Continuamos con la historia justo en el momento en que el misterio se vuelve más profundo y peligroso…
Ricardo no esperó a que la policía llegara al plantel. La mención del “lugar secreto” había disparado una alarma en su cerebro que ningún protocolo de seguridad podría igualar. Corrió hacia su camioneta, derrapando en el estacionamiento de la escuela, mientras la directora Clara gritaba que esperara a las autoridades. Pero un padre cuya vida depende de la seguridad de su hijo no sabe esperar.
Mientras conducía a toda velocidad hacia la zona costera, los pensamientos de Ricardo eran un torbellino de agonía. ¿Quién era esa mujer? ¿Cómo conocía el lugar secreto? Ese faro abandonado, situado a unos veinte kilómetros de la ciudad, en un acantilado azotado por el salitre, era el sitio donde él le había pedido matrimonio a Elena. No figuraba en ninguna red social, no lo mencionaban con extraños. Era su refugio.
“Mamá dice que nos vemos allí”, la frase de Mateo resonaba en su cabeza. Ricardo golpeó el volante con frustración. El duelo por Elena había sido un camino largo y tortuoso. Mateo apenas estaba empezando a aceptar que su madre era una estrella en el cielo, y ahora, esta mujer aparecía para destruir su frágil estabilidad emocional y, posiblemente, su vida.
El sol empezaba a ocultarse, tiñendo el horizonte de un rojo sangre. Ricardo llegó a la zona de los acantilados. El camino de tierra hacía que la camioneta saltara violentamente. A lo lejos, la silueta del viejo faro se alzaba como un gigante oxidado contra el cielo oscuro. No había otros autos a la vista, lo que le dio un presentimiento aún más siniestro. ¿Cómo habían llegado allí? ¿A pie? ¿En un auto que ocultaron entre los matorrales?
Bajó del vehículo antes de que terminara de frenar por completo. El viento del mar le azotó el rostro, trayendo consigo el olor a sal y algo más… un perfume. Un aroma dulce, a vainilla y jazmín. El perfume que Elena usaba siempre.
—¡Mateo! —gritó con todas sus fuerzas, pero el estruendo de las olas rompiendo contra las rocas devoró su voz.
Se dirigió a la base del faro. La puerta de madera, que siempre estaba cerrada con una cadena pesada, estaba entreabierta. La cadena yacía en el suelo, cortada limpiamente. Ricardo entró, su corazón latiendo tan fuerte que le dolía el pecho. La oscuridad en el interior era casi total, salvo por los haces de luz que entraban por las rendijas de las ventanas superiores.
—¡Mateo, hijo! ¡Soy papá! —volvió a llamar, subiendo los escalones de caracol con desesperación.
En el tercer descanso, se detuvo en seco. Allí, sobre un pequeño saliente de piedra, estaba el helado que Rosa había mencionado. Se estaba derritiendo, formando un charco rosado que goteaba hacia el suelo. A su lado, la mochila azul de Mateo estaba perfectamente colocada, como si el niño simplemente se hubiera tomado un descanso.
—Ricardo… llegaste tarde —una voz femenina, suave pero cargada de una tristeza infinita, flotó desde lo alto del faro.
Ricardo sintió que el vello de sus brazos se erizaba. No era la voz de Elena, pero tenía la misma cadencia, el mismo tono melódico que solía calmarlo después de un día difícil. Subió los últimos escalones casi volando y emergió en la linterna del faro, la plataforma circular de vidrio que ofrecía una vista panorámica del océano.
Allí estaba ella. De espaldas, mirando hacia el mar, con el vestido de flores amarillas ondeando con la brisa que se filtraba por los cristales rotos. Mateo estaba a su lado, sosteniendo su mano. El niño parecía estar en trance, mirando el horizonte con una sonrisa serena que Ricardo no le había visto en años.
—¡Suéltalo! —rugió Ricardo, sacando su teléfono para intentar llamar de nuevo a la policía, pero no había señal en esa altura—. ¡Aléjate de mi hijo ahora mismo!
La mujer se giró lentamente. Por fin, Ricardo pudo ver su rostro bajo la luz mortecina del crepúsculo. No era un fantasma. Era una mujer de carne y hueso, de unos treinta años, pero su parecido con Elena era perturbador. Tenía los mismos ojos almendrados, la misma forma de la mandíbula. Sin embargo, en su mirada no había maldad, sino una especie de devoción febril y desquiciada.
—Él me reconoció, Ricardo —dijo ella, ignorando sus amenazas—. Los niños saben ver a través del velo. Él sabe que yo soy la única que puede cuidarlo ahora.
—¿De qué hablas? ¿Quién eres? —preguntó Ricardo, dando un paso cauteloso hacia adelante, con las manos extendidas hacia Mateo—. Mateo, ven con papá, ahora.
El pequeño Mateo miró a Ricardo y luego a la mujer. Su confusión era evidente.
—Papi, ella dice que Elena le dio permiso —susurró el niño—. Dice que Elena le dio su corazón para que ella pudiera venir a buscarnos.
Esas palabras golpearon a Ricardo como un rayo. Tras el accidente de Elena, él había cumplido con su deseo de ser donante de órganos. Su corazón había ido a una mujer joven que estaba al borde de la muerte. Durante dos años, Ricardo se había negado a conocer la identidad de los receptores, sintiendo que sería demasiado doloroso ver fragmentos de su esposa viviendo en extraños.
—¿Tú… tú eres la que recibió su corazón? —preguntó Ricardo, su voz temblando de incredulidad.
La mujer asintió, las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas.
—Me llamo Sofía. Desde el día de la operación, empecé a tener recuerdos que no eran míos. Empecé a soñar con este faro, con un niño que reía bajo un árbol de mangos, con un hombre que me prometía amor eterno en un lugar secreto. No podía dormir, Ricardo. Sentía que este corazón gritaba por su familia. El corazón de Elena me trajo aquí.
Ricardo sintió que el mundo se volvía loco. ¿Memoria celular? ¿O simplemente una obsesión nacida de la gratitud y la inestabilidad mental? Sofía se había infiltrado en su vida, había robado sus llaves en un descuido en el parque semanas atrás, había estudiado sus rutinas. Pero lo que era más aterrador era que Mateo, en su inocencia, había sentido una conexión física con el órgano que una vez latió dentro de su madre.
—Sofía, esto no está bien —dijo Ricardo, tratando de suavizar su tono para no asustarla, pues estaban a muchos metros de altura—. Entiendo que estés agradecida, pero no puedes llevarte a mi hijo. Esto es un secuestro. La policía viene en camino.
Sofía apretó la mano de Mateo, y por un segundo, Ricardo vio un destello de desesperación en sus ojos que lo hizo temer lo peor. Ella se acercó más al borde de la barandilla oxidada.
—Ella no quiere que él crezca solo, Ricardo. Ella me dice que tú estás sufriendo demasiado, que la casa está llena de sombras. Yo puedo traer la luz de vuelta. Yo tengo su ritmo, tengo su fuerza… ¡Tengo su vida latiendo en mi pecho!
—¡Mamá está aquí! —gritó Mateo, abrazando la pierna de Sofía—. ¡Papi, no la eches! ¡Huele a mamá!
Ricardo sintió que su corazón se rompía en mil pedazos. El dolor de su hijo, su necesidad de una madre, lo estaba empujando hacia una mujer que claramente había perdido el contacto con la realidad. En ese momento, las sirenas de la policía empezaron a escucharse a lo lejos, acercándose por el camino de tierra.
Sofía se tensó. Miró hacia abajo, a las rocas donde las olas estallaban con furia. Luego miró a Mateo y después a Ricardo.
—Si no podemos ser una familia en esta tierra… —comenzó a decir ella con una voz que envió un frío de tumba a la sangre de Ricardo.
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