Estás en la parte 2: la historia continúa y el peligro es más real que nunca…
El impacto no fue como Mateo lo esperaba. No sintió el desgarro inmediato de la carne, sino un peso descomunal que lo derribó contra la arena, sacándole todo el aire de los pulmones.
Raja lo tenía inmovilizado. Las enormes garras del tigre presionaban sus hombros, pero extrañamente, no se hundían con la intención de matar.
Sin embargo, la mirada del animal era aterradora. Estaba a centímetros de su cara, y Mateo podía sentir el aliento caliente y fétido de la bestia mezclado con un rugido sordo que nacía desde lo más profundo de su pecho.
—¡Eso es! ¡Mátenlo! —gritaba Don Rodrigo, de pie, derramando su vino sobre la barandilla en un arranque de euforia—. ¡Acaben con ese intruso!
La multitud estaba enloquecida. Algunos grababan con sus teléfonos, otros gritaban de horror, pero nadie se movía para ayudar. En ese coliseo, la compasión era una moneda que no circulaba.
Sultán se acercó lentamente, rodeando la escena, olfateando el aire. Mateo, con la poca fuerza que le quedaba, intentó mirar a los ojos de Raja.
—Raja… por favor… mírame —logró decir Mateo con un hilo de voz, mientras el peso del tigre amenazaba con romperle las costillas.
Fue entonces cuando Mateo notó algo extraño. Detrás de la oreja de Raja, había una pequeña cicatriz en forma de cruz, la misma que él mismo había curado cuando el tigre era apenas una bola de pelos que se había enredado en un alambre de púas.
Pero algo no encajaba. Los ojos de Raja estaban dilatados, casi negros, y de su cuello colgaba un collar de acero que Mateo no había notado antes. Un collar que emitía una luz roja parpadeante.
—¡El collar! —pensó Mateo con desesperación—. Don Rodrigo, maldito seas…
Mateo comprendió en ese segundo que los tigres no estaban actuando por instinto natural. Estaban siendo torturados.
Cada vez que intentaban detenerse o mostrar algún signo de reconocimiento, el collar les enviaba una descarga eléctrica que los volvía locos de dolor y furia.
—¡Treinta segundos! —bramó el altavoz.
Raja abrió sus mandíbulas, rodeando el cuello de Mateo. El joven podía sentir los colmillos rozando su piel, la presión exacta antes de que el hueso se quebrara.
Pero en lugar de cerrar la boca, el tigre comenzó a temblar. Sus ojos se cruzaron con los de Mateo por un milisegundo, y por primera vez, Mateo vio el alma del animal gritando por ayuda detrás de esa máscara de ferocidad.
—Sé que te duele, hermano. Sé que él te está obligando —sollozó Mateo, dejando que las lágrimas corrieran libremente por sus mejillas—. Perdóname por haberte dejado aquí.
En ese momento, Sultán, el segundo tigre, se lanzó no contra Mateo, sino contra el propio Raja, como si intentara quitarlo de encima del joven.
La arena se convirtió en un torbellino de garras y rugidos. Los dos hermanos empezaron a pelear entre ellos, una lucha feroz que confundió por completo a los espectadores.
—¿Qué está pasando? —gritó Don Rodrigo, golpeando el borde del palco—. ¡Ataquen al hombre! ¡Mátenlo de una vez!
Mateo se arrastró por la arena, tratando de recuperar el aliento. Sus brazos estaban llenos de rasguños y su ropa estaba hecha jirones.
Vio a los dos tigres revolcándose, mordiéndose, pero notó que sus movimientos eran erráticos. El collar de Sultán también brillaba intensamente.
Don Rodrigo, furioso porque su “espectáculo” no seguía el guion, sacó un pequeño control remoto de su bolsillo.
—Si no lo hacen ellos, lo haré yo —susurró el millonario con una mueca de maldad pura.
Aumentó la intensidad de la descarga. Los tigres soltaron un aullido de agonía que heló la sangre de todos los presentes. Cayeron al suelo, retorciéndose, con espuma saliendo de sus bocas.
Mateo, viendo el sufrimiento de los seres que más había amado, sintió una furia que nunca antes había experimentado. Ya no tenía miedo. El terror se había transformado en un fuego gélido que le recorría las venas.
—¡Basta! —rugió Mateo, poniéndose de pie con dificultad.
Miró hacia el palco de Don Rodrigo. El millonario lo miraba con desprecio, burlándose de su miseria.
—¡Faltan diez segundos, guacho! —se mofó Rodrigo—. Y cuando el reloj llegue a cero, si sigues vivo, soltaré a los leones. Aquí nadie sale con el premio.
Mateo se dio cuenta de que el trato era una trampa desde el principio. No había fortuna, no había salida. Solo había muerte para alimentar el ego de un hombre que se creía Dios.
Pero Mateo conocía algo que Don Rodrigo, con todo su dinero, nunca entendería: el lenguaje del corazón y la lealtad que trasciende las especies.
Mateo se acercó a Raja, que yacía en el suelo espasmódico. Con manos temblorosas, buscó el cierre del collar de acero.
—Resiste, amigo mío. Solo un poco más —le susurró al oído.
El reloj marcaba cinco segundos. Cuatro. Tres.
La multitud contaba a coro, esperando el desenlace fatal. Don Rodrigo apretó el botón de máxima descarga, esperando ver el corazón del tigre detenerse o que este, en un último arranque de locura, destrozara a Mateo.
Pero algo increíble sucedió en ese último segundo.
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