Continuamos con la historia exactamente donde la dejamos: el estafador intenta entender cómo cayó en su propia trampa.
Mauricio Peña había pasado años creyéndose más listo que los demás. Había burlado a joyeros, a anticuarios, a coleccionistas de autos clásicos y hasta a un par de galeristas de arte. Siempre el mismo sistema: aparecía con su traje impecable, su sonrisa de banquero y sus billetes falsificados tan perfectos que parecían cosa de magia.
Nunca sabía quién estaba detrás de la imprenta. La cadena era siempre la misma: un contacto le entregaba los billetes en un estacionamiento, él los usaba como pago en negocios pequeños o de confianza, y luego vendía las piezas a compradores que no hacían preguntas. Todo el mundo ganaba, menos sus víctimas.
Pero el relojero había visto algo que nadie más había visto.
Cuando Mauricio entró a la tienda esa mañana, Don Aurelio estaba reparando un reloj de pared alemán de 1920. Un trabajo delicado que exigía concentración absoluta. Pero tan pronto escuchó la campanita de la puerta, levantó la vista y estudió al cliente con la precisión de un cirujano.
—¿En qué puedo servirle? —preguntó, dejando la herramienta sobre el banco.
Mauricio hizo su acostumbrada entrada triunfal: el paso firme, la mirada segura, la mano extendida con ese apretón firme que había perfeccionado a lo largo de años de mentiras.
—Me dijeron que usted es el mejor —dijo, lanzando el cumplido como cebo—. Necesito un regalo especial.
Don Aurelio asintió sin demasiado entusiasmo. Ya había visto pasar por su tienda a muchos hombres con trajes caros que buscaban piezas valiosas. Algunos eran coleccionistas honestos. Otros, menos.
—¿Qué tipo de pieza busca?
—Un reloj antiguo. Suizo. Con historia —Mauricio había preparado el discurso—. Mi padre cumple ochenta años y siempre quiso una pieza como las que veía en las películas de su juventud.
Mintiendo con tanta soltura que hasta él mismo se creía la historia.
Don Aurelio señaló una vitrina al fondo del local. Ahí estaban los relojes de mayor valor, resguardados bajo llave y con cámaras apuntando desde los rincones. El estafador los miró con codicia apenas disimulada.
—Esta es una belleza —dijo el relojero, sacando la Longines de 1952—. Recientemente restaurada por mí. Los engranajes originales, la esfera impecable. Es una pieza de colección.
Mauricio la examinó. Aunque no era experto, sabía reconocer una oportunidad de oro. La pieza fácilmente valía el triple de lo que el relojero iba a pedir.
—¿Cuánto? —preguntó, fingiendo indecisión.
—Seis mil pesos —respondió Don Aurelio—. Es un precio justo.
Mauricio sabía que no lo era. Justo sería ocho mil. El viejo estaba bajando el precio para vender rápido.
—¿Acepta dólares?
El relojero frunció el ceño.
—¿Dólares americanos?
—Sí. Traigo efectivo porque es un regalo especial —Mauricio sacó su billetera, mostró un fajo de billetes verdes—. Mil dólares. Le estoy dando incluso un poco más de lo que pide.
Don Aurelio miró los billetes con atención. Sacó sus lentes de aumento, los colocó sobre la nariz, y los examinó brevemente.
Mauricio sintió un escalofrío. Los segundos que el viejo pasó mirando el papel fueron eternos. Pero luego el relojero asintió, guardó los billetes en su caja registradora y envolvió la pieza como si fuera un tesoro.
—Felicidades a su padre —dijo, con la voz extrañamente plana.
Mauricio tomó el paquete y salió triunfante. Muy triunfante para notar que Don Aurelio lo observaba desde la ventana hasta que dobló la esquina.
Lo que el estafador no sabía era que el relojero había llamado a la policía antes incluso de que Mauricio cruzara la puerta de su tienda.
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La espera en la comisaría
En la comisaría, una hora antes del arresto, Don Aurelio había entregado los billetes falsos con una calma que dejó desconcertado a más de un uniformado.
—¿Sabe que está delatando a un falsificador? —le preguntó el oficial a cargo, un hombre llamado Ramírez que llevaba quince años en el cuerpo—. ¿Y sabe que al entregar el dinero, su pieza queda como evidencia de la estafa?
Don Aurelio asintió con serenidad.
—Lo sé.
—¿Y aun así renuncia a ella?
El viejo relojero sonrió por primera vez en todo el día.
—Oficial, yo he vivido toda mi vida con lo justo. No tengo lujos, pero nunca le he robado a nadie. Ese reloj es hermoso, pero hay algo que valoro más: la tranquilidad de saber que hice lo correcto.
Ramírez lo miró con respeto renovado. Los policías estaban acostumbrados a víctimas que lloraban, que exigían, que pedían compensaciones. Este anciano les estaba pidiendo algo más importante: justicia.
— Además —añadió Don Aurelio, guardándose un as en la manga—, ese tipo no trabaja solo. Y sus jefes necesitan un mensaje claro: este barrio ya no tolera estafadores.
Fue entonces cuando el oficial Ramírez entendió el plan completo.
— Vamos a seguir a este tipo —dijo—. Cuando pague con esos billetes falsos, lo atrapamos con las manos en la masa.
Y así lo hicieron.
El estafador no solo había cometido el error de montar una escena teatral en un restaurante lleno de testigos. Había pagado con más billetes falsos que terminaron en manos de las autoridades. No había escapatoria posible.
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La confesión del traje azul
En la mesa del restaurante, Mauricio ya no era el hombre elegante de las sonrisas fáciles. Sus manos temblaban sobre el mantel de lino blanco mientras los oficiales le colocaban las esposas.
— Tiene derecho a llamar a un abogado —dijo el oficial Ramírez, casi con lástima—. Pero le sugiero que colabore. La imprenta de los billetes no la hizo usted, ¿verdad?
Mauricio levantó la vista, con una chispa de astucia en los ojos.
—No.
— Entonces díganos quién se los dio. Puede salir beneficiado.
El estafador miró a Don Aurelio, que seguía de pie junto a la mesa, observándolo con esa mirada serena que le ponía los nervios de punta.
— ¿Por qué? —preguntó Mauricio, con la voz ronca—. ¿Por qué hizo esto? ¿Por qué no me denunció apenas los vio?
Don Aurelio dio un paso al frente. Sus zapatos gastados contrastaban con el piso de mármol del restaurante lujoso.
— Porque usted no es el problema, joven. Usted es solo un mensajero con buen gusto para la ropa. El problema es el que imprime esos billetes, el que financia sus compras para blanquearlos. Yo quería que vinieran a buscarlo a usted para que usted nos llevara a ellos.
Mauricio entendió en ese momento lo que significaba la palabra “karma”.
— Yo no sé quién… —empezó.
— No me mienta —lo interrumpió Don Aurelio con una firmeza que sorprendió a todos los presentes—. Tengo los mensajes que usted envió al comprador. Lo vi escribir desde la acera mientras lo seguía. Además, su teléfono va a decirnos más que su boca de lo que usted está dispuesto a confesar.
Mauricio enmudeció. Todos sus planes de salida elegante se deshacían como papel en agua.
— Yo… —balbuceó—. Necesito un abogado.
— Eso lo habla con ellos —dijo el oficial Ramírez, tirando suavemente de las esposas—. Por ahora, tenemos una conversación pendiente sobre una imprenta que está imprimiendo dólares falsos de alta calidad.
Don Aurelio se quedó en el restaurante mientras los oficiales escoltaban al estafador hacia la patrulla. Los comensales aplaudieron. Algunos se levantaron para darle la mano.
— Mandó un mensaje muy claro —le dijo la dueña del restaurante, emocionada—. Ese hombre no es bienvenido en ningún lugar de este barrio.
Pero Don Aurelio no se quedó para los aplausos. Se ajustó el chaleco, pensó en su tienda, en los relojes que necesitaban sus manos, en el taller que olía a metal y a creatividad. Y sonrió, porque justicia, pensaba, se escribe igual en cualquier idioma.
Antes de salir del restaurante, se volvió una vez más hacia la mesa vacía donde el estafador había celebrado su victoria. La copa de vino seguía ahí, a medio beber.
— Te queda mucho camino por recorrer, muchacho —murmuró—. Pero por lo menos, el karma empezó hoy.
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