Estás en la parte 2: la historia continúa…
El tiempo pareció detenerse frente a la entrada de la majestuosa Torre Esmeralda. Mateo miraba aquellas manos y, por un breve instante, el cristal y el acero de su presente desaparecieron. En su lugar, el olor a metal fundido y el calor asfixiante de una fundición de acero inundaron sus sentidos.
Recordó a su padre llegando a casa a las tres de la mañana, con el rostro cubierto de hollín y la espalda doblada por el cansancio. Recordó cómo Samuel se vendaba los dedos heridos con trapos viejos para no gastar en medicinas, guardando cada centavo en una lata de galletas oxidada que tenía una etiqueta escrita a mano: “Para la educación de mi campeón”.
—Señor ejecutivo —dijo Samuel, con una sonrisa triste que revelaba la ausencia de varios dientes—, ¿ya olvidó quién limpiaba los baños de la misma universidad donde usted aprendió a ser tan importante? ¿Ya olvidó que yo trabajaba tres turnos, comiendo solo pan y agua, para que usted pudiera usar zapatos de cuero y libros nuevos?
La multitud de periodistas estaba en trance. Nadie se atrevía a interrumpir. El drama humano que se desarrollaba frente a ellos era más potente que cualquier noticia financiera. Mateo, sintiendo el sudor frío bajar por su espalda, se dio cuenta de que el silencio era su peor enemigo. Tenía que recuperar el control, tenía que destruir la credibilidad de aquel hombre antes de que fuera demasiado tarde.
—Es un excelente actor, se lo concedo —escupió Mateo, recuperando su máscara de arrogancia—. Pero sus historias de sacrificio no me conmueven. Si usted fuera realmente mi padre, yo lo sabría. Mi padre fue un hombre de negocios que falleció hace años. Usted es solo un oportunista que ha estudiado mi vida para extorsionarme frente a las cámaras.
Samuel soltó una carcajada seca que terminó en una crisis de tos. Cuando recuperó el aliento, se limpió la boca con la manga de su chaqueta mugrienta y miró a los periodistas, luego volvió a mirar a su hijo.
—¿Oportunista? —preguntó Samuel en voz baja, pero que se escuchó con total claridad—. Mateo, tengo en mi bolsillo una carta. Es la última carta que me escribiste cuando te graduaste. En ella me decías que nunca olvidarías mis manos quemadas, porque ellas fueron el puente hacia tu libertad. Decías que cada vez que firmaras un contrato importante, te acordarías de que yo perdí mis dedos en la prensa hidráulica para pagar tu último semestre.
Mateo sintió un mareo súbito. Recordaba esa carta. La había escrito en un momento de ebriedad emocional, antes de que el mundo de la alta sociedad lo corrompiera por completo.
—¡Miente! —bramó Mateo—. ¡Seguridad, se los ordené! ¡Llévenselo lejos o todos están despedidos!
Los guardias, intimidados por la furia del ejecutivo, sujetaron a Samuel con más fuerza. Uno de ellos, un joven que parecía conmovido por la escena, trató de ser gentil, pero Mateo le gritó que lo hiciera rápido. Samuel fue empujado hacia el callejón, lejos de la alfombra roja y los flashes.
Mientras era arrastrado, el anciano no gritó más insultos. Solo miraba a Mateo con una compasión que resultaba insultante. Era la mirada de un padre que ve a su hijo morir por dentro, aunque su cuerpo esté rodeado de lujos.
—El traje te queda bien, Mateo —gritó Samuel por última vez antes de desaparecer tras la esquina—. Pero te queda grande el corazón. No te preocupes, ya no te molestaré más. Vine a despedirme porque el médico dice que mis pulmones ya no aguantan más el polvo de la fundición que todavía llevan dentro. Solo quería saber si eras feliz. Ahora veo que eres el hombre más pobre que he conocido.
Mateo se quedó de pie, solo, en medio de un círculo de cámaras que ya no lo veían como a un héroe, sino como a un monstruo. Sus asistentes se acercaron para susurrarle que el evento debía continuar, que los inversionistas estaban esperando dentro.
—Señor, tenemos que entrar —dijo su secretaria, con una mirada de desprecio apenas disimulada—. El trato de la fusión…
Mateo asintió mecánicamente. Entró al edificio. El aire acondicionado lo golpeó de frente, pero no pudo quitarle el calor del recuerdo de su padre. Subió al ascensor privado. Las paredes de espejo le devolvieron la imagen de un hombre impecable, pero él solo podía ver el reflejo de las manos mutiladas de Samuel.
La reunión fue un desastre. Por primera vez en su carrera, Mateo no podía articular las palabras. Las cifras bailaban en la pantalla y él solo escuchaba la tos de su padre. Los inversionistas, que ya habían visto los videos en redes sociales (porque sí, la escena ya era viral), lo miraban con una mezcla de desconfianza y asco. El mundo de los negocios es cruel, pero incluso entre los tiburones, la traición a la propia sangre es una mancha difícil de limpiar.
—Creo que debemos posponer esto, Mateo —dijo el socio principal, cerrando su carpeta—. No estamos seguros de querer que nuestra marca esté asociada con… bueno, con esta situación.
Mateo se quedó solo en la sala de juntas. El silencio era ensordecedor. Caminó hacia el gran ventanal que daba a la calle. Desde allá arriba, la gente parecía hormigas. Buscó desesperadamente la figura de su padre en el callejón, pero no había nadie. Solo el viento moviendo unos papeles viejos.
De repente, su teléfono vibró. Era una notificación de una red social. El video de su encuentro con el anciano tenía millones de reproducciones. Pero no fue eso lo que lo quebró. Fue un mensaje de su madre, de quien se había distanciado hacía años.
“Tu padre fue a buscarte porque no quería morir sin perdonarte por habernos negado todos estos años. Me dijo que te veía en las noticias y que, a pesar de todo, estaba orgulloso. Mateo, él no quería dinero. Él solo quería que supieras que la carta que le escribiste es lo único que lo ha mantenido vivo en las calles. Si todavía tienes algo de alma, búscalo. Está en el viejo hospital de la zona sur. No pasará de hoy.”
Mateo sintió que el traje le apretaba el cuello hasta asfixiarlo. Se arrancó la corbata de seda de mil dólares y salió corriendo de la sala, ignorando los gritos de sus asistentes.
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