Estás en la parte 2: la historia continúa y la tensión en el patio está a punto de estallar…
El Toro se cruzó de brazos, dejando que los tatuajes de sus bíceps se tensaran como serpientes vivas.
Miró a su alrededor, a la masa de hombres hambrientos de espectáculo, y luego volvió a fijar su vista en Mateo.
—Dices que me equivoqué de enemigo —dijo El Toro, con un tono más pausado pero no menos amenazante—. En este lugar, todos son enemigos hasta que demuestran lo contrario. ¿Por qué tú habrías de ser la excepción? ¿Qué te hace especial, aparte de esa cara de niño bueno que no ha roto un plato?
Mateo se tomó un momento para respirar.
El corazón le latía con fuerza, pero la adrenalina le estaba dando una claridad que nunca antes había sentido.
—No soy especial —comenzó Mateo—. Soy un número más en tu lista, igual que todos los demás. Pero yo sé por qué estás aquí, Toro. Todos lo saben. Estás aquí porque hiciste justicia por mano propia contra el hombre que lastimó a tu hermana.
Un murmullo recorrió el patio.
Esa era la leyenda de El Toro, la razón por la que gozaba de un respeto casi religioso.
Él no era un delincuente de carrera; era un hombre que había cruzado la línea para castigar a un monstruo que la ley se negó a tocar.
—No hables de mi familia —advirtió El Toro, y esta vez su voz tenía un filo que prometía sangre.
—No es una falta de respeto —continuó Mateo rápidamente—. Es admiración. Porque yo estoy aquí por lo mismo. O al menos, eso intenté.
El Toro frunció el ceño.
Miró de arriba abajo al joven, buscando la mentira en sus gestos.
En la prisión, todos juran ser inocentes, todos tienen una historia trágica, pero la mayoría son solo cuentos para ganar simpatía.
Sin embargo, Mateo hablaba con una sobriedad que no permitía dudas.
—¿Tú? —se burló uno de los secuaces de El Toro, un hombre delgado y con una cicatriz en la mejilla llamado “El Cuervo”—. Si tú no podrías ni matar una mosca sin pedir perdón.
Mateo ignoró al Cuervo y mantuvo su vista en el líder.
—No maté a nadie —dijo Mateo—. Pero me interpuse en el camino de alguien poderoso que estaba abusando de una mujer en mi barrio. Me dieron una paliza, me sembraron droga y me mandaron aquí para que me callara. Y ahora llego aquí, y el hombre que se supone que castiga a los abusadores, me tira la comida porque soy “el nuevo”.
El Toro guardó silencio.
Sus ojos escaneaban el rostro de Mateo, buscando cualquier rastro de debilidad.
El joven no retrocedió.
Se mantuvo firme, incluso cuando un guardia golpeó las rejas con su macana, advirtiendo que el tiempo de patio estaba por terminar.
—Si eso es cierto —dijo El Toro, bajando la voz para que solo Mateo pudiera oírlo—, entonces eres un valiente o un completo idiota. Porque aquí, a los que intentan ser héroes, se los comen vivos.
—Ya me están comiendo —respondió Mateo, señalando la comida en el suelo—. Pero no voy a dejar que tú seas el que me mastique.
El Toro soltó una carcajada seca, una que no tenía rastro de alegría.
De repente, se agachó.
El patio entero contuvo el aliento.
¿Iba a recoger la bandeja? ¿Iba a usarla como arma?
El veterano tomó la bandeja de metal y la levantó.
Miró el puré mezclado con tierra y suciedad.
Luego, miró a Mateo y, en un gesto que nadie esperaba, le extendió la bandeja.
—Si eres quien dices ser —dijo El Toro en voz alta, para que todos lo oyeran—, te comerás esto. Aquí no desperdiciamos nada. Y si te lo comes, demostrarás que tu orgullo no es más grande que tu voluntad de sobrevivir.
Fue una prueba de fuego.
Comer del suelo, frente a todos, era una humillación pública.
Pero rechazarlo era un acto de guerra.
Mateo miró la bandeja.
Sintió el asco subiendo por su garganta, pero también entendió el código oculto en las palabras del veterano.
El Toro no lo estaba humillando; lo estaba probando.
Quería ver si Mateo era solo palabras o si tenía la piel lo suficientemente dura para la vida que le esperaba.
Mateo extendió la mano y tomó la bandeja.
Sus dedos rozaron los de El Toro, y sintió la callosidad de una vida de lucha.
Con los ojos fijos en el gigante, Mateo tomó una porción de la comida contaminada y se la llevó a la boca.
El sabor era horrible, una mezcla de sal, tierra y amargura, pero lo tragó sin hacer un solo gesto de desagrado.
El patio estaba tan silencioso que se podía escuchar el viento silbando entre los alambres de púas.
—Suficiente —dijo El Toro, arrebatándole la bandeja—. Has demostrado que tienes estómago. Ahora veamos si tienes corazón.
En ese momento, un grito desgarrador rompió la tensión.
Provenía del bloque C, el área donde se encontraban los delincuentes más peligrosos y los que estaban en aislamiento.
Un grupo de hombres, liderados por un sujeto apodado “El Carnicero”, salió al patio con una actitud agresiva.
El Carnicero era el rival directo de El Toro, un hombre que no creía en códigos ni en justicia, solo en el caos y el control a través del terror.
—¡Vaya, vaya! —gritó El Carnicero, acercándose con un brillo malicioso en los ojos—. El Toro ha encontrado una nueva mascota. ¿Qué pasa, Toro? ¿Ya te volviste blando? ¿Ahora adoptas a los niños que llegan?
El Toro se puso frente a Mateo, protegiéndolo instintivamente.
—Este no es tu asunto, Carnicero —dijo El Toro con una calma letal—. Vuelve a tu rincón antes de que te rompa la otra pierna.
—Oh, creo que sí es mi asunto —replicó El Carnicero, sacando un objeto afilado y brillante de su bolsillo: una punta fabricada con el mango de una cuchara—. Me enteré de que este niño sabe demasiado sobre ciertos negocios en la calle. Negocios que me pertenecen. Me enviaron un mensaje hoy: el niño no debe pasar de la primera noche.
Mateo sintió un frío glacial recorrer su espalda.
La razón por la que estaba allí no era solo una injusticia; era una sentencia de muerte disfrazada de proceso legal.
El hombre al que se había enfrentado en el barrio tenía conexiones dentro de la prisión.
El Carnicero y sus hombres se desplegaron, rodeando a El Toro, a Mateo y al pequeño grupo de veteranos.
La situación había pasado de un desafío territorial a una batalla por la vida.
—Toro, apártate —dijo El Carnicero—. No tienes por qué morir por un desconocido. Entrégame al chico y seguiremos en paz.
El Toro miró a Mateo por encima del hombro.
El joven estaba pálido, pero sus puños estaban cerrados.
No pidió clemencia, no intentó huir.
Simplemente se preparó para lo inevitable.
—Sabes, Carnicero —dijo El Toro, volviendo su vista al frente y sacando él también una pequeña navaja oculta—, hoy este chico me dijo que yo era un abusador. Y me dolió. Porque yo odio a los abusadores.
El Toro dio un paso al frente, encarando al Carnicero.
—Y tú, Carnicero, eres el ejemplo perfecto de lo que yo vine a erradicar de este mundo. Así que, si quieres al chico, vas a tener que pasar por encima de mis tatuajes.
El patio estalló.
No fue una pelea, fue una guerra.
Gritos, golpes y el sonido del metal chocando llenaron el aire.
Mateo se vio envuelto en un torbellino de violencia.
Alguien intentó sujetarlo por detrás, pero él reaccionó con un codazo que había practicado mil veces en su mente.
Vio a El Toro pelear como una bestia, recibiendo golpes pero devolviendo el doble de daño.
Sin embargo, en medio del caos, Mateo vio algo que nadie más notó.
Uno de los hombres del Carnicero se deslizaba por el flanco, con una navaja larga dirigida directamente a la espalda desprotegida de El Toro.
—¡Toro, cuidado! —gritó Mateo.
Sin pensarlo, el joven se lanzó hacia adelante, interponiendo su propio cuerpo entre el arma y el veterano.
Sintió un dolor agudo, punzante, en su costado.
El mundo empezó a dar vueltas.
El sonido de los silbatos de los guardias y las alarmas de la prisión se volvieron distantes, como si estuvieran ocurriendo bajo el agua.
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