Sé que el nudo en la garganta te trajo hasta aquí porque no podías dejar a ese muchacho solo frente a la fiera, y ahora vas a descubrir que en la cárcel nada es lo que parece.
¿Alguna vez has sentido que el mundo entero se detiene y solo escuchas el latido de tu propio corazón retumbando en tus oídos como un tambor de guerra?
Eso era exactamente lo que Mateo sentía en ese momento.
El sonido del metal chocando contra el cemento todavía vibraba en el aire del patio.
Su bandeja de comida, el único sustento que tendría en las próximas doce horas, yacía volcada a sus pies.
La mezcla de frijoles aguados y arroz se esparcía como una mancha de suciedad sobre el suelo gris del Penal de Santa Martha.
Frente a él, la sombra de “El Alacrán” lo cubría por completo.
Jairo, un hombre que cargaba más años de prisión que Mateo de vida, lo observaba con unos ojos que parecían dos pozos de petróleo: oscuros, densos y peligrosos.
Los tatuajes en el cuello del veterano, una telaraña que subía hasta su mandíbula, subían y bajaban con su respiración pesada.
—Se te cayó la cena, niño —soltó Jairo con una voz que raspaba como lija sobre madera—.
El círculo de prisioneros se cerró de inmediato.
En la cárcel, un plato de comida en el suelo no es un accidente.
Es una declaración de guerra. Es el lenguaje que usan los depredadores para marcar a su presa antes de devorarla.
Mateo sintió el sudor frío resbalando por su nuca.
Sus manos, blancas y sin callos, temblaron apenas un milímetro, pero él las cerró en puños ocultándolas tras su espalda.
Podía sentir la mirada de los cientos de hombres que poblaban el patio, hombres que habían perdido su humanidad hace mucho tiempo y que ahora esperaban ver sangre.
—No se me cayó —respondió Mateo, y su voz, aunque joven, sonó con una firmeza que hizo que un murmullo recorriera la multitud—.
—¿Ah, no? —Jairo dio un paso adelante, invadiendo el espacio personal del joven hasta que sus pechos casi se tocaban—.
El olor a tabaco barato y a encierro que emanaba del veterano era asfixiante.
—Tú me la tiraste —continuó Mateo, sosteniendo la mirada del gigante—. Y ahora vas a pedirme disculpas.
Un silencio sepulcral cayó sobre el patio.
Ni siquiera el sonido de las torres de vigilancia o el eco lejano de las sirenas se atrevió a interrumpir ese instante.
Pedirle disculpas a El Alacrán era como pedirle clemencia a un huracán.
Jairo soltó una carcajada seca, una risa que no llegaba a sus ojos, los cuales permanecían analizando cada poro de la piel del novato.
—Eres valiente, mocoso. O eres muy estúpido —dijo Jairo, bajando la voz hasta convertirla en un susurro letal—. Aquí los que se creen valientes terminan en la enfermería… o en una bolsa negra.
Mateo no retrocedió ni un centímetro.
En su mente, recordaba las palabras de su abuelo antes de que todo este infierno comenzara: “El miedo es un perro; si siente que corres, te muerde. Si te quedas quieto, te respeta”.
Pero Mateo sabía algo que los demás ignoraban.
Había estado observando a Jairo desde que cruzó las puertas de hierro del penal tres días atrás.
Había visto cómo el veterano no abusaba de los débiles por placer, sino que mantenía un orden extraño en ese caos.
—Sé por qué lo haces —dijo Mateo, tan bajo que solo Jairo pudo escucharlo—.
El Alacrán entrecerró los ojos, y por primera vez, una chispa de algo parecido a la curiosidad cruzó su rostro curtido por las cicatrices.
—Crees que estás probándome —siguió el joven—. Crees que si me quiebro ahora, no sobreviviré a los que vienen después. A los que de verdad son malos.
Jairo arqueó una ceja, su mano derecha bajando lentamente hacia su cintura, donde todos sabían que escondía un “punta” de acero afilada en las piedras del muro.
—Te crees muy listo, ¿verdad? —gruñó el veterano—. Crees que puedes leer lo que hay en mi cabeza.
—Leo lo que hay en tus acciones —respondió Mateo sin parpadear—. Te dicen el Alacrán, pero en este lugar, eres el único que todavía tiene un código.
La tensión alcanzó un punto de ebullición.
Los guardias, desde las alturas, ya tenían sus manos en las escopetas de balas de goma, esperando el primer golpe.
El círculo de presos se tensó como una cuerda a punto de romperse.
Jairo estiró su mano y agarró a Mateo por el cuello de la camisa naranja.
Lo levantó casi en vilo, obligándolo a ponerse de puntillas.
—Tu código no te va a servir de nada cuando te corte la lengua —amenazó Jairo, acercando su rostro al del chico—.
Pero fue entonces cuando Mateo hizo algo que nadie esperaba.
En lugar de forcejear o suplicar, puso su mano sobre el brazo tatuado de Jairo.
No fue un golpe, fue un gesto de una serenidad aterradora.
—Si vas a hacerlo, hazlo ya —dijo Mateo con una calma que helaba la sangre—. Pero si me dejas vivir, vas a necesitar a alguien como yo para lo que se viene en el Pabellón B.
Jairo se quedó petrificado.
Ese muchacho, que no pesaba ni setenta kilos y que olía a jabón de hotel, acababa de mencionar el Pabellón B, el lugar donde se escondían los verdaderos monstruos, aquellos a quienes incluso los veteranos temían.
La mano de Jairo empezó a temblar levemente, no de miedo, sino de una comprensión súbita.
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