La escena quedó en suspenso y tú no ibas a quedarte sin conocer el desenlace. Aquí sigue.
Doña Carmen, la dueña del restaurante, se quedó paralizada con la bandeja en la mano. Desde la cocina había visto al hombre del traje caro llegar con esos billetes recién salidos de la imprenta, y algo en su pecho le dijo que eso no terminaba bien.
Ella conocía a Don Aurelio desde hacía veinticinco años. Sabía cómo era su tienda, la humedad de su taller, el cariño con que trataba cada engranaje de cada reloj que pasaba por sus manos. Lo había visto criar a sus hijos ahí dentro, en ese local de fachada modesta que olía a metal viejo y a café recalentado.
Y ahora ese tipo con pinta de ejecutivo exitoso estaba al otro lado de la mesa, presumiendo como si le hubiera robado la tarde a un inocente.
—¿Me trae la cuenta, por favor? —la voz del hombre sonó segura, casi cantarina, con esa arrogancia de quien cree que el mundo le pertenece.
Doña Carmen asintió sin decir palabra. Pero sus ojos no perdieron detalle.
El hombre del traje azul marino se recostó en la silla, se ajustó la corbata en un gesto ritual, y sacó su teléfono. Escribió algo rápido. Sonreía. Y no era una sonrisa de satisfacción sincera: era de esas que se estiran demasiado, como si estuviera masticando una victoria que nadie más conocía.
—¡Salud por mí! —murmuró para sí mismo, levantando su copa de vino tinto.
Se llamaba Mauricio Peña. Y llevaba diez años haciendo esto: comprando objetos caros con billetes falsos, desapareciendo antes de que alguien notara la estafa. Pero esta vez no había sido tan sencillo.
El relojero. Ese viejo terco de Don Aurelio.
Mauricio repasó mentalmente la escena de esa mañana: la tienda pequeña en el centro, el mostrador de madera gastada, las vitrinas de vidrio empañado por los años. Y enfrente, el anciano con sus gafas de aumento puestas, observándolo a través de esos cristales redondos que lo hacían parecer un búho sabio y desconfiado.
—¿Este reloj, dice usted? —había preguntado Don Aurelio, sosteniendo la pieza con la delicadeza de quien acuna a un recién nacido.
—Sí. Regalo para mi padre —mintió Mauricio con fluidez—. Cumple ochenta años la próxima semana.
El reloj era una pieza suiza antigua, una Longines de 1952 con el mecanismo intacto. Valía una fortuna. Y Mauricio la había pagado con mil dólares en billetes falsos, tan bien hechos que solo un experto sabría distinguirlos a contraluz.
Don Aurelio los tomó, los examinó apenas unos segundos, y asintió.
—¿Le parece bien la cantidad?, —preguntó Mauricio, sintiendo que ya tenía la victoria en el bolsillo.
—Está bien —respondió el relojero con calma sobrehumana—. ¿Envuelvo?
Mauricio negó con elegancia. Tomó el reloj, lo guardó en el bolsillo interior de su saco, y salió sin mirar atrás. Ni siquiera escuchó el suspiro profundo que soltó Don Aurelio desde su banco de trabajo.
Ahora, unas horas después, el estafador brindaba solo en el restaurante más caro del centro.
—
El banquete del ladrón
Mauricio no había podido resistir la tentación de celebrar. Diez años de estafas, y todavía cada golpe le sabía a gloria. El vino tinto, un Malbec importado, le costaba lo que un obrero ganaba en dos días.
—¿Otra copa? —preguntó el mesero, inclinándose respetuoso.
—No —dijo Mauricio, aunque la botella estaba a medio terminar—. Solo la cuenta.
Le gustaba pagar con efectivo. Siempre lo hacía. Porque recibir el cambio en billetes legítimos era parte del ritual: el dinero falso que entraba y el dinero de verdad que regresaba. Un ciclo perfecto que lo había mantenido viviendo de lo ajeno durante más de una década.
El mesero trajo la cuenta: 168 pesos.
Mauricio sacó su billetera de cuero italiano. Tocó los billetes sintiendo la textura apenas diferente, casi imperceptible. Era un artista, pensaba. Y como todo artista, disfrutaba el espectáculo.
Dejó dos billetes de cien sobre la charola de terciopelo negro.
—Quédese con el cambio —dijo con magnanimidad fingida.
El mesero agradeció con una reverencia que Mauricio encontró deliciosa. Así funcionaba el mundo: los listos arriba, los demás para servir.
Tomó su teléfono de nuevo. Abrió el chat con su comprador de piezas robadas. Escribió: “Longines 1952, auténtica, condición impecable. Está vendida en 3k. Nos vemos mañana.”
Envió el mensaje y sonrió.
Pero entonces pasó algo que le heló la sonrisa.
Dos policías cruzaron la puerta del restaurante.
Mauricio no era un hombre nervioso. Diez años de carrera significaban diez años de entrenamiento en la calma. Vio a los uniformados acercarse al mostrador y sintió un pequeño alivio: iban por una orden de comida para llevar. Era normal. Los policías siempre compraban en este lugar.
Sin embargo, algo en la manera en que el mesero lo miró desde la distancia le dijo que no era tan así.
El mesero habló algo con los policías. Señaló la mesa de Mauricio.
Sin querer.
—Mierda —murmuró el estafador, aunque mantuvo la postura.
No se movió. No podía correr sin delatarse. En su mente calculó las estrategias: los billetes ya estaban entregados. No había nada en su poder incriminatorio excepto el reloj robado. Y el reloj legítimamente lo había pagado. Con billetes que nadie había verificado.
Los policías caminaron hacia su mesa.
Y detrás de ellos, entró Don Aurelio.
—
El viejo relojero y su paz
Don Aurelio caminaba despacio, con la dignidad de los hombres que han trabajado toda su vida sin robarle nada a nadie. Llevaba su misma ropa de trabajo: un chaleco de lana gris y los lentes de aumento colgados del cuello. No parecía enfadado. No parecía victorioso. Sencillamente parecía un hombre que sabía algo que los demás no sabían.
—Señor Peña —saludó el relojero con voz firme, llegando a la mesa donde el estafador pálido intentaba mantener la compostura—. ¿Disfrutó su almuerzo?
Mauricio tragó saliva.
—¿Qué hace usted aquí?
—Vine a darle las gracias —dijo Don Aurelio con una calma desconcertante—. Por el reloj, o mejor dicho, por lo que pagó por él.
Los comensales de las mesas vecinas empezaron a voltear. El silencio del restaurante se volvió denso como miel.
—No sé de qué habla —dijo Mauricio, la voz apenas un hilo.
Don Aurelio se quitó los lentes, los limpió con la manga de su chaleco y los volvió a colgar.
—Usted es buen actor, joven. Me engañó durante casi veinte minutos. Pero yo he reparado relojes por este barrio desde que usted estaba en la escuela primaria. Conozco el peso del papel moneda como conozco el peso de un pistón suizo. Y esos billetes que me entregó esta mañana… —el viejo relojero hizo una pausa que se sintió como una eternidad—. Eran falsos.
El restaurante entero contuvo la respiración.
Mauricio sintió el mundo girar ligeramente. Pero todavía tenía ases bajo la manga. Todavía podía negar, confundir, desaparecer antes de que nadie pudiera actuar.
—Eso es una acusación grave —dijo, obligándose a sonreír—. ¿Tiene pruebas?
Don Aurelio no sonrió. Pero algo brilló en sus ojos.
—Yo no hago acusaciones, joven. Eso es trabajo de los expertos.
Y en ese momento, uno de los policías que estaba junto a la puerta dio un paso al frente y extendió la mano hacia Mauricio.
—Señor Peña, queda usted detenido por falsificación de moneda y por intento de estafa. Tiene derecho a permanecer en silencio…
Mauricio no escuchó el resto. Sus ojos buscaron la salida, pero ya era tarde. Tres policías más habían entrado por la puerta trasera. Estaba rodeado.
—¡No pueden hacer esto! —protestó, poniéndose de pie—. ¡No tienen nada contra mí!
El oficial de más rango sacó de su bolsillo una bolsa de plástico transparente. Dentro había un fajo de billetes. Los mismos que Don Aurelio había recibido esa mañana.
—El relojero los entregó en la estación hace dos horas —dijo el oficial, mirando a Mauricio con desprecio apenas disimulado—. Los peritos ya confirmaron que son falsificaciones de alta calidad. Salieron de una imprenta clandestina que llevamos meses tratando de ubicar.
Mauricio sintió que la sangre le abandonaba la cara.
Don Aurelio sabía. El viejo había sabido desde el principio.
—¿Por qué me los cambió? —preguntó Mauricio, con la voz rota—. ¿Por qué me dejó ir?
El relojero lo miró con una tristeza que Mauricio no supo interpretar hasta años después, cuando ya era un preso más en el penal de Santa Martha.
—Porque lo que yo quería no era recuperar mi reloj —dijo Don Aurelio, susurrando lo suficiente para que solo el estafador lo escuchara—.Quería encontrar al que estaba detrás de usted. Y usted acaba de llevarme hasta él.
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