Sabía que no podrías quedarte con la duda después de ver ese momento tan difícil; hiciste bien en venir para conocer toda la verdad.
Ricardo sentía que la sangre le hervía en las sienes.
Cada latido de su corazón era un golpe de rabia sorda que retumbaba en sus oídos.
Frente a él, Elena, la joven que apenas llevaba tres meses trabajando en la mansión, temblaba como una hoja.
En su mano derecha, Ricardo apretaba con fuerza aquel reloj de bolsillo de oro macizo.
No era solo el valor del oro, ni la maquinaria suiza impecable.
Era el último rastro físico de su hija, Sofía, desaparecida hacía dieciocho años en un confuso incidente en un mercado del centro.
—¡Mírame a los ojos y dímelo otra vez! —rugió Ricardo, haciendo que los cristales del despacho vibraran—. ¡Dime que no lo sacaste de la caja fuerte de mi habitación!
Elena apenas podía sostenerse en pie.
Sus lágrimas habían empapado el cuello de su uniforme impecablemente blanco.
—Se lo juro por la memoria de mis padres, don Ricardo… —sollozó la joven, con la voz quebrada—. Ese reloj ha estado conmigo desde que tengo uso de razón.
Ricardo soltó una carcajada seca, cargada de veneno.
—¿Contigo? ¿Un reloj de cinco mil dólares en manos de una huérfana que no tiene ni para los pasajes?
—¡Es la verdad! —gritó ella, recuperando un destello de dignidad en medio del miedo—. En el orfanato me lo entregaron cuando cumplí los cinco años. Me dijeron que era lo único que traía puesto cuando me encontraron.
Ricardo se acercó a ella, invadiendo su espacio personal.
El aroma a colonia cara de él contrastaba con el olor a jabón de limpieza que emanaba de ella.
—Eres una mentirosa profesional, Elena. Te abrimos las puertas de esta casa, te dimos confianza y así nos pagas.
—¡No he robado nada! —insistió ella, aunque su voz se perdía en un susurro—. Ese reloj es mi única conexión con quién soy… es mi único recuerdo.
Ricardo levantó el teléfono sobre el escritorio de caoba.
Sus dedos marcaron con rapidez el número de la policía local.
—Veremos qué dice el inspector cuando le explique que tengo a una ladrona atrapada en mi propia oficina.
Elena cayó de rodillas sobre la alfombra persa.
Sus manos se entrelazaron en un gesto de súplica desesperada.
—Por favor, don Ricardo, no haga eso. Si me llevan a la cárcel, perderé lo único que tengo. No tengo a nadie que me defienda.
—Debiste pensar en eso antes de poner tus manos sobre las pertenencias de mi hija —respondió él, con los ojos inyectados en sangre.
En ese momento, la pesada puerta de roble del despacho se abrió lentamente.
Un chirrido suave interrumpió la tensión eléctrica que flotaba en el aire.
Doña Beatriz, la madre de Ricardo, entró apoyada en su bastón de plata.
A sus ochenta años, la mujer conservaba una mirada de águila que parecía ver a través de las paredes.
—¿Qué es este escándalo, Ricardo? —preguntó la anciana con una calma que helaba la sangre—. Se escuchan tus gritos hasta el jardín de invierno.
—¡Madre, esta mujer nos ha estado robando! —exclamó Ricardo, señalando a Elena con el reloj—. ¡Tenía el reloj de Sofía escondido entre sus pertenencias!
Doña Beatriz se acercó lentamente, ignorando por un momento a su hijo.
Sus ojos se posaron en la joven que lloraba en el suelo.
—Levántate, hija —dijo la anciana con suavidad—. En esta casa no se juzga a nadie de rodillas sin antes escuchar.
Ricardo bufó, impaciente.
—¡No hay nada que escuchar, mamá! La evidencia está en mi mano. Ella dice que es suyo, que se lo dieron en el orfanato. ¿Puedes creer semejante desfachatez?
Doña Beatriz extendió su mano arrugada hacia su hijo.
—Dame el reloj, Ricardo.
Él dudó por un segundo, pero terminó entregándolo.
La anciana sostuvo la pieza de oro cerca de sus ojos, examinando cada detalle bajo la luz de la lámpara de escritorio.
Sus dedos recorrieron los grabados exteriores con una delicadeza casi religiosa.
—¿Estás seguro de que este es el reloj de Sofía, hijo? —preguntó Beatriz sin dejar de mirar la pieza.
—¡Por supuesto! —respondió él—. Yo mismo mandé a hacer ese grabado de las iniciales en el frente. Es inconfundible.
Elena, aún sollozando, levantó la vista.
—Señora, por favor… miren dentro. Hay una marca que solo yo conozco.
Ricardo iba a interrumpir con otro insulto, pero su madre lo detuvo con un gesto firme de la mano.
—Dinos, Elena —pidió Beatriz—. ¿Qué marca es esa?
—Detrás de la tapa de la maquinaria… —dijo la joven, limpiándose las lágrimas—. Hay un grabado muy pequeño. No son letras. Es un dibujo.
Ricardo sintió que un escalofrío le recorría la espalda.
Él conocía ese reloj de memoria, o eso creía.
Pero nunca se le había ocurrido abrir la tapa trasera para mirar la maquinaria íntima del objeto.
Doña Beatriz sacó una pequeña lupa que siempre llevaba en su bolso.
—Trae la luz, Ricardo —ordenó con autoridad.
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