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Secretos

El Escándalo en la Fiesta: El Secreto que el Sirviente Descubrió en sus Brazos

6 min de lectura
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Continuamos justo donde la escena quedó suspendida: con el carruaje alejándose y las sombras de la noche comenzando a caer.

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La Noche en el Cruce del Río

El sol desapareció detrás de las montañas como si él también quisiera esconderse de lo que estaba por venir. Gabriel sabía que tenían pocas horas de ventaja antes de que los hombres de Don Ricardo salieran en su búsqueda.

El camino rural se estrechaba más allá del cruce del río, donde las ramas de los árboles se entrelazaban formando un túnel oscuro que rara vez usaban los viajeros. Allí, nadie los encontraría si sabían dónde esconderse.

—¿Él irá tras nosotros? —preguntó Sofía desde la parte trasera del carruaje, con la voz aún temblorosa.

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Gabriel asintió, aunque ella no podía verlo.

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—Su orgullo no le permitirá aceptar esto. Y menos con todos esos invitados mirando.

—No entiendo… —murmuró Sofía, y su voz se quebró—. No entiendo por qué me hizo esto. Yo soy su hija.

Gabriel apretó las riendas, sintiendo la madera astillada del pescante bajo sus dedos.

—Porque para hombres como tu padre, las personas son piezas en un tablero. Nada más.

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Silencio.

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El carruaje avanzó unos minutos más antes de que Sofía hablara de nuevo.

—¿Y tú? ¿Por qué me ayudaste?

La pregunta flotó en el aire con la fuerza de un puñetazo. Gabriel se quedó mudo por un momento. Podía haber dado cualquier respuesta: porque era lo correcto, porque no podía soportar ver injusticia, porque era su trabajo. Pero esa no era la verdad completa.

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—Porque te vi —dijo finalmente—. Vi que no estabas paralizada. Y comprendí que eras prisionera.

—Podrías haberte hecho el tonto. Haber hecho lo que todos hacen: ignorarme.

—No quiero ser como todos.

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Sofía sintió un nudo en la garganta. Llevaba años rodeada de personas que la veían y no la veían a la vez. Paredes de cristal. El salón se llenaba de gente que hablaba de ella, pero nadie le hablaba a ella. Era un fantasma que ocupaba una silla de ruedas.

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Y entonces, apareció un sirviente con manos callosas y corazón grande que la levantó sin pedir nada a cambio.

Algo comenzó a florecer en el pecho de Sofía. Pero también algo de miedo, porque lo que florece puede ser arrancado de raíz.

—Detente —pidió ella de repente.

Gabriel frenó al caballo.

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—¿Qué sucede?

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—Tengo algo que confesarte.

Sofía sacó el papel que había ocultado en su vestido. El mismo que Gabriel había pisado antes de salir de la hacienda. Lo había recuperado mientras subía al carruaje, en un instante cuando el sirviente estaba distraído con las mantas.

—Era para mi tía Leticia —dijo—. Es la única persona en el mundo que me quiere sin intereses. Vive en la ciudad de San Ignacio, a tres días de viaje desde aquí. Yo… esperaba conseguir llegar hasta ella. Pero no tengo idea de cómo.

Gabriel tomó el papel y lo leyó. La tinta estaba ligeramente corrida por las lágrimas que habían caído sobre él mientras lo escribía, pero las letras aún eran legibles:

“Tía, no soy la misma. Has sido mi única luz en esta casa de sombras. Rezo para que algún día pueda huir y encontrar refugio en tu hogar. Quizás me recuerdes cuando era niña, cuando corría por sus jardines. Si alguien escucho esta carta, que Dios le bendiga.”

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—Parece que tu tía es una buena mujer —dijo Gabriel.

—Es lo único que tengo.

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Gabriel dobló la carta con cuidado y se la devolvió. Al hacerlo, sus dedos rozaron los de Sofía, y ese simple contacto hizo que ambos sintieran una corriente extraña, eléctrica, poderosa.

—Entonces vamos a San Ignacio —decidió él, sin dudar—. Esos tres días de viaje serán solo el comienzo.

—¿Por qué haces esto? —insistió Sofía.

Gabriel sostuvo su mirada. Y por primera vez en su vida, se sintió capaz de decir la verdad sin miedo.

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—Porque el mundo te ha dado demasiadas espaldas y muy pocos abrazos. Y yo… sé cómo se siente eso.

El carruaje reanudó su marcha con paco trotando con paso firme a pesar del peso de la noche. No se dijeron nada más durante un largo rato, pero el silencio ya no era incómodo. Era un silencio compartido, donde las palabras apenas hacían falta.

Las horas comenzaron a tejer historias que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.

Pero entonces, apenas media hora más tarde, un sonido los hizo estremecer.

Caballos. Muchos caballos. A lo lejos.

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Gabriel se giró, y el miedo se le hundió como un puñal en el pecho.

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—Nos encontraron —dijo Sofía, y su voz sonó tan pequeña y tan quebrantada que él sintió que alguien le apretaba el corazón.

Se miraron a los ojos en busca de una salida. En frente, el río bravío que debían cruzar. Detrás, la polvareda de los jinetes acercándose.

—¿Sabes nadar? —preguntó Gabriel.

—¿Qué?

—En el carruaje no podremos huir de caballos al galope. Tendremos que cruzar el río.

—Es peligroso —dijo Sofía.

—Y todo lo demás también lo es.

Hablaba con no más de diez segundos de ventaja. El ruido de los cascos se acercaba, amortiguado por la distancia pero devastadoramente inevitable.

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Gabriel saltó del carruaje y ayudó a Sofía a bajar. Le tomó la mano. La suya estaba helada por el miedo, pero él la apretó con firmeza.

—No me sueltes —susurró.

—No lo haré —respondió él.

—Ni aunque los caballos nos alcancen.

—No lo haré.

Y en ese instante, con el río rugiendo frente a ellos y la muerte llamando desde atrás, Gabriel y Sofía se lanzaron a las aguas heladas. El frío les cortó la respiración. La corriente los golpeó, pero Gabriel la cubrió con su cuerpo, rogando a Dios que las piedras no los golpearan.

En medio del agua, el ruido del río se mezclaba con los gritos de los hombres que llegaban en galope a la orilla.

—¡Allí están! —gritó una voz.

—¡No importa —respondió otro hombre, más cercano—. No cruzarán vivos la otra orilla!

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Gabriel apretó con más fuerza la mano de Sofía en la oscuridad del agua. Y los dejó hundirse juntos, confiando que los secretos del río no les fallaran.

La noche se estiró frente a ellos como una bestia hambrienta.

¿Lograrían cruzar a tiempo? ¿O el destino les tenía reservado un golpe aún más cruel?

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