Continuamos con la historia donde la dejamos…
El Hotel Imperial se alzaba como una torre de oro y cristal contra el cielo nocturno. Al bajar del auto, los flashes de los fotógrafos la cegaron momentáneamente.
Elena caminó con la cabeza en alto, tal como le habían enseñado en el salón, pero sus manos sudaban. Al entregar su invitación en la entrada, el portero le hizo una reverencia profunda.
—Bienvenida, señorita. El señor Valeriano la espera en el salón principal.
El interior era un despliegue de opulencia que Elena no podía procesar. Lámparas de cristal, música de cámara y el murmullo de cientos de personas que vestían fortunas enteras sobre sus hombros.
Nadie la miraba con desprecio. Al contrario, las miradas eran de curiosidad y admiración. “¿Quién es ella?”, escuchó susurrar a una mujer cubierta de diamantes. “Debe ser de la nobleza europea”, respondió otra.
Elena sintió una punzada de ironía. Si supieran que hace apenas cinco horas estaba recogiendo monedas del suelo para comprar un pan.
De pronto, la multitud se abrió. Julián Valeriano apareció entre la gente. Vestía un esmoquin que parecía costar más que todo el barrio de Elena. Su sonrisa era perfecta, pero sus ojos permanecían distantes, como los de un depredador observando a su presa.
—Elena —dijo él, tomándole la mano y depositando un beso helado en sus nudillos—. Estás… perfecta. Exactamente como te imaginé.
—Señor Valeriano… no entiendo nada de esto —susurró ella, tratando de no temblar—. ¿Por qué me trajo aquí?
Julián la guio hacia el centro de la pista, ignorando su pregunta. Empezaron a bailar un vals lento. Él la sujetaba con una fuerza innecesaria, sus dedos apretando la seda del vestido.
—Esta noche no se trata de entender, Elena. Se trata de representar un papel. Tú tienes algo que ninguna de estas mujeres tiene: una necesidad real. Y la necesidad es la mejor herramienta de actuación.
Elena sintió un escalofrío. La música seguía sonando, pero el ambiente se sentía cada vez más opresivo. Julián empezó a presentarla a los hombres más poderosos del país. La presentaba como “su protegida”, una joven de una familia caída en desgracia que él estaba “rescatando”.
Cada palabra de Julián era una mentira piadosa que la sociedad devoraba con gusto. Elena se sentía como un trofeo, un objeto de exhibición que servía para limpiar la imagen de un hombre cuya reputación era conocida por ser implacable.
—Sonríe, Elena —le ordenó él al oído—. Mañana serás la portada de todos los diarios. La vendedora de rosas que se convirtió en reina gracias a la generosidad de la Fundación Valeriano.
Fue entonces cuando Elena comprendió una parte del plan. Julián necesitaba un golpe de relaciones públicas. Sus empresas estaban bajo investigación por explotación laboral y necesitaba mostrarle al mundo que tenía un corazón de oro.
Pero había algo más. Algo que Julián no le decía.
A mitad de la noche, Julián se disculpó para atender una llamada “urgente”. Le indicó a Elena que lo esperara en una de las mesas reservadas.
Ella se quedó sola, sintiéndose más vulnerable que nunca bajo la mirada de los invitados. Decidió alejarse un poco para buscar un vaso con agua, pero al doblar un pasillo hacia los baños, escuchó una voz familiar.
Era Julián. Estaba en un pequeño despacho con la puerta entreabierta. Elena se detuvo, oculta por una columna.
—Sí, ya está aquí —decía Julián por teléfono, su voz ahora desprovista de toda calidez—. El vestido de perlas funcionó. Nadie sospecha nada. Se ve idéntica a ella.
Elena contuvo el aliento. ¿Idéntica a quién?
—La policía llegará en una hora —continuó Julián con una risa seca—. Para cuando se den cuenta de que ella no es mi difunta esposa, los fondos ya habrán sido transferidos a la cuenta en las Caimán. Ella es el señuelo perfecto. Una muerta de hambre que nadie echará de menos cuando termine en una celda por el desfalco. Cayó en la trampa completita.
El mundo de Elena se desmoronó. No era caridad. No era un milagro. Era una ejecución.
El vestido de perlas no era un regalo, era un uniforme de prisionera. Julián la estaba usando para inculparla de un crimen financiero masivo, aprovechando su parecido físico con su difunta esposa, quien aparentemente había muerto en circunstancias dudosas.
Elena miró sus manos. Las perlas que antes le parecieron hermosas ahora se sentían como pesadas cadenas de hierro.
Tenía que huir. Pero, ¿cómo? El hotel estaba lleno de seguridad pagada por Valeriano. Si intentaba salir corriendo con ese vestido, la atraparían antes de llegar a la acera.
Se miró en un espejo del pasillo. La “princesa” que veía hace unos minutos ahora le parecía un monstruo. Se arrancó una de las perlas del cuello, rompiendo el hilo de seda. La pequeña esfera rodó por el suelo, perdiéndose en la oscuridad.
—No soy tu sacrificio, Julián —murmuró con una rabia que nunca antes había sentido.
En ese momento, vio a través de la ventana del pasillo que varias patrullas de policía se estacionaban frente al hotel, pero no venían con las sirenas encendidas. Venían en silencio. El tiempo se le acababa.
Elena sabía que si salía por la puerta principal, Julián ganaría. Si se quedaba, perdería su libertad para siempre.
De pronto, recordó un detalle. En el salón de belleza, había escuchado a las empleadas hablar sobre una salida de servicio que daba directamente a los callejones traseros, la que usaban los meseros para fumar.
Empezó a correr, tratando de no hacer ruido con sus tacones caros. Se los quitó y los dejó tirados en una esquina. Corrió descalza por las alfombras rojas, buscando desesperadamente la señal de salida.
Pero cuando puso la mano en el pomo de la puerta de servicio, una mano firme le sujetó el hombro.
—¿A dónde vas tan de prisa, Cenicienta? —la voz de Julián era un látigo de acero.
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