Continuamos justo donde lo dejamos: Andrés acaba de ser despedido, humillado frente a su novia y su jefe. Pero la historia no termina aquí…
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La llamada que llegó demasiado tarde
Esa noche, Andrés no fue a buscar a Valeria. Sabía que era inútil. Tampoco fue a donde vivía Sofía. Le daba vergüenza presentarse ahí, en su puerta, después de todo lo que había hecho. Prefirió parquear el coche frente al edificio de ella —el mismo que ellos habían comprado juntos— y quedarse allí, viendo la luz encendida de la ventana del segundo piso.
Ella seguía ahí, siempre siguió ahí.
El arrepentimiento de Andrés no había sido genuino en el momento, ni cuando se paró frente a don Roberto. Era el arrepentimiento de alguien que pierde en el juego, no de alguien que se da cuenta del daño causado. Esa noche, sin embargo, mientras veía la ventana de Sofía, algo se le removió por dentro.
Recordó los primeros años en aquel proyecto de departamento. Recordó cómo, a medianoche, Sofía le llevaba un café a su escritorio cuando sabía que tenía que terminar la tesis o los reportes. Recordó cómo ella dormía a su lado, encogida en la mitad del colchón, aunque ella merecía más espacio. Recordó cómo, cuando él llegaba del trabajo con los hombros caídos, no le hacía cientos de preguntas. Solo lo abrazaba.
Nunca le había dado la oportunidad de ser ese hombre, de nuevo.
Y ahora… ¿Qué le diría? ¿”Lo siento, Sofía, metí las patas”? ¿Cómo se presentaba ante la mujer que él mismo había marcado con el divorcio, con la humillación, con el olvido?
Se bajó del coche a medianoche. Llamó al interfono. No contestó nadie. Llamó otra vez. Y entonces, una ventana se alzó en el segundo piso.
—¿Quién es? —dijo la voz de Sofía, apenas un hilo en la noche.
—Soy yo… Andrés.
Silencio prolongado.
—Andrés, son casi las doce. ¿Qué quieres?
—Necesito hablar contigo. Por favor.
—¿Hablar? ¿Ahora? ¿Después de dos meses de divorcio sin siquiera llamarme una vez?
La voz de Sofía era firme, mucho más firme de lo que Andrés recordaba. Antes, ella siempre era suave, casi apocada con él, cediendo cada discusión como si el amor fuera una rendición.
—Lo sé. Sé que no tengo derecho. Pero hoy me pasó algo, y me di cuenta de que…
—¿De qué te diste cuenta? —lo cortó—. ¿De que la vida te dio una cachetada y viniste a buscar a quien siempre te perdonaba?
Andrés se quedó mudo.
—Mañana hablamos si es que quieres —concluyó—. Ahora no.
Y la ventana se cerró. La luz se apagó en el segundo piso.
Andrés se quedó de pie bajo la llovizna que empezaba a caer. La ciudad dormía, pero él no. Caminó hacia el coche y se quedó pensando, con las manos en el volante, sin saber qué hacer.
No le gustaba ver la verdad de frente: se había quedado sin trabajo, sin novia, y sin la única persona que siempre había estado de su lado.
El plan de Valeria
Tres días después, la vida de Andrés era un caos. No le respondían llamadas, sus redes sociales estaban bloqueadas para él, y lo primero que hacía al despertar era revisar su correo buscando una oferta que no llegaba. Los contactos que antes le sonreían ahora lo evitaban. La derrota, en el mundo de los negocios, se contagia.
Pero Valeria, para sorpresa de Andrés, reapareció en el café de la esquina. No llegó a sus brazos, ni siquiera sonrió. Se sentó frente a él con una taza en la mano y lo miró fijamente.
—Estuve pensando —dijo ella—. Lo que hiciste con tu esposa es horrible. Pero… bueno, todos los hombres tienen pasado.
—Valeria, yo…
—Déjame hablar. Lo que hiciste no me parece bien, y no es fácil que yo acepte ser parte de algo así. Pero también es verdad que no quisiste casarte de nuevo ni formar una familia todavía. Me explicaste eso, y yo decidí quedarme.
Ella jugueteó con la cuchara, evitando su mirada.
—No puedo dejar pasar lo que hiciste. Pero… me gustas, Andrés. Y no quiero perder lo que estábamos construyendo. Lo único que te pido es que pidas perdón. Que intentes hacer las paces con ella, aunque no quiera volver contigo. Por tu bien. Para que puedas mirarte en el espejo.
Andrés se la quedó mirando, incrédulo. Valeria, la mujer que odiaba la debilidad, la que siempre lo había visto como un ganador, le estaba pidiendo que se humillara. No por ella, sino por él mismo.
—¿Por qué haces esto? —preguntó Andrés, con inseguridad en la voz.
—Porque no quiero ser, cuando tenga tu edad, una versión de doña Carmen sentada en una oficina viendo lo que fui y lo que pude haber sido. Porque quiero tener a mi lado a un hombre que sepa reconocer sus errores.
Andrés meditó un largo momento.
—Valeria… yo no le pedí el divorcio a Sofía con odio. Simplemente sentí que ya no era feliz. Pero ¿cómo le pides perdón a alguien a quien dejaste de amar?
—No le pidas perdón porque la ames. Pídele perdón porque la usaste. Porque le debes. Porque todo lo que eres ahora —aunque no lo parezca— se lo debes a ella. Y eso no se paga con dinero.
Hubo un silencio largo. Andrés apretó la taza del café como si se fuera a romper.
—Iré a verla esta tarde —dijo al fin—. Gracias, Valeria. Pero no haré las paces con ella para regresar contigo. Lo haré por mí, para estar en paz.
Valeria asintió lentamente.
—Eso es lo que quería escuchar.
El encuentro que lo cambió
Sofía tardó en abrir la puerta. Cuando lo hizo, Andrés sintió que el mundo se le cruzaba. Cinco años de matrimonio y dos de divorcio, y ahí estaba ella, con su cabello recogido, sin maquillaje, con una playera simple y unos jeans.
No era la Sofía que él recordaba. Era una Sofía más fuerte, más segura de sí. Los ojos, que antes clamaban por amor, ahora lo observaban con una mezcla de indiferencia y curiosidad.
—Pasa —dijo, sin invitarlo a sentarse—. Te prepararé algo de tomar.
—No, gracias. No vine a tomarme un café.
Se sentaron en la sala, uno frente al otro.
—Quiero que lo sepas: renuncié a la empresa de don Roberto. Bueno, no renuncié. Me despidió.
—Me enteré de tu escena con Valeria en la oficina —dijo Sofía, con calma—. Una amiga que trabaja ahí me contó. No te imaginas cómo me sentí cuando escuché. Por un lado, me dolió que me despidieran a ti por mi culpa. Por otro… sentí algo de justicia.
Andrés bajó la cabeza.
—Me dijeron que le dieron a Valeria la oportunidad de estar contigo, y ella misma te pidió perdonarme. No entiendo esa lógica.
—Valeria también quiere estar en paz consigo misma. Le dije que no estoy seguro de querer volver a una relación contigo. Solo quiero cerrar este capítulo de mi vida sin arrastrar rencor.
Sofía lo miró unos segundos.
—¿Sabes qué, Andrés? Siempre supe que no me amabas como yo te amé. Nunca me culpé por eso. Creí que un día ibas a quererme a tu manera. Pero me fallaste incluso en eso.
Él abrió la boca, pero ella levantó la mano.
—No quiero lastimarte. Quiero ese perdón que me estás pidiendo. Lo tienes, Andrés. Te perdono. Pero desde lejos. Porque ya no quiero tenerte cerca.
Andrés sintió que una puerta se cerraba en su pecho. Ya había perdido todo: el trabajo, el amor de Valeria, el futuro que imaginaba. Y ahora descubría que ese perdón no significaba una reconciliación, sino una despedida.
—¿Por qué me llamaste esa noche? —preguntó ella—. ¿Para sentirte menos solo?
—No lo sé. Creo que necesitaba escuchar tu voz. No me di cuenta de lo que tenía hasta que lo perdí.
Sofía sonrió con tristeza.
—Esa es una lección que todos aprendemos tarde.
Se levantó y caminó hacia la puerta.
—Cuídate, Andrés. Y ya no me llames. Ándate con Dios, busca tu paz. No la encadenes a mí.
Andrés se quedó sentado unos minutos después de que ella cerrara la puerta. No la escuchó llorar. No escuchó nada, solo el zumbido de su cabeza, que repetía las palabras de don Roberto: “Un hombre desleal en su vida personal no es digno de confianza”.
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