Continuamos con la historia justo en el momento en que la mentira de Patricia empieza a tejer su red…
La ambulancia llegó veinte minutos después, un tiempo que para Elena se sintió como una eternidad de agonía. Durante todo ese rato, Patricia no se despegó del lado de su esposo, manteniendo un papel de “esposa abnegada y preocupada” que rozaba la perfección.
—Pobrecita, siempre le dije que esos zapatos no eran seguros para las escaleras de mármol —decía Patricia mientras los paramédicos subían a Elena a la camilla—. Ricardo, estoy tan alterada… el susto de verla caer casi me hace desmayar a mí también.
Ricardo no decía mucho. Observaba cómo los paramédicos inmovilizaban el cuello de Elena. Ella no decía nada, solo miraba al techo con los ojos vacíos, perdida en el terror de saber que, si decía la verdad, lo perdería todo, y si callaba, su alma se rompería para siempre.
—¿Elena, puedes oírme? —preguntó uno de los médicos—. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Te mareaste?
Patricia dio un paso adelante, apretando la mano de Ricardo. Sus ojos estaban fijos en Elena, una advertencia silenciosa que gritaba: “Acuérdate de tu hijo”.
—Yo… yo… —balbuceó Elena, mirando por un segundo a Rosa, que estaba en un rincón con los ojos rojos de llorar—. Me tropecé. Fue… fue un accidente.
Patricia soltó un suspiro de alivio fingido que sonó como un silbido de serpiente.
—Ya ves, amor —le dijo a Ricardo—, ella misma lo dice. Es una lástima. Por supuesto, nos haremos cargo de todos los gastos médicos, faltaba más. Somos gente de bien.
Ricardo asintió lentamente, pero había algo en su mirada que Patricia no lograba descifrar. Él no era un hombre tonto; había construido un imperio financiero detectando mentiras en mesas de negociación, y aunque amaba a su esposa, siempre había sabido que tenía un temperamento volátil. Sin embargo, ¿llegar al punto de empujar a alguien? Eso parecía sacado de una película de terror.
Una vez que la ambulancia se llevó a Elena, la casa recuperó un silencio sepulcral, pero la atmósfera seguía cargada de una electricidad pesada. Patricia se sirvió una copa de vino tinto, sus manos ya no temblaban. Se sentía victoriosa. Había controlado la situación, su esposo le creía y la empleada estaba fuera del camino, al menos por un tiempo.
—Deberías ir a descansar, Patricia —dijo Ricardo, parado junto a la gran ventana del salón, mirando hacia el jardín oscuro—. Ha sido un golpe muy fuerte para ti también.
—Tienes razón, cariño. Siento que tengo los nervios destrozados —respondió ella, acercándose para darle un beso en la mejilla—. ¿No vienes a la cama?
—En un momento. Quiero revisar unos correos pendientes y asegurarme de que la casa quede bien cerrada. Rosa, puedes irte a tu habitación, yo me encargo de apagar las luces.
Patricia subió las escaleras con paso ligero, el mismo mármol donde Elena casi pierde la vida ahora servía de pedestal para su arrogancia. Al llegar a su habitación, se miró al espejo y se regaló una sonrisa. “Eres brillante”, se dijo a sí misma.
Abajo, Ricardo esperó a que el sonido de la puerta de la habitación principal se cerrara. En cuanto se hizo el silencio, se dirigió a su despacho. No encendió la luz principal, solo la pequeña lámpara de su escritorio de caoba.
Su corazón latía con fuerza. Durante la cena, semanas atrás, Patricia se había quejado amargamente de Elena. “Esa mujer me mira con resentimiento”, “Esa mujer cree que es mi igual”, “Algún día le voy a enseñar cuál es su lugar”. En ese momento, Ricardo pensó que eran solo exageraciones de una mujer caprichosa, pero hoy, al ver la mirada de terror puro en los ojos de Elena, algo se rompió dentro de él.
Abrió su computadora portátil y entró en una aplicación protegida por contraseña.
Hace seis meses, tras una serie de robos en la zona, Ricardo había instalado un sistema de seguridad de última generación. Pero no eran las cámaras visibles que daban al jardín o a la entrada. Eran cámaras diminutas, casi invisibles, ocultas en objetos de decoración y molduras de las paredes. Patricia odiaba la idea de sentirse “vigilada”, así que él le había dicho que solo funcionaban las del exterior.
Le mintió.
Con los dedos temblorosos, Ricardo buscó la grabación del vestíbulo principal. Ajustó la hora: 18:45.
En la pantalla, apareció la imagen en alta definición. Elena estaba de pie, sosteniendo su delantal, hablando con respeto. Patricia apareció en el cuadro. Se veía la discusión, se veía cómo Patricia se iba transformando, cómo su rostro se desfiguraba por el odio.
Ricardo contuvo el aliento. Vio el momento exacto en que Elena intentó dar media vuelta para retirarse y evitar el conflicto. Vio cómo Patricia estiraba los brazos con una fuerza brutal. Vio el cuerpo de Elena volar por los aires y el impacto violento contra el suelo.
Y lo peor: vio a su esposa quedarse allí arriba, mirando hacia abajo con una sonrisa gélida antes de acomodarse el brazalete.
El hombre sintió náuseas. La mujer con la que compartía su cama, la mujer que decía ser el pilar de su vida, era un monstruo.
De repente, la puerta del despacho se abrió lentamente.
—¿Ricardo? ¿Qué haces a oscuras? —la voz de Patricia era melosa, pero tenía un filo de sospecha.
Él cerró la computadora de un golpe seco, pero no fue lo suficientemente rápido para ocultar el brillo de la pantalla en sus ojos humedecidos por la rabia.
—Estaba… pensando en Elena —dijo él, tratando de que su voz no temblara—. Me preocupa que algo no cuadre en su historia.
Patricia entró en la habitación, caminando con esa seguridad que ahora a él le resultaba repulsiva. Se sentó en el borde del escritorio, cruzando sus piernas largas.
—Ay, Ricardo, ya te lo dije. Es una mujer torpe. Además, ¿por qué dudarías de mi palabra? Soy tu esposa. Esa mujer solo es… servicio. Su palabra no vale nada contra la mía.
—Tienes razón —dijo Ricardo, levantándose y caminando hacia la pared donde colgaba un cuadro moderno, un regalo que Patricia misma había elegido—. Su palabra no vale nada. Pero, ¿y si hubiera algo más? Algo que no miente, algo que no tiene miedo, algo que simplemente… observa.
Patricia frunció el ceño, su máscara de perfección empezando a agrietarse.
—¿De qué estás hablando, Ricardo? Estás actuando muy raro.
Él se giró lentamente, mirándola fijamente a los ojos, con una frialdad que ella nunca le había visto.
—Hablo de que este cuadro no es solo arte, Patricia. Y de que la verdad no siempre se queda tirada al fondo de una escalera.
Descubre el desenlace final tocando el botón siguiente 👇




