Estás en la parte 2: la historia continúa por donde la dejamos.
—Se me olvidaba algo más —dijo Jorge, devolviéndose con una media sonrisa que ya le brillaba en los ojos.
Andrea apretó los dedos alrededor del filo de la mesa, como buscando un ancla en medio de la tormenta.
—¿Qué más quiere de mí? —preguntó, con la voz quebrada, casi suplicando—. Ya me humilló. Ya me sacó en cara quién es usted. ¿Qué más necesita para sentirse satisfecho?
Jorge separó las manos en un gesto de paz.
—No vine aquí a humillarla, Andrea. Lo juro por lo más sagrado. Yo vine porque el personal me alertó de una situación incómoda. Y créame que si yo fuera rencoroso, le habría pedido al gerente que le cancelara la membresía de este lugar. Pero no. No voy a hacer eso.
Andrea entrecerró los ojos, confundida. ¿Qué clase de juego era ese? ¿Mostrarle poder y luego soltarla con un perdón?
—Lo que quiero decirle es esto —continuó Jorge—. Hay dos formas de moverse por el mundo: la que usamos cuando creemos que el precio de las cosas nos hace superiores a los demás, y la que usamos cuando entendemos que la plata es solo una herramienta. Usted eligió la primera y la usó con la persona equivocada. Pero yo no soy nadie para juzgarla. No me pagan por eso.
Le guiñó un ojo y dejó una tarjeta de presentación sobre la mesa, con su nombre impreso en dorado:
JORGE CASTELLANOS — GRUPO GASTRONÓMICO LA ESTANCIA — PROPIETARIO
—Si alguna vez quiere volver, será bienvenida —agregó—. Pero si vuelve con esa actitud, no va a disfrutar de una buena cena, y eso me daría mucha pena porque la comida de aquí es excelente. Chef Roberto se esmera cada noche. No haga que su talento se desperdicie en una mesa donde la gente solo sabe criticar.
Andrea miró la tarjeta. Miró a Jorge. Miró su plato, donde un solomillo ya frío se veía deslucido. Y sin decir palabra, tomó la tarjeta, la guardó en su cartera y se levantó.
Su acompañante la imitó torpemente, tirando una servilleta al suelo.
—Que descansen —dijo Andrea con un tono que intentaba ser digno y sonaba solo cansado—. Vámonos, Fernando.
—Pero apenas estábamos… —protestó el hombre.
—¡Que nos vamos! —replicó ella, y sus pasos resonaron contra el mármol mientras se dirigía a la salida.
Jorge se quedó unos segundos observando la mesa vacía. La copa de vino de Andrea seguía en su lugar, a medio beber. Sobre el plato, un trozo de pan mordido. Y en el aire, ese aroma de vergüenza que no se seca con servilletas.
Suspiró. Y fue entonces cuando un sonido lo sacó de su reflexión.
—Mire, don Jorge —dijo una voz femenina, cálida, tímida, detrás de él.
Era Maribel. La mesera. Tenía la bandeja en las manos y sus ojos brillaban con una emoción que no podía disimular.
—No tenía que hacer eso —musitó ella—. Yo… yo ya estoy acostumbrada. Los clientes a veces son pesados. No pasa nada.
Jorge la miró con una ternura que desarmaba.
—Maribel, usted no tiene que acostumbrarse a que la traten mal. Ninguno aquí tiene que hacerlo. Y menos usted, que es de las personas más trabajadoras que conozco.
Ella bajó la mirada, mordiéndose el labio.
—Es que… esa señora. Me dijo cosas bien feas. Que yo era lenta, que no sabía hablar bien, que qué hacía yo en un lugar tan fino.
—¿Y qué le respondió?
—Nada —confesó Maribel—. Me quedé callada porque una no quiere problemas. Mi mamá siempre dice que el cliente tiene la razón. Aunque a veces duela.
Jorge negó con la cabeza, y su gesto se suavizó en un instante.
—Escúcheme bien, Maribel. El cliente no siempre tiene la razón. El cliente tiene dinero, que es muy distinto. Y uno respeta la misma como quien respeta a un juez: con distancia. Pero lo que usted tiene que saber es que aquí todos la respetamos. Yo la respeto. Y mientras yo sea dueño de este restaurante —que espero que sea por muchos años— nadie, pero nadie va a venir a mirarla por encima del hombro sin que yo me entere.
Ella sonrió. Era una sonrisa tímida, como un poco de sol asomando entre nubes. Se limpió los ojos con el dorso de la mano y se acomodó el cabello detrás de la oreja.
—Muchas gracias, don Jorge. De verdad.
—Vaya a atender su mesa doce que la están llamando —dijo él, y le guiñó un ojo—. Y que sepa que hoy le subo el bono de fin de mes.
Maribel se quedó paralizada.
—¿Qué?
—Lo que oyó. Cinco por ciento de aumento a partir de mañana. Hablo con Recursos Humanos. Las personas que aguantan tormentas merecen un buen ancla.
Hubo un silencio. Y luego, sin poder contenerse, Maribel dejó escapar un pequeño sollozo que transformó en risa nerviosa.
—No sé qué decir —musitó—. No sé cómo agradecerle.
—No me agradezca. Trabaje bien, que con eso me paga. Buenas noches, Maribel.
Jorge se giró y caminó finalmente hacia su oficina. Al fondo, el piano seguía tocando una melodía suave. Las copas tintineaban. La vida continuaba.
Pero dentro de su pecho, algo se movía. Una mezcla de satisfacción y de tristeza profunda. Porque en el fondo, sabía que la escena que acababa de vivir con Andrea era solo un espejo de una realidad más grande. Personas que confunden el precio con el valor. Gente que se cree enorme porque tiene la cuenta bancaria abultada. Clientes que nunca aprenden que la verdadera riqueza se mide en cómo tratas al que no puede devolverte el favor.
Se sentó en su escritorio, sin encender la luz. La ciudad brillaba al otro lado del cristal. Ciudades enteras de luces, de nombres, de vidas.
El teléfono vibró. Era un mensaje de su asistente.
“Don Jorge, acabo de recibir un correo de Andrea Figueroa”.
Figueroa.
Entonces recordó el apellido. Andrea Figueroa. La directora del fondo de inversiones con el que su empresa estaba negociando un contrato de dos millones de dólares.
Jorge soltó una respiración larga y lenta.
La ironía era perfecta, cruel y magnífica.
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