¿Hasta dónde serías capaz de llegar por una verdad que podría destruirte el corazón, pero salvar tu alma?
Don Artemio del Valle no quitaba la vista de la joven sentada frente a él.
El silencio en la biblioteca era tan denso que casi podía palparse, roto solo por el rítmico y monótono tic-tac de un reloj de péndulo que parecía contar los últimos segundos de una farsa que había durado demasiado.
Elena, con las manos entrelazadas sobre su falda, mantenía la mirada baja.
No era la mirada de alguien culpable, pensó Artemio por un segundo, sino la de alguien que ya no tiene fuerzas para seguir huyendo de la tormenta.
—Mírame, muchacha —ordenó el anciano con una voz que, a pesar de los años, conservaba la autoridad de quien ha construido imperios con el sudor de su frente.
Ella obedeció lentamente.
Sus ojos castaños, empañados por una fina capa de lágrimas que se negaban a caer, chocaron con la mirada azul acero de Artemio.
En ese despacho, rodeado de miles de libros que guardaban la sabiduría de los siglos, se estaba escribiendo el capítulo más oscuro de la familia Del Valle.
Artemio deslizó un sobre de manila color crema sobre la superficie pulida del escritorio de caoba.
El roce del papel contra la madera sonó como un latigazo en el silencio sepulcral de la habitación.
—Aquí está todo, Elena. O como sea que te llames en realidad —dijo él, con una amargura que le quemaba la garganta—. Los informes del detective, las actas de nacimiento originales, el rastro de tus movimientos desde que cruzaste la frontera.
La joven tragó saliva, pero no dijo nada.
Su silencio era, para Artemio, la confirmación definitiva de su traición.
—Te abrí las puertas de mi casa —continuó el patriarca, sintiendo cómo el pecho le dolía por una presión que no era física—. Te di el cariño que le habría dado a mi propia nieta. Te sentaste a mi mesa, compartiste mis recuerdos y escuchaste los secretos que no le he contado ni a mis propios hijos.
Artemio se puso de pie, apoyándose pesadamente en su bastón de empuñadura de plata.
Caminó hacia el gran ventanal que daba a los jardines de la mansión.
Afuera, la lluvia empezaba a golpear los cristales, empañando la vista de los rosales que Elena misma había ayudado a podar apenas una semana atrás.
—Mis hijos dicen que soy un viejo chocho, que la soledad me ha nublado el juicio —gruñó él, sin darse la vuelta—. Y por un momento, casi les doy la razón. Casi creo que el destino me había devuelto lo que la vida me arrebató hace veinte años en aquel accidente.
Elena finalmente habló, y su voz era apenas un susurro quebrado.
—Don Artemio… por favor, escúcheme.
—¡No! —rugió él, girándose con una agilidad sorprendente para su edad—. Ya no más mentiras. Los papeles no mienten. Los registros no tienen sentimientos. Tú apareciste de la nada con esa medalla de la Virgen de Guadalupe, la misma que mi hija llevaba puesta el día que desapareció en el barranco.
El anciano señaló con un dedo tembloroso el cuello de la joven, donde la joya de oro viejo brillaba bajo la luz de la lámpara.
—¿Cómo la conseguiste? ¿A quién se la robaste? ¿O acaso la compraste en algún mercado de pulgas para perfeccionar tu actuación?
Elena se puso de pie también, pero no intentó acercarse a él.
Se quedó allí, como una estatua de mármol, recibiendo cada palabra como si fueran golpes físicos.
—Esa medalla siempre ha estado conmigo —dijo ella, con una firmeza que descolocó al anciano—. Desde que tengo memoria.
—¡Mentira! —Artemio golpeó el escritorio con la palma de la mano—. Mi nieta, la verdadera Sofía, murió en ese accidente junto a sus padres. Sus cuerpos nunca fueron recuperados del río, pero nadie sobrevive a una caída de esa magnitud.
El hombre volvió a sentarse, pareciendo de repente mucho más viejo, mucho más cansado.
Abrió el sobre y sacó una fotografía granulada, tomada en una calle polvorienta de un pueblo fronterizo.
En la foto, una mujer muy parecida a Elena abrazaba a un hombre desconocido.
—Esta es tu verdadera madre, ¿no es así? —preguntó Artemio, lanzando la foto sobre el escritorio—. Vivías en la miseria y viste la oportunidad de oro cuando leíste en los periódicos que el “viejo loco Del Valle” seguía buscando a su descendencia.
Elena miró la foto. Una lágrima solitaria finalmente rodó por su mejilla.
—Esa mujer es la que me crió, sí —admitió ella—. Pero las cosas no son como usted cree, Don Artemio. Hay verdades que no caben en un informe policial.
—¿Verdades? —se burló él—. La única verdad es que eres una impostora que buscaba quedarse con una herencia millonaria. Pero te equivocaste de hombre. Podré estar viejo, pero no estoy ciego.
Artemio tomó un fajo de documentos legales, los términos de una demanda por fraude que sus abogados habían preparado esa misma mañana.
—He llamado a la policía —mintió él, buscando una reacción de pánico que no llegaba—. Están en camino. Tienes cinco minutos para decirme la verdad antes de que tu vida se acabe en una celda.
El anciano se inclinó hacia adelante, sus ojos clavados en los de ella, desafiándola a mantener la máscara.
—Dime, “Elena”… ¿quién eres tú en realidad y qué hiciste con la verdadera medalla de mi hija?
La joven cerró los ojos y respiró hondo.
El ambiente en la biblioteca era eléctrico.
A lo lejos, el sonido de un trueno retumbó, haciendo vibrar los cristales.
En ese momento, Elena metió la mano en su bolso y sacó algo que no era un documento, ni dinero, ni una prueba de identidad.
Era un pequeño diario de cuero gastado, atado con una cinta azul descolorida.
—Usted leyó los informes de sus detectives, Don Artemio —dijo ella, extendiendo el diario hacia él—. Pero se le olvidó leer el corazón de la mujer que murió en ese río.
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