Estás en la parte 2: la historia continúa y la tensión alcanza su punto máximo…
Doña Elena sostuvo el cuaderno contra su pecho un momento, como si estuviera despidiéndose de un viejo amigo. Valeria, impaciente, chasqueó los dedos. El aire en la cocina se sentía pesado, cargado con el olor del traidor y el sudor de la injusticia. Los supuestos inspectores, que en realidad eran abogados a sueldo de un bufete de dudosa reputación, empezaron a sacar sellos y cintas amarillas de sus maletines para darle más realismo al teatro.
—¿Ricardo sabe esto? —preguntó Doña Elena con voz suave, refiriéndose a su hijo.
—Ricardo sabe lo que yo le digo que es mejor para él —respondió Valeria con una frialdad que helaba la sangre—. Él está cansado de ser el hijo de “la tamalera”. Quiere ser el dueño de una corporación. Así que no esperes que venga a rescatarte. Él ya firmó su parte del acuerdo.
Ese fue el golpe más bajo. Saber que su propio hijo, aquel por quien se había quemado las manos miles de veces, se había dejado endulzar el oído por la ambición de su esposa. Doña Elena sintió una punzada en el corazón, pero no de debilidad, sino de una claridad absoluta. Si la lealtad ya no existía en su mesa, entonces las reglas del juego habían cambiado para siempre.
—Está bien —dijo Elena, dejando el cuaderno sobre la mesa—. Si tanto quieres mi negocio, quédatelo. Pero hay algo que debes saber sobre esta receta. No está completa en el cuaderno. El último paso, el que hace que la masa no se seque y el sabor perdure, se transmite solo de palabra.
Valeria se inclinó hacia adelante, casi tropezando con sus propios tacones. La avaricia la estaba consumiendo.
—Dímelo. Dímelo y firmamos esto ahora mismo. Te daré una pensión vitalicia, te lo prometo.
Elena se acercó al oído de su nuera. Los abogados retrocedieron un poco, respetando ese momento de “transmisión de poder”. Elena susurró unas palabras que hicieron que Valeria abriera los ojos de par en par. Eran instrucciones técnicas sobre la temperatura del agua y el reposo de las hojas. Valeria anotó todo febrilmente en su teléfono.
—¡Perfecto! —exclamó la joven—. Ahora, firma aquí, aquí y aquí.
Doña Elena tomó la pluma y, con una letra firme y elegante, plasmó su firma en los documentos que le entregaban la propiedad y la marca a una sociedad anónima controlada por Valeria. En cuanto terminó, la nuera le arrebató el papel y el cuaderno de hule negro con un movimiento brusco.
—Ahora, Elena, tienes una hora para recoger tus cosas personales. Este lugar entra en remodelación mañana mismo. Y no te molestes en buscar a Ricardo, nos vamos de vacaciones a celebrar el inicio de nuestra nueva vida.
Doña Elena no lloró. No gritó. Se limitó a tomar su bolso, su viejo rebozo y una pequeña caja de madera donde guardaba las fotos de su esposo. Caminó hacia la salida con una dignidad que hacía que Valeria se viera pequeña a pesar de su ropa cara. Al llegar a la puerta, Elena se detuvo y miró a los dos abogados.
—Espero que les hayan pagado bien por este teatro, muchachos. Porque lo van a necesitar —dijo con una sonrisa enigmática.
Valeria se quedó en medio de la cocina, rodeada de vaporeras, sintiéndose la reina del mundo. No sabía que afuera, en la calle, un coche negro de lujo esperaba a Doña Elena. Ni tampoco sospechaba que, mientras ella planeaba cómo vender tamales congelados en los supermercados, el verdadero movimiento maestro ya se había ejecutado meses atrás.
Durante las siguientes dos semanas, Valeria intentó replicar la receta. Contrató cocineros industriales, compró los mejores ingredientes, siguió las notas del cuaderno y las instrucciones que Elena le susurró. Pero algo andaba mal. Los tamales salían insípidos, la masa se deshacía, el sabor que había hecho famosa a la marca simplemente no estaba ahí. Los clientes empezaron a quejarse. Las tiendas que habían firmado contratos de preventa empezaron a cancelar.
Desesperada, Valeria llamó a Ricardo, quien estaba más preocupado por el saldo de sus tarjetas de crédito que por el negocio.
—¡Tu madre me engañó! —gritaba Valeria por el teléfono—. ¡Esta receta no funciona! ¡Nos estamos hundiendo y el banco ya está llamando por el préstamo que pedí para la remodelación!
Valeria decidió ir a buscar a Doña Elena a la pequeña casa donde supuestamente se estaba quedando. Necesitaba obligarla a decirle la verdad. Pero cuando llegó a la dirección, se encontró con una sorpresa. No era una casita humilde. Era el edificio de departamentos de lujo donde ella y Ricardo vivían, uno de los más caros de la ciudad.
En la entrada, el portero le impidió el paso.
—Lo siento, señora Valeria. Sus llaves han sido desactivadas por orden de la nueva administración del edificio.
—¿De qué hablas, estúpido? ¡Yo soy dueña de mi departamento! —chilló Valeria.
—En realidad, el edificio entero fue vendido hace tres días —explicó el portero con una calma profesional—. Y la nueva dueña ha solicitado el desalojo inmediato de su unidad por falta de pago de las cuotas de mantenimiento y por una cláusula de conducta inapropiada. Sus cosas ya están siendo empacadas.
Valeria sintió que el mundo giraba. ¿Quién podía comprar un edificio de veinte pisos de la noche a la mañana? En ese momento, un auto elegante se detuvo frente a la entrada. El chofer abrió la puerta trasera y de él descendió Doña Elena, vestida con un traje sastre de seda que la hacía ver como la mujer más poderosa del país.
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