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Secretos

La máscara rota en la mansión de cristal: El día que el silencio dejó de ser una opción

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“¡Camina derecho, maldita sea, y recuerda muy bien lo que acordamos: te tropezaste con el escalón de la entrada porque los tacones te quedaron grandes, ¿entendiste?!”.

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Aquellas palabras, escupidas con un odio que contrastaba con la elegancia de su esmoquin, se clavaron en los oídos de Estela como agujas de hielo.

Julián no solo le estaba apretando el brazo con una fuerza que prometía dejar una nueva marca sobre las que ya intentaba ocultar, sino que le arrebataba lo único que le quedaba en esa noche de gala: su dignidad.

Estela sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del salón.

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Sus manos, ligeramente hinchadas por el séptimo mes de embarazo, temblaban bajo la tela de seda de su vestido color esmeralda.

Un vestido hermoso, costoso, que Julián había elegido personalmente no por buen gusto, sino porque el cuello alto y las mangas largas eran perfectos para esconder el rastro de su última “discusión”.

—Julián, por favor, me duele el brazo —susurró ella, intentando mantener la voz firme mientras bajaban del auto de lujo.

—Te va a doler más si alguien nota que tienes el ojo hinchado y no das la explicación que practicamos —respondió él, esbozando una sonrisa ensayada para los fotógrafos que ya se veían a lo lejos—. Hoy es la noche de mi padre, Estela. Es el aniversario de la empresa. Si arruinas mi reputación con tus caras de mártir, juro que desearás no haber nacido.

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Estela bajó la mirada, fingiendo buscar algo en su bolso para evitar que los guardias de la entrada vieran las lágrimas que amenazaban con desbordarse.

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Cada paso hacia la entrada de la mansión de los Alcázar se sentía como una marcha hacia el cadalso.

Ella amaba a ese bebé que crecía en su vientre con todas sus fuerzas, pero en momentos como este, sentía un miedo atroz de que su hijo heredara ese mundo de apariencias, cristales rotos y gritos ahogados por alfombras caras.

La mansión estaba iluminada como si fuera un faro de éxito y opulencia.

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Las risas de los invitados, el tintineo de las copas de cristal y el aroma a perfumes importados llenaban el ambiente.

Nadie, absolutamente nadie de los que estaban allí, podría imaginar que Julián Alcázar, el heredero carismático y “esposo ejemplar”, era en realidad un monstruo que se transformaba al cerrar la puerta de su habitación.

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—Sonríe, Estela. Ahora —ordenó él, deteniéndose justo antes de cruzar el umbral del gran salón.

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Él le soltó el brazo de golpe, pero la amenaza seguía flotando en el aire.

Estela respiró hondo, ajustándose el mechón de cabello que cubría estratégicamente el lado izquierdo de su rostro.

Sentía el corazón latiendo en la garganta, un tamborileo errático que parecía querer advertirle a todos los presentes que algo estaba muy mal.

—Ahí están, ¡la pareja de oro! —exclamó uno de los socios de la familia al verlos entrar.

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Julián cambió su semblante de inmediato.

Su rostro, que hace segundos era una máscara de crueldad, se iluminó con una calidez hipnótica.

Abrazó a Estela por la cintura, justo sobre su vientre, en un gesto que para los demás era de ternura, pero que para ella era una advertencia: “Estoy aquí, te tengo controlada”.

—Gracias, Mauricio. Ya sabes, Estela insiste en acompañarme a pesar de su estado. Es una guerrera —dijo Julián, dándole un beso suave en la sien.

Estela sintió náuseas.

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El contacto de sus labios le quemaba la piel.

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Quería gritar, quería correr hacia cualquier persona y mostrarle lo que había debajo de la seda esmeralda, pero el miedo es una cárcel sin barrotes.

Sabía que Julián tenía el poder, el dinero y los contactos para hundirla si ella intentaba algo.

O al menos, eso era lo que él le había hecho creer durante tres largos años.

Caminaron entre la multitud, saludando a tíos, primos y empresarios de alto nivel.

Estela mantenía la cabeza ligeramente inclinada, siguiendo el guion al pie de la letra.

Sin embargo, sus ojos buscaban desesperadamente una figura en particular.

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Buscaba a Don Rodolfo, el patriarca de la familia, el hombre que había construido todo ese imperio desde la nada y a quien Julián temía más que a Dios mismo.

Don Rodolfo no era un hombre de medias tintas.

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Era un anciano de mirada penetrante, que siempre parecía saber lo que estabas pensando antes de que abrieras la boca.

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Aunque Julián lo idolatraba públicamente, en privado se quejaba de que “el viejo” ya estaba perdiendo facultades y que pronto él tomaría las riendas definitivas.

—¿Estás bien, querida? Te veo un poco pálida —le preguntó una tía de Julián, acercándose con una copa de champaña en la mano.

Antes de que Estela pudiera responder, Julián intervino con una risita nerviosa pero controlada.

—Pobre Estela, tuvo un pequeño percance al llegar. Se tropezó con el escalón de la entrada, ya saben cómo es la falta de equilibrio con el embarazo. Casi me da un infarto, pero afortunadamente solo fue el susto y un pequeño golpe que ella insiste en ocultar con el maquillaje.

La tía suspiró con alivio, acariciando el hombro de Julián.

—Menos mal que estabas ahí para sostenerla, Julián. Eres un ángel.

Estela sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

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“Un ángel”, pensó con amargura.

Si tan solo supieran que él no la sostuvo, sino que la empujó contra el marco de la puerta de su auto apenas una hora antes de salir de casa.

La presión en el salón comenzó a volverse insoportable.

Los murmullos, el calor de las luces y la constante vigilancia de Julián estaban agotando sus últimas fuerzas.

De repente, la música de la orquesta bajó de volumen y un silencio expectante se apoderó del lugar.

En lo alto de la escalera principal, apareció Don Rodolfo.

Vestido con un traje negro impecable y apoyado en un bastón de madera de ébano con empuñadura de plata, el viejo león observaba a su prole con una expresión indescifrable.

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Julián se tensó a su lado.

Estela sintió cómo los dedos de su esposo se enterraban en su cadera.

—Prepárate —le susurró él al oído, con un tono que le heló la sangre—. Vamos a saludarlo. Y si te tiembla la voz una sola vez, cuando lleguemos a casa vas a saber lo que es el verdadero dolor.

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