Estás en la parte 2: la historia continúa y el misterio se vuelve más profundo…
Julián no soltaba el brazo de la mujer, a pesar de que el gerente del hotel, un hombre bajo y nervioso llamado Martínez, ya estaba a su lado.
—Señor De la Vega, por favor, comprenda que esto es un evento privado… la mujer es solo personal contratado —intervino Martínez con voz temblorosa.
—¡Esta mujer es mi esposa! —sentenció Julián, y el estruendo de sus palabras causó que varias mujeres en la audiencia soltaran pequeños gritos de asombro.
La mujer, a quien todos conocían como Rosa, comenzó a hiperventilar, su rostro palideciendo hasta adquirir un tono casi traslúcido.
—No… no es posible —repetía ella, mientras negaba con la cabeza frenéticamente—. Yo vivo en un cuarto alquilado en el sur… yo no tengo esposo.
Julián sacó su teléfono del bolsillo de su saco de diseñador, sus dedos volando sobre la pantalla con una urgencia febril.
Buscó en su galería, pasando fotos de edificios y reuniones, hasta que encontró lo que buscaba: una fotografía de su boda.
En la imagen, una pareja radiante sonreía frente a un altar lleno de orquídeas blancas; ella lucía un vestido de seda pura que costaba una fortuna.
—Mira —dijo él, poniendo la pantalla frente a los ojos de la empleada—. Mira esta foto y dime que esa no eres tú.
La mujer bajó la vista hacia el teléfono y, por primera vez, el terror en su rostro se transformó en una confusión absoluta y dolorosa.
Sus manos subieron a su cabeza, presionando sus sienes como si intentara detener una explosión interna que amenazaba con destrozarla.
—Esa mujer… se parece a mí —susurró ella, y su voz era apenas un hilo de aire—. Pero yo no recuerdo ese vestido… yo no recuerdo ese lugar.
Julián sintió un escalofrío que le recorrió toda la columna vertebral; la honestidad brutal en la voz de ella era innegable.
No era una actuación; no era el cinismo de una mujer que huyó con un amante o por ambición, como él había creído durante media década.
—Elena, desapareciste hace cinco años después del accidente en la carretera —dijo Julián, y su voz ahora era un ruego—. Pensamos que habías muerto, que el río te había llevado.
—Yo desperté en un hospital de caridad —dijo ella de repente, como si las palabras salieran solas, sin que ella las controlara—. No tenía documentos.
Los invitados se acercaron aún más, olvidando sus copas de champaña y sus conversaciones sobre inversiones; la tragedia humana era más fascinante.
—Los doctores dijeron que el golpe fue muy fuerte —continuó ella, con los ojos perdidos en algún punto del techo—. No sabía quién era. Pasé meses sin hablar.
Julián sintió que el corazón se le oprimía tanto que le dolía respirar; la rabia que lo había alimentado por años empezó a evaporarse, dejando solo un vacío inmenso.
Él la había maldecido cada noche, le había gritado a su recuerdo por haberlo dejado solo con la carga de una vida que ya no quería.
—¿Por qué no buscaste ayuda? ¿Por qué no fuiste a la policía? —preguntó él, con las lágrimas ahora nublando su propia visión.
—Lo hice —respondió ella, con una tristeza que conmovió hasta al más frío de los empresarios presentes—. Pero nadie buscaba a una “Rosa”.
Ella explicó cómo, al no recordar nada, las autoridades simplemente la registraron como una persona sin identidad, una más en el sistema.
Había sobrevivido limpiando pisos, durmiendo en refugios al principio, y luego logrando alquilar una pequeña habitación gracias a su esfuerzo.
—He vivido cinco años sin pasado —dijo ella, mirando sus manos ásperas por el uso de cloro y detergentes—. Cada mañana me miro al espejo y no sé quién es la mujer que me devuelve la mirada.
Julián la soltó, pero no para alejarse, sino para cubrirse el rostro con las manos, abrumado por la magnitud de la injusticia que el destino les había jugado.
Él era uno de los hombres más ricos del país, y su esposa había estado a solo unos kilómetros de distancia, lavando baños para sobrevivir.
—Tu nombre es Elena de la Vega —dijo él, recuperando un poco la compostura—. Eres licenciada en artes, hablas tres idiomas y… y tienes un hijo.
Al mencionar la palabra “hijo”, un silencio sepulcral, más denso que los anteriores, cayó sobre el Salón Imperial del hotel.
La mujer se tambaleó, y esta vez Julián la sostuvo con firmeza, evitando que cayera sobre el piso que ella misma había limpiado horas antes.
—¿Un hijo? —repitió ella, y su voz se llenó de un anhelo tan profundo que resultó desgarrador para todos los presentes.
En ese momento, el ruido de unas puertas pesadas abriéndose al fondo del salón hizo que todas las cabezas giraran al unísono.
Un joven de unos dieciocho años, con el mismo porte elegante de Julián pero con los ojos dulces y claros de la mujer, caminaba a paso rápido.
Se llamaba Mateo, y su presencia en la gala no era casualidad; él había estado buscando en secreto, siguiendo pistas que su padre ya había abandonado.
Mateo se detuvo a pocos metros, mirando la escena: su padre llorando y una empleada de limpieza que lo miraba con una expresión de irrealidad.
El joven no dudó; no necesitó pruebas de ADN ni explicaciones lógicas para reconocer lo que su corazón le dictaba desde que era un niño.
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