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Secretos

El misterio del retrato en la mansión: La verdad que el dinero no pudo ocultar

6 min de lectura
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Continuamos con la historia donde la dejamos…

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El tintineo del oro al chocar contra el escritorio de madera fue el único sonido que rompió el trance. Ricardo miraba el dije como si fuera una aparición fantasmal. Sus manos, que habían firmado contratos de millones de dólares sin temblar, ahora eran presas de un sismo incontrolable.

—Esto… esto no es posible —balbuceó el hombre, desplomándose en su silla—. La policía me dijo que se la habían llevado fuera del país. Que probablemente… —no pudo terminar la frase. El dolor de quince años era una herida abierta que se negaba a cicatrizar.

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Elena se acercó, olvidando por completo las distancias sociales. En ese momento, no eran patrón y empleada; eran dos almas conectadas por el recuerdo de una niña perdida.

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—Don Ricardo, escúcheme bien. Clara llegó al orfanato dos meses después de la fecha en que Lucía desapareció. Estaba en estado de shock. No hablaba, no comía. La encontraron deambulando en una estación de autobuses a cientos de kilómetros de aquí. No tenía documentos, no recordaba su apellido. Solo decía que su nombre era Clara y que alguien la había dejado ahí diciéndole que su familia ya no la quería.

—¡Malditos! —gritó Ricardo, golpeando la mesa con el puño—. ¡Le lavaron el cerebro! ¡Le robaron su identidad!

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Elena asintió con tristeza. Ella recordaba perfectamente a esa niña de ojos tristes que se escondía bajo las sábanas. Ella fue quien la tomó de la mano el primer día. Ella fue quien compartió sus escasas raciones de comida para que “Clara” no muriera de hambre.

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—Pasamos diez años juntas en ese lugar, señor. Crecimos compartiendo sueños de libertad. Ella siempre fue diferente. Tenía una elegancia natural, una forma de hablar que no encajaba con el resto de nosotros. A pesar de los años, ella nunca perdió esa esperanza de que alguien vendría por ella. Pero ese alguien nunca llegó.

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Ricardo cubrió su rostro con las manos y comenzó a sollozar. Eran sollozos secos, desgarradores, el sonido de un hombre que se da cuenta de que ha vivido en una mentira mientras su tesoro más grande sufría a pocas horas de distancia.

—¿Dónde está ella ahora? —preguntó Ricardo, levantando la vista, sus ojos inyectados en sangre—. Dígame que sabe dónde está. Daría toda esta casa, todas mis empresas, solo por verla un segundo.

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Elena bajó la mirada y un velo de duda cruzó su rostro. El silencio se prolongó más de lo debido, alimentando la angustia del millonario.

—¿Elena? ¡Hable, por favor! —suplicó él.

—Hace cinco años, cuando cumplimos la mayoría de edad, nos obligaron a dejar el orfanato. Salimos al mundo sin nada, solo con lo que llevábamos puesto. Intentamos mantenernos juntas, trabajamos en lo que pudimos: limpiando mesas, vendiendo flores… Pero la vida es dura para quienes no tienen nombre.

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Elena hizo una pausa, recordando los días de frío y las noches en las que el estómago les rugía de pura necesidad.

—Hace dos años, nos separamos. Ella consiguió un trabajo en una provincia lejana, como institutriz. Me escribía cada mes, pero hace seis meses que no recibo noticias de ella. La última carta que me envió decía que tenía miedo, que sentía que alguien la seguía.

Ricardo se puso de pie de un salto, la energía del hombre de acción que alguna vez fue regresando a su cuerpo.

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—¿Miedo de qué? ¿Quién podría seguirla después de tanto tiempo?

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—No lo sé, señor. Pero Clara siempre tuvo la sensación de que su desaparición no fue un simple secuestro al azar. Ella recordaba una voz… una voz que escuchaba en esta misma casa antes de que todo pasara.

Ricardo se quedó petrificado. Sus pensamientos volaron hacia su círculo íntimo. Sus socios, sus hermanos, incluso su exesposa que se había marchado al poco tiempo de la tragedia alegando que no podía soportar el dolor. ¿Podría ser que el enemigo hubiera estado durmiendo bajo su mismo techo?

—Elena, necesito que me dé esa última carta. Necesito cada detalle, cada dirección, cada nombre que ella haya mencionado. A partir de este momento, usted no es más mi empleada. Usted es mi única aliada.

Él caminó hacia una caja fuerte oculta tras una hilera de libros antiguos. La abrió y sacó un fajo de billetes, pero luego lo guardó, dándose cuenta de que el dinero no era lo que Elena necesitaba. Necesitaba justicia.

—Llamaré a mi jefe de seguridad —dijo Ricardo, tomando el teléfono—. Vamos a encontrarla. Y si alguien le ha puesto un dedo encima, desearán no haber nacido. Pero antes…

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Ricardo miró a Elena con una intensidad nueva.

—¿Por qué decidió trabajar aquí? ¿Por qué en mi mansión, de entre todas las casas de la ciudad?

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Elena esbozó una sonrisa melancólica.

—No fue casualidad, don Ricardo. Yo sabía quién era usted. Clara tenía un recorte de periódico muy viejo que guardaba como un tesoro. Era una foto de usted en una gala benéfica. Ella decía: “Este hombre tiene los mismos ojos que yo veo cuando cierro los ojos y sueño con un hogar”. Yo vine aquí para ver si era verdad. Vine para encontrar pruebas antes de decirle nada. El cuadro fue la confirmación que mi corazón necesitaba.

La tensión en la habitación se podía cortar con un cuchillo. Justo en ese momento, el teléfono de la oficina de Ricardo comenzó a sonar. Era una línea privada, una que casi nadie conocía.

Ricardo contestó, poniendo el altavoz.

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—¿Diga? —su voz era autoritaria.

—Valdemar… —una voz distorsionada y ronca salió del aparato—. Veo que la muchacha del orfanato ha sido muy habladora. Fue un error dejar que se acercara tanto a ti.

Elena ahogó un grito. Ricardo sintió que el hielo invadía sus venas.

—¿Quién eres? ¿Dónde está mi hija?

—Tu hija está pagando por tus pecados, Ricardo. Y si quieres volver a verla con vida, tendrás que hacer exactamente lo que te diga. Pero primero, despídete de tu nueva empleada. Ella sabe demasiado.

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En ese instante, el estruendo de un cristal rompiéndose resonó en la planta baja de la mansión. Las alarmas empezaron a aullar, pero el sonido de pasos pesados subiendo las escaleras era lo único que Elena y Ricardo podían escuchar.

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