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Traición

El eco del silencio en la mansión de los espejos rotos

6 min de lectura
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Estás en la parte 2: la historia continúa…

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Alejandro entró en la casa con el maletín en la mano y el cansancio marcado en las ojeras, pero se detuvo en seco al ver la escena. Su esposa, Patricia, estaba inclinada sobre Elena, quien permanecía encogida en el suelo, sosteniéndose el brazo con un gesto de agonía pura. El silencio que siguió fue denso, cargado de una electricidad estática que presagiaba una tormenta. Alejandro soltó el maletín, que cayó al suelo con un golpe seco, y corrió hacia ellas.

—¿Pero qué ha pasado aquí? —exclamó Alejandro, arrodillándose junto a Elena—. ¡Elena! No te muevas, por Dios. Estás sangrando.

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—¡Ay, Alejandro, llegas en el momento justo! —la voz de Patricia cambió instantáneamente. De la frialdad absoluta pasó a un tono de preocupación fingida que erizó la piel de Elena—. Ha sido horrible. Estaba yo aquí arriba y de pronto escuché un grito. Elena venía bajando con unos trapos y, no sé cómo, perdió el equilibrio. Se rodó por todos los escalones. ¡Le he dicho mil veces que tenga cuidado con esos zapatos de suela lisa!

Elena escuchaba la mentira fluir de los labios de su jefa con una naturalidad aterradora. Patricia incluso se llevó una mano al pecho, fingiendo una agitación que no sentía. Era una actuación digna de un premio, una máscara de empatía que ocultaba al monstruo que, segundos antes, la había empujado con desprecio.

—¿Elena? ¿Puedes hablar? —preguntó Alejandro, colocando una mano suave en el hombro de la mujer.

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Elena intentó abrir la boca, pero una mirada gélida de Patricia, lanzada por encima del hombro de su marido, la silenció. Era una advertencia clara: “Si hablas, estás muerta profesionalmente”. Elena miró a Alejandro, un hombre que siempre la había tratado con respeto, un contraste total con la arrogancia de su esposa. Por un momento, sintió el impulso de contarle la verdad, de gritar que su esposa era una mujer violenta. Pero las palabras de Patricia sobre su posición y su poder resonaban en su cabeza.

—Yo… yo… —balbuceó Elena, mientras el dolor en su hombro se volvía un latido insoportable—. Me resbalé, señor Alejandro. Los escalones estaban… estaban resbalosos.

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Patricia dejó escapar un suspiro de alivio fingido, una exhalación que para Elena sonó a triunfo.

—¿Ves, cariño? —dijo Patricia, acercándose para poner una mano sobre el hombro de Alejandro—. Es una descuidada. Ya le he dicho que si no puede con el trabajo, debería decírnoslo. Ahora mira esto, el escándalo, la sangre en el piso… voy a tener que llamar a alguien para que desinfecte todo esto. Elena, de verdad, qué falta de consideración la tuya.

Alejandro no respondió de inmediato. Se quedó mirando fijamente a Elena, y luego levantó la vista hacia los escalones. Había algo en la disposición de los trapos en la escalera, algo en la forma en que Elena estaba caída, que no terminaba de encajar en su mente. Él conocía a su esposa, conocía su temperamento volátil y su impaciencia, aunque nunca la había imaginado capaz de algo así. O quizás, simplemente se negaba a creerlo hasta ese momento.

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—Patricia, llama a una ambulancia —dijo Alejandro con voz plana.

—¿Una ambulancia? —Patricia soltó una risita nerviosa—. No exageres, Alejandro. Seguramente es solo un golpe. Que se tome un analgésico y se vaya a su casa a descansar el fin de semana. No hace falta armar un circo por un tropezón de la empleada.

—He dicho que llames a una ambulancia ahora mismo —repitió Alejandro, esta vez con una firmeza que hizo que Patricia retrocediera un paso—. Está herida. Podría tener una fractura interna o algo peor.

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—¡No voy a meter a paramédicos en mi casa por esto! —estalló Patricia, perdiendo un poco la compostura—. ¡Es su culpa por ser una torpe! ¡Y ahora tú te pones de su lado! Ella solo quiere llamar la atención para que no la despida por su incompetencia. ¡Mírala! ¡Miente, Alejandro! ¡Te está mintiendo con su cara de lástima!

Elena empezó a sollozar, no solo por el dolor, sino por la humillación de ser tratada como un estorbo en medio de la discusión de sus patrones. Se sentía pequeña, invisible, un desecho en una casa de lujo. Intentó levantarse de nuevo, queriendo desaparecer, queriendo huir de esa mansión que se había convertido en una cárcel de mármol.

—¡Señora, por favor, yo solo quería ir a ver a mi hijo! —gritó Elena de repente, el dolor y la injusticia rompiendo su muro de silencio—. ¡Usted me empujó porque no quería que me fuera! ¡Usted sabe que no me caí sola!

El silencio que siguió a esa declaración fue absoluto. Patricia se quedó paralizada, con los ojos abiertos de par en par, mientras una mancha roja de ira comenzaba a subir por su cuello. Alejandro se puso de pie lentamente, mirando a su esposa con una expresión que ella nunca le había visto: una mezcla de decepción profunda y una claridad fría.

—¿Qué acabas de decir, Elena? —preguntó Alejandro en un susurro.

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—¡Miente! —chilló Patricia, lanzándose hacia adelante como si quisiera abalanzarse sobre Elena—. ¡Es una mentirosa muerta de hambre! ¡Alejandro, no le creas! ¡Está tratando de extorsionarnos! ¡Quiere dinero, es lo único que buscan estas personas! ¡Te juro por mi vida que ella se tiró para culparme!

Patricia comenzó a caminar de un lado a otro, gesticulando salvajemente, construyendo una narrativa de engaño y traición por parte de Elena. Se inventó diálogos, se inventó amenazas que Elena supuestamente le había hecho. Era un torrente de palabras diseñado para confundir, para sembrar la duda, para proteger su preciada reputación a toda costa.

—¡Lárgate de mi casa ahora mismo! —le gritó Patricia a Elena—. ¡Estás despedida! ¡No quiero volver a ver tu cara aquí! ¡Y agradece que no llamo a la policía para que te encierren por intento de extorsión!

Elena, temblando, trató de recoger sus cosas con su mano sana. Se sentía derrotada. El poder de Patricia era demasiado grande. ¿Quién le creería a ella? Alejandro miraba a su esposa, que seguía gritando improperios, y luego miró hacia el techo, específicamente hacia una pequeña moldura decorativa en la esquina del gran salón.

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—Cállate, Patricia —dijo Alejandro. No gritó, pero su voz cortó el aire como un cuchillo.

—¿Qué me calle? ¡Alejandro, defiendeme! ¡Soy tu esposa!

Alejandro metió la mano en su bolsillo y sacó su teléfono celular. Sus dedos se movieron con rapidez sobre la pantalla mientras Patricia seguía despotricando sobre la lealtad y las clases sociales. Elena ya estaba cerca de la puerta, arrastrando su dolor, resignada a que su vida acababa de ser destruida por un capricho de una mujer poderosa.

—¿Sabes qué instalé la semana pasada mientras estabas de viaje en Miami, Patricia? —preguntó Alejandro, girando el teléfono para que ella pudiera ver la pantalla.

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Patricia se detuvo en seco. Sus ojos se fijaron en la imagen que se reproducía en el dispositivo. Elena también se detuvo, dándose la vuelta con dificultad. El aire en la habitación pareció desaparecer de golpe.

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