Donde cada historia deja huella
Publicidad
El Último en Reír

El amargo sabor del desprecio y el hombre que llegó para cobrar las deudas del alma

4 min de lectura
Publicidad

El agua helada de la piscina se sentía como agujas atravesando la piel de Elena, pero nada dolía tanto como el sonido metálico y estridente de las risas que rebotaban en las paredes de mármol de la mansión.

Publicidad
Publicidad

Isabella, su prima, sostenía una copa de champaña con una elegancia que contrastaba violentamente con la crueldad de su mirada, mientras señalaba el vestido de seda azul de Elena, ahora arruinado y pegado a su cuerpo como una segunda piel de humillación.

—Mírenla, por favor —gritó Isabella, asegurándose de que los más de cien invitados fijaran sus ojos en la escena—. El ratoncito de biblioteca intentó nadar con los cisnes y terminó donde pertenecen las ratas: en el agua.

Publicidad
Publicidad

Elena intentó apoyarse en el borde de la piscina para salir, pero sus manos temblaban de tal manera que resbaló de nuevo, provocando una nueva oleada de carcajadas que se sintieron como bofetadas en cámara lenta.

Nadie extendió una mano. Ni sus tíos, que le debían a la madre de Elena el respeto que nunca le dieron, ni los supuestos amigos de la familia que minutos antes la ignoraban como si fuera un mueble viejo en una habitación de lujo.

Publicidad
Publicidad

Su tía Victoria se acercó al borde, ajustándose el collar de perlas que brillaba bajo las luces del jardín, y con una sonrisa gélida, dejó caer una servilleta de tela sobre la cabeza de Elena.

—Sécate un poco, querida —susurró con un veneno que solo la sangre propia sabe destilar—. No queremos que ensucies el tapete italiano de la sala cuando te dignes a salir de ahí y retirarte de mi fiesta. No sé en qué estaba pensando tu madre al creer que podrías encajar aquí.

Publicidad
Publicidad

Elena sintió que el nudo en su garganta era más grande que su propia voluntad de respirar; el frío del agua ya no era nada comparado con el vacío que sentía en el pecho al ver a las personas que compartían su apellido tratándola como un despojo.

Se quedó allí, flotando en medio del agua cristalina, rodeada de luces flotantes y pétalos de rosa, sintiéndose el ser más pequeño del universo, mientras el eco de los brindis continuaba como si su dolor fuera simplemente la música de fondo de una noche perfecta.

Publicidad
Publicidad

Cada risa era un clavo más en el ataúd de su autoestima, recordándole que, en ese mundo de apariencias y cuentas bancarias con muchos ceros, ella solo era el recordatorio de una rama de la familia que ellos preferían podar y olvidar.

El frío empezó a entumecer sus piernas, pero el calor de la rabia contenida empezaba a arder en su estómago, una mezcla peligrosa de desesperación y una chispa de dignidad que se negaba a morir bajo el agua clorada.

Intentó ponerse de pie en la parte baja, pero Isabella, con un movimiento rápido y aparentemente accidental, volcó el resto de su copa de vino tinto sobre la cabeza de Elena, manchando su cabello y su rostro de un rojo que parecía sangre bajo la luz de la luna.

Publicidad
Publicidad

—¡Oh, lo siento tanto! —exclamó Isabella con una falsa preocupación que provocó más burlas entre los jóvenes herederos que la rodeaban—. Es que eres tan invisible que olvidé que estabas ahí abajo.

Elena cerró los ojos con fuerza, deseando desaparecer, deseando que la tierra se tragara la mansión, la piscina y cada una de las joyas que brillaban con la luz de la hipocresía.

En ese momento, el silencio de su propio aislamiento era lo único que la protegía, pero sabía que no podría quedarse en el agua para siempre; tendría que salir y caminar a través de ese pasillo de ojos juzgadores para encontrar la salida.

La música de la orquesta, que hasta ese momento era un vals alegre, pareció desafinar en sus oídos, convirtiéndose en un ruido blanco que le nublaba los sentidos, mientras veía las sombras de los invitados moviéndose como buitres alrededor de su desgracia.

Victoria se dio la vuelta, dando por terminada la diversión, y les hizo una señal a los meseros para que ignoraran a la joven que aún luchaba por salir del agua, como si fuera un residuo que el filtro de la piscina se encargaría de eliminar.

Sigue leyendo la continuación tocando el botón de abajo 👇

Publicidad

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *