«¿Quién se cree esta mujer para tocarme de esa manera?», fue lo primero que cruzó por la mente de Roberto mientras sentía aquellos dedos huesudos y temblorosos cerrarse sobre su antepasado. El traje de seda italiana, que le había costado más de tres mil dólares, se arrugaba bajo la presión de una mano que lucía sucia, maltratada por los años y el frío. Roberto Castillo no era un hombre que aceptara interrupciones, y mucho menos de alguien que parecía haber salido de las sombras más olvidadas de la ciudad.
Él tenía un imperio que dirigir, una junta directiva que lo esperaba en Nueva York y un ego que no cabía en la sala VIP del aeropuerto. Estaba acostumbrado a que la gente se apartara a su paso, a que los empleados bajaran la mirada y a que el mundo girara al ritmo de sus pasos rápidos y decididos. Pero esa anciana, con su abrigo raído y su cabello gris desordenado, no parecía intimidada por su mirada de fuego ni por su evidente desprecio.
—Suélteme ahora mismo, señora —gruñó Roberto, intentando zafarse con un movimiento brusco que casi hace que la mujer perdiera el equilibrio.
Pero ella no lo soltó. Al contrario, se aferró con una fuerza sobrenatural, una fuerza que no provenía de sus músculos, sino de una desesperación que emanaba de sus ojos inyectados en sangre. Roberto se detuvo en seco, no por respeto, sino por la pura sorpresa de ver tanto dolor concentrado en un solo rostro. La anciana estaba temblando, pero sus pies estaban clavados en el suelo de granito del aeropuerto como si fueran raíces de un roble centenario.
—No subas, hijo… Por lo que más quieras en este mundo, no cruces esa puerta —le suplicó ella, con una voz que era apenas un susurro quebrado por el llanto.
Roberto soltó una carcajada seca y amarga, una que hizo que varios pasajeros que caminaban cerca se detuvieran a observar la escena. Él miró su reloj de pulsera, un cronómetro de precisión suiza que marcaba que faltaban exactamente diez minutos para que cerraran la puerta del vuelo 402.
—Mire, no sé qué clase de juego está jugando o si se escapó de algún hospital, pero no tengo tiempo para esto. Mi vuelo sale en minutos y cada segundo de mi tiempo vale más de lo que usted ha visto en toda su vida —le espetó con una crueldad que habría hecho llorar a cualquiera.
Sin embargo, la mujer no retrocedió. Las lágrimas comenzaron a surcar sus mejillas arrugadas, dejando rastros brillantes sobre su piel curtida. Ella negó con la cabeza frenéticamente, y por un instante, el ruido ambiental del aeropuerto —los anuncios por altavoz, el rodar de las maletas, el murmullo de cientos de personas— pareció desvanecerse para Roberto. Solo existían ellos dos en medio de aquel pasillo inmenso.
—Si te subes a ese avión, morirás —dijo ella, esta vez con una firmeza que heló la sangre del ejecutivo—. Lo he visto. He visto el fuego, he visto el metal retorcido y he visto tu rostro vacío de vida. No es una petición, Roberto, es un aviso de Dios.
El hecho de que ella supiera su nombre fue como un golpe físico en el pecho de Roberto. Se quedó gélido. Él no llevaba ninguna identificación a la vista, su pase de abordar estaba guardado en el bolsillo interior de su saco y no había forma humana de que aquella desconocida supiera quién era él. La arrogancia comenzó a dejar paso a un sentimiento mucho más primitivo y oscuro: el miedo.
—¿Cómo sabe mi nombre? —preguntó él, su voz perdiendo la fuerza de hace un momento—. ¿Quién es usted? ¿Me está siguiendo? ¿Es esto una broma de mis competidores?
La anciana cerró los ojos con fuerza, como si estuviera viendo imágenes que le causaban un dolor insoportable. Sus labios temblaban mientras murmuraba palabras ininteligibles, una especie de rezo o de lamento que no terminaba de formarse. Roberto miró hacia la puerta de embarque. La fila de pasajeros ya era casi inexistente. El personal de la aerolínea estaba haciendo el último llamado.
—¡Señor Castillo! —gritó una de las azafatas desde la puerta—. ¡Último llamado para el vuelo 402 con destino a Nueva York! ¡Estamos por cerrar la puerta!
Roberto sintió un tirón en su interior. Su cerebro lógico, entrenado en finanzas y estrategias de mercado, le decía que debía correr, que esto era una locura, una coincidencia estadística o el truco de una mujer desquiciada. Pero sus pies no se movían. La mano de la anciana seguía allí, y aunque ya no apretaba con fuerza, el peso de su advertencia se sentía como si tuviera una montaña sobre los hombros.
—Por favor… —susurró la mujer una vez más, abriendo los ojos—. Tengo un hijo que se ve como tú. Con la misma mirada dura, con el mismo corazón de piedra. Pero él no me escuchó. Él se subió a un vuelo hace veinte años y nunca regresó. No dejes que la historia se repita. No hoy.
Roberto miró a la anciana y luego a la puerta de abordaje. El sudor frío comenzó a perlar su frente. La seguridad que lo había acompañado durante toda su carrera profesional se estaba desmoronando como un castillo de naipes. En ese momento, la azafata puso su mano sobre la manija de la puerta pesada del túnel de acceso.
—¿Señor? ¿Va a abordar? —preguntó la empleada con impaciencia.
La anciana cayó de rodillas frente a él, sollozando sin consuelo, aferrada ahora a sus pantalones. Los pasajeros que pasaban alrededor murmuraban, algunos grababan con sus teléfonos, otros simplemente se alejaban con incomodidad. Roberto se sintió atrapado entre dos mundos: el mundo del éxito material que lo esperaba al otro lado de las nubes, y el mundo del misterio y la muerte que esta mujer le estaba poniendo en frente.
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