Esa parte que te dejó con el corazón en la mano tiene una continuación, y empieza justo ahora.
¿Qué se siente cuando la persona que te acaba de salvar la vida es la misma que te susurra al oído que todo fue una trampa? Helena lo descubrió esa noche, tirada entre las rocas, con la cara pegada al polvo y la sangre de Julián secándosele en las manos. Y todavía no alcanzaba a entender nada.
Todo había empezado como una escapada de fin de semana. Nada más. Una de esas locuras de viernes que se planean en cinco minutos y se recuerdan toda la vida, aunque a veces por razones que uno jamás hubiera querido.
Julián había llegado a recogerla con la camioneta sucia de barro y una sonrisa de niño travieso.
"Vas a ver el cielo más limpio de tu vida, Helena. Te lo prometo."
Ella se rio y subió sin pensarlo. Llevaba una chaqueta verde, jeans rotos en la rodilla y el pelo recogido con una liga que ya casi no estiraba.
No sabía que esas serían las últimas horas con él.
El viaje que nadie debió hacer
El camino a la quebrada era largo y solitario. Media hora de asfalto, luego cuarenta minutos de terracería y después un sendero de tierra que solo los locales conocían.
Julián manejaba con una mano y con la otra le señalaba los cerros.
"Ahí arriba hay unas pozas que casi nadie visita. Agua fría, piedras lisas, silencio. Puro silencio."
Helena bajó la ventana y dejó que el viento le golpeara la cara. Se sentía libre. Se sentía viva. Se sentía, por primera vez en meses, lejos de todo.
Llegaron al atardecer, cuando el sol caía detrás de la montaña y pintaba el cielo de naranja y morado.
Julián estacionó junto a unos matorrales y bajó primero.
"¿Escuchas eso? Nada. Cero ruido. Como debe ser."
Ella también bajó. Estiró los brazos. Respiró hondo.
Y en ese instante, sin saberlo, empezó la cuenta regresiva.
Caminaron juntos por el sendero, entre rocas enormes y árboles retorcidos. Él iba adelante, abriéndole paso con las manos.
"Cuídate, aquí hay piedra suelta."
"Yo puedo sola, Julián."
"Ya sé. Pero déjame hacerlo igual."
Ella sonrió. Esa era la parte de él que le gustaba. La parte que no pedía permiso para cuidarla.
Llegaron al filo del mirador natural, un borde de roca que daba a una caída de unos quince metros hacia el río.
Abajo el agua corría con fuerza, blanca y ruidosa.
"Quédate aquí. Voy a bajar a ver si está seguro el paso."
"Julián, ya está oscureciendo."
"Tres minutos. Confía."
Y bajó. Helena lo vio trepar entre las piedras, con la agilidad de alguien que ya había estado ahí antes.
Eso era lo raro. Él ya había estado ahí antes. Y nunca se lo había contado.
Pasaron los tres minutos. Pasaron cinco. Pasaron ocho.
Helena empezó a impacientarse.
"¡Julián!"
Nada.
Solo el ruido del río.
"¡Julián, ya me estás asustando!"
Entonces lo escuchó. Un golpe seco. Un quejido corto. Y después, silencio.
Helena corrió hacia el borde, miró hacia abajo y lo vio tirado entre las rocas, con la cabeza hacia un lado, inmóvil.
Bajó sin pensar. Se raspó las manos. Se raspó las rodillas. Se le rompió la chaqueta en el hombro.
Llegó hasta él en menos de un minuto.
"Julián. Julián, mírame. Julián."
Él respiraba. Apenas. Pero respiraba.
Tenía un golpe fuerte en la sien y otra herida en la pierna. Sangre por todos lados. Los ojos abiertos pero sin foco.
"Helena…" alcanzó a decir.
"Shh. No hables. Voy a buscar señal. Voy a llamar a alguien."
"No… no vuelvas…"
"¿Qué?"
"No te vayas… no estás sola aquí…"
Ella no entendió. Pensó que era el delirio del golpe.
Lo abrazó. Le sostuvo la cabeza. Y en ese momento, entre las rocas, escuchó algo que no venía de Julián.
Una voz. Baja. Clara. Justo al lado de su oído.
"No te muevas. Finge que estás muerta."
Helena abrió los ojos de golpe. Miró hacia todos lados. No había nadie.
"¿Quién…?"
"Cállate. Ya vienen."
Y entonces los escuchó. Pasos. Dos personas bajando por el sendero, con linternas y con calma. Demasiada calma.
Una mujer riéndose bajito. Un hombre respondiéndole en voz grave.
Helena sintió el corazón en la garganta. Miró a Julián, que ya casi no se movía.
Y obedeció.
Se recostó entre las rocas, junto al cuerpo de Julián, con la cara hacia el suelo y los ojos entreabiertos.
Controló la respiración. Se mordió la lengua para no gritar. Se quedó quieta como un animal muerto.
Los pasos se acercaron.
Los que llegaron a revisar los cuerpos
La luz de una linterna les barrió la cara. Primero a Julián. Después a Helena.
"Este ya está listo", dijo el hombre.
"¿Y la muchacha?"
El haz de luz le pegó directo en los ojos. Helena no parpadeó.
El hombre se agachó, le tomó la muñeca con dos dedos y esperó unos segundos.
"También. Se cayó con él. Mírale la cabeza."
La mujer se rio otra vez. Una risa corta, sin alegría, como quien confirma un trámite.
"Qué lástima. Tan jóvenes."
"No es lástima. Es lo que tenía que pasar."
Helena sintió cómo el aire se le atascaba en el pecho. Lo que tenía que pasar. Esas cuatro palabras se le clavaron como alfileres.
El hombre se levantó. Se limpió las manos en el pantalón.
"Vámonos. Aquí ya no hay nada."
"¿Y si alguien los encuentra?"
"Que los encuentren. Un accidente es un accidente."
Las linternas empezaron a alejarse. Los pasos subieron por el sendero. Las voces se fueron apagando con la distancia.
Helena no se movió. No abrió los ojos. No respiró profundo. Esperó.
Esperó hasta que el único sonido fue el río.
Esperó hasta que sintió que el silencio la iba a volver loca.
Y entonces la voz volvió.
Más cerca esta vez. Casi pegada a su oreja.
"Ya se fueron. Puedes abrir los ojos."
Helena los abrió. Estaba sola con Julián.
O eso creía.
Porque la voz siguió hablando.
"Escúchame bien, Helena. Lo de Julián no fue un accidente."
Ella se quedó helada. Miró el cuerpo de Julián, luego las rocas, luego la oscuridad del sendero.
"¿Qué… qué dices?"
"Alguien lo empujó. Alguien sabía que iban a estar aquí. Y alguien pagó para que esto terminara así."
Helena sintió que el suelo se le movía.
Se le vino encima todo. La escapada de último minuto. La insistencia de Julián con ese lugar. El "no estás sola aquí". Los dos desconocidos que llegaron a confirmar que estaban muertos.
Nada había sido casualidad.
Nada.
Y ella seguía viva solo porque, en el instante exacto, alguien le había susurrado que se hiciera la muerta.
Se llevó las manos a la cara. Quiso gritar. No pudo.
Solo pudo quedarse ahí, temblando entre las rocas, con Julián a su lado y una verdad que le quemaba por dentro.
"Ahora tienes que levantarte", dijo la voz. "Y tienes que correr. Pero antes, necesito que sepas algo más."
Helena tragó saliva. Miró hacia el sendero vacío. Miró hacia el cielo negro.
"¿Qué cosa?"
"Que la persona que te está hablando… no está aquí por casualidad tampoco."
Y en ese momento, Helena entendió que la peor parte de la noche no había sido fingir estar muerta.
La peor parte estaba por venir.





