentamente, cada movimiento parecía costarle un esfuerzo sobrehumano, pero su presencia seguía llenando la habitación con una autoridad indiscutible.
—Patricia, deja a la muchacha en paz —ordenó Roberto. Su voz no era alta, pero tenía el frío acero de una sentencia definitiva.
—¿Que la deje en paz? ¡Roberto, te estás volviendo loco! —chilló ella, dándose la vuelta para encarar a su esposo—. Esta mujer te ha manipulado. Seguramente te dio alguna de esas pócimas que traen de su pueblo para atontarte. ¡Es mi herencia! ¡Es la herencia de nuestros hijos lo que estás regalando!
Patricia comenzó a caminar de un lado a otro, gesticulando salvajemente. En su mente, ya estaba viendo cómo los lujos a los que estaba acostumbrada se le escapaban de las manos. Para ella, Elena no era una persona, era un parásito que había logrado infiltrarse en su fortaleza de cristal.
—Ese documento —continuó Roberto, ignorando los insultos de su esposa— es un acto de justicia. Algo que debí hacer hace mucho tiempo.
—¡Justicia! —rio Patricia con amargura—. ¿Qué justicia puede haber en regalarle una propiedad de millones de dólares a la que limpia los baños? ¡Mírala! Si apenas sabe leer. ¿Para qué quiere ella una casa así? ¡Solo la quiere para venderla y llevarse el dinero a su pocilga!
Elena cerró los ojos, aguantando el dolor de las palabras que la golpeaban como piedras. Lucía, desde la puerta, sintió que el corazón se le partía. Ella sabía lo que Elena hacía con su sueldo: cada mes, sin falta, enviaba casi todo el dinero a su madre enferma en el interior, quedándose apenas con lo necesario para sus gastos básicos.
Patricia se acercó de nuevo a Elena, esta vez con una sonrisa gélida y depredadora.
—Escúchame bien, niña —le dijo al oído, pero lo suficientemente alto para que todos escucharan—. Si no me entregas ese sobre ahora mismo, me voy a encargar de que nadie en esta ciudad vuelva a contratarte. Te voy a perseguir hasta que no tengas ni donde caerte muerta. ¿Entiendes?
Elena miró a Roberto, buscando una señal, una orden. El anciano asintió levemente, pero no para que entregara el sobre, sino para darle fuerzas.
—No se lo voy a dar, señora —dijo Elena con una firmeza que sorprendió hasta a la misma Patricia—. Porque esto no es mío por capricho. Don Roberto dice que es una deuda de vida.
—¿Deuda de vida? —Patricia estalló en una carcajada histérica—. ¡Qué ridiculez! ¡Roberto, explícale a esta ignorante que en este mundo nadie le debe nada a nadie!
En ese momento, Patricia se lanzó con una violencia inesperada sobre Elena, logrando sujetar una esquina del sobre amarillo. El papel crujió bajo la fuerza de ambas mujeres. Forcejearon durante unos segundos que parecieron eternos, hasta que el sobre se rasgó ligeramente.
—¡Suéltalo! —gritó Patricia, levantando la mano para abofetear a la joven.
—¡Basta! —el grito de Roberto retumbó en las paredes del despacho, haciendo que incluso los retratos de los antepasados parecieran estremecerse.
Patricia se detuvo con la mano en el aire, jadeando de rabia. Elena, temblando, se abrazó a sí misma, protegiendo el documento rasgado. El aire en la habitación vibraba con una tensión eléctrica.
Sigue leyendo la continuación tocando el botón de abajo 👇




