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Secretos

¿Por qué Víctor se quitó el traje gordo minutos después del “sí, acepto”?

11 min de lectura
Mujer con vestido de novia frente a un hombre musculoso en una suite nupcial
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Te quedaste con la respiración a medias justo cuando la puerta se cerró, y por eso estás aquí, listo para saber cómo termina esto.

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La suite nupcial olía a rosas blancas y a cera de vela recién apagada, y Valentina todavía tenía el vestido puesto cuando cerró la puerta con llave.

Se quedó de espaldas a Víctor unos segundos, sintiendo el peso de veinte kilos de encaje sobre los hombros, escuchando el silencio incómodo que se había instalado entre los dos desde que salieron de la iglesia.

No era un silencio romántico. Era un silencio con algo adentro.

Se dio la vuelta despacio.

Víctor estaba sentado en el borde de la cama, con la corbata ya floja y la chaqueta del esmoquin abandonada sobre una silla. Su cuerpo, ese cuerpo grande y blando que ella había abrazado durante tres años, se veía aún más voluminoso bajo la luz cálida de las lámparas.

—¿Vas a decirme qué te pasa? —preguntó Valentina, con la voz más firme de lo que esperaba.

Víctor levantó la vista. Sonrió apenas, esa sonrisa suya que siempre le había parecido un poco triste.

—Nada, amor. Estoy cansado. Fue un día largo.

—Mentira.

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La palabra salió sola, cortante, antes de que ella pudiera mordérsela.

Víctor no respondió. Se quedó mirándola como se mira a alguien que está a punto de cruzar una puerta de la que no hay regreso.

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Valentina sintió un frío raro en la nuca. Se llevó la mano al pecho, como si pudiera calmarse el corazón con la palma.

—Toda la noche estuviste raro —dijo—. En el brindis. En el baile. Cuando mi papá te abrazó, pusiste una cara…

—Es que tu papá me abrazó muy fuerte —intentó bromear él.

Ella no se rió.

—Víctor.

—Valentina.

—¿Qué más quieres de mí?

La pregunta quedó flotando en el aire, pesada como una piedra lanzada a un pozo.

Víctor abrió la boca. La cerró. Se pasó una mano por el cabello, que ya tenía despeinado.

—¿Qué más quiero de ti? —repitió, como si estuviera traduciendo el idioma.

—Sí. Porque yo ya te di todo. Te di mi tiempo, te di mi familia, te di mi cuerpo, te di mi futuro. Firmé frente a Dios y frente a doscientas personas. Y tú estás aquí sentado como si estuvieras en una sala de espera.

La voz de Valentina se quebró en la última palabra.

Víctor cerró los ojos.

—No estoy en una sala de espera.

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—Entonces dime qué te pasa. Dime por qué llevas tres años poniéndome una cara que no entiendo.

Él se levantó.

Y Valentina, sin saber por qué, dio un paso atrás.

No era miedo. Era instinto. Era esa parte del cuerpo que huele el peligro antes de que la cabeza lo entienda.

Víctor caminó hacia el espejo de cuerpo entero que había junto al clóset. Se quedó de perfil, mirándose. Luego se llevó las manos al cuello de la camisa.

—¿Qué haces? —preguntó Valentina.

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—Ya no puedo más —dijo él, casi en un susurro.

—¿Qué?

—Ya no puedo más, Vale.

Se desabotonó el primer botón. Después el segundo. Después el tercero, con una lentitud que a ella le pareció cruel.

—Víctor, me estás asustando.

—Lo sé.

—Para. Habla conmigo.

—Voy a hablar. Pero primero necesito que veas algo.

La camisa blanca, esa camisa que ella misma le había elegido en la tienda porque le hacía los hombros más anchos, cayó al suelo.

Y debajo había… más.

No era su cuerpo.

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Valentina parpadeó. Parpadeó otra vez, como si el problema fuera de sus ojos.

Debajo de la camisa había una segunda capa. Una especie de malla gruesa, color piel, con relleno en el pecho, en el abdomen, en los brazos. Una armadura de espuma y tela que imitaba, con una paciencia de artesano, la silueta de un hombre con sobrepeso.

—¿Qué…? —la voz de Valentina se apagó.

Víctor empezó a bajarse el cierre de la malla.

—No —dijo ella, dando otro paso atrás—. No, no, no. Espérate.

—Vale.

—¡Espérate!

Pero él ya se estaba despegando la malla del pecho. La estaba sacando por los brazos, con movimientos rápidos, casi furiosos, como quien se arranca una curita que llevaba años pegada a la piel.

Y entonces Valentina lo vio.

Lo vio de verdad.

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El hombre que tenía delante no se parecía en nada al que había subido al altar esa tarde. Tenía los hombros anchos, pero de músculo real, no de sastre. Los brazos marcados, con las venas saltadas bajo la piel. El abdomen plano, duro, con esas líneas que ella solo había visto en revistas.

Y la cara era la misma. Pero ya no era la misma.

Porque la cara de un hombre delgado con cuerpo de hombre delgado es una cosa. Y la cara de un hombre delgado con cuerpo de atleta es otra completamente distinta.

Valentina sintió que las rodillas le flaqueaban. Se agarró del brazo de un sillón.

—¿Quién eres? —preguntó, con un hilo de voz.

Víctor se quedó quieto, de pie bajo la luz, con la malla todavía colgando de una mano.

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—Soy Víctor —dijo.

—No. El Víctor con el que yo me casé no tenía ese cuerpo.

—Ya sé.

—El Víctor con el que yo me casé pesaba ciento diez kilos. Yo lo cargué cuando se enfermó de gripe. Yo le compré los pantalones talla 46. Yo lo vi desnudo mil veces. Mil veces, Víctor.

—Ya sé, Vale.

—¡Entonces quién eres!

Él bajó la malla al suelo, con cuidado, como si fuera un objeto sagrado.

—El hombre con el que te casaste —dijo, con una calma que le heló la sangre— nunca existió.

El silencio que siguió fue peor que cualquier grito.

Valentina escuchó su propio corazón. Escuchó el aire acondicionado. Escuchó, a lo lejos, en algún pasillo del hotel, la risa de unos invitados que todavía no se habían ido.

—Explícame —dijo, al fin.

Víctor se sentó otra vez en el borde de la cama. Ahora, sentado, sin la malla, sin la camisa, era un hombre completamente distinto. Un hombre al que ella no reconocía.

—Me llamo Víctor Andrés Salgado —empezó—. Nací en Medellín. Tengo treinta y cuatro años. Mi mamá se llama Doris, mi papá se murió cuando yo tenía doce. Todo eso es verdad.

—¿Y lo demás?

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—Lo demás lo inventé.

—¿Por qué?

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Él tardó en responder.

—Porque a las mujeres como tú no les gustan los hombres como yo.

Valentina sintió que algo se le rompía por dentro. No era dolor. Era algo más feo. Era humillación.

—¿Cómo te atreves a decirme eso?

—Es la verdad.

—¡No sabes nada de mí!

—Sé más de lo que crees.

—¿Ah, sí? ¿Qué sabes?

Víctor la miró con esos ojos que ella tanto había querido, y por primera vez le parecieron fríos.

—Sé que cuando te presenté a mi amigo Julián, el del gimnasio, me dijiste que los hombres musculosos te parecían vanidosos.

Valentina abrió la boca.

—Eso lo dije…

—Lo dijiste. Yo estaba ahí. Te acuerdas.

—Lo dije hace dos años. Fue un comentario.

—Para ti fue un comentario. Para mí fue la confirmación de todo lo que ya sospechaba.

—¿Y qué sospechabas?

—Que a ti te gustaba el cuerpo que yo tenía. El cuerpo grande. El cuerpo suave. El cuerpo que te hacía sentir…

—No sigas.

—…que te hacía sentir que yo era inofensivo.

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Valentina sintió que las lágrimas le subían. No quería llorar. No frente a él.

—Yo me enamoré de ti —dijo, con la voz rota—. De ti. De lo que me contabas. De cómo me mirabas. De cómo me hacías reír.

—Y yo me enamoré de ti.

—¡Entonces por qué!

—Porque tenía miedo.

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—¿Miedo de qué?

—De que si te mostraba mi cuerpo de verdad, te ibas.

—Eso es una locura.

—Es una locura que me funcionó tres años.

Valentina se llevó las manos a la cara. Se las frotó, como si quisiera despertar de una pesadilla.

Cuando volvió a mirarlo, él seguía ahí. Sentado. Hermoso de una manera que le dolía.

—¿Y ahora? —preguntó ella.

—Ahora ya lo sabes.

—¿Y qué esperas que haga?

—Nada. Espero que hagas lo que quieras hacer.

—¿Eso es todo? ¿Me mientes durante tres años y ahora me dices "haz lo que quieras"?

—Sí.

—Eres un cobarde.

—Lo sé.

—Eres un mentiroso.

—Lo sé.

—¡Eres un enfermo!

Víctor no respondió.

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Valentina empezó a caminar de un lado al otro de la habitación, con el vestido arrastrando por la alfombra. Se sentía ridícula. Se sentía como una actriz a la que de repente le cambiaron el guion y nadie le avisó.

—¿Y la boda? —preguntó, de pronto—. ¿Todo el mundo lo sabía menos yo?

—Nadie lo sabía.

—¿Ni tu mamá?

—Ni mi mamá.

—¿Ni tu hermano?

—Ni mi hermano.

—¿Y los tres años? ¿Los viajes? ¿Las noches? ¿Cómo hiciste para…

—Para acostarme contigo con la malla puesta?

Valentina se detuvo en seco.

—Sí.

Víctor bajó la mirada.

—Al principio casi no dormíamos juntos. Me inventaba viajes de trabajo. Me inventaba gripes. Me inventaba cualquier cosa. Y cuando dormíamos, yo siempre apagaba la luz antes de desvestirme.

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—Yo pensé que era por pudor.

—Lo sé. Lo dije yo. Te dije que era por pudor.

—Y yo te creí.

—Me creíste.

Valentina se sentó en el sillón, sin fuerzas. El vestido blanco se arrugó bajo su cuerpo como una cosa muerta.

—Eres una persona completamente distinta a la que yo creía conocer —dijo.

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—Sí.

—¿Y ahora qué siento?

—No sé.

—No, Víctor. Sí sabes. Dime.

Él levantó la cabeza. La miró directo a los ojos por primera vez en toda la noche.

—Ahora sientes que te estafaron —dijo.

Valentina asintió, muy despacio.

—Sí.

—Y tienes razón.

—¿Y no vas a pedirme perdón?

—Sí te pido perdón. Pero no sirve para nada.

—No, no sirve.

—Lo sé.

Se quedaron callados un rato largo. Tan largo que ella empezó a sentir frío. Se levantó, agarró la chaqueta del esmoquin de Víctor y se la echó encima. Le quedó enorme. Le quedó, por primera vez, un poco ridícula.

—Necesito preguntarte una cosa —dijo.

—Pregúntame.

—Todo este tiempo, cuando me decías que me amabas… ¿era verdad?

Víctor se quedó mirándola durante cinco segundos que a ella le parecieron cinco años.

—Era verdad —dijo, al fin.

—No te creo.

—Lo entiendo.

—¿Cómo puedo creerte? Me mentiste en todo lo demás.

—No en todo.

—¿En qué no?

—En que te amaba. Eso no fue mentira nunca.

Valentina sintió que una lágrima se le soltaba. Se la secó rápido, con el dorso de la mano.

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—Eso es lo peor —dijo.

—¿Qué cosa?

—Que te creo. Que todavía te creo.

Víctor se levantó. Caminó hacia ella con paso lento, como si se acercara a un animal asustado. Se detuvo a dos pasos de distancia.

—Vale —dijo—. Yo no quería hacerte daño.

—Me hiciste daño.

—Lo sé.

—Me hiciste el daño más grande que me han hecho nunca.

—Lo sé.

—Y no vas a arreglarlo quitándote una malla. Ni vistiéndote bien. Ni yendo al gimnasio. Nada de eso arregla lo que hiciste esta noche.

—Lo sé.

—Entonces deja de decir "lo sé".

—Está bien.

—Dime qué quieres que pase ahora.

Víctor cerró los ojos. Los abrió.

—Quiero que te quedes —dijo, casi sin voz.

—¿Y yo qué gano?

—Nada. No ganas nada.

—¿Entonces por qué te lo pediría?

—No te lo estoy pidiendo. Te estoy diciendo lo que quiero. Tú haz lo que quieras.

Valentina se pasó las manos por el cabello, todavía peinado con el recogido de la boda. Un mechón se le soltó y le cayó sobre la cara.

—Necesito salir —dijo.

—¿A dónde vas?

—No sé. A caminar. A pensar. A cualquier parte.

—Está bien.

—No me sigas.

—No te voy a seguir.

—No le digas a nadie.

—No le voy a decir a nadie.

Valentina caminó hacia la puerta. Puso la mano en la manija. Se detuvo.

—Víctor.

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—Dime.

—Toda esta noche, en la iglesia, cuando me miraste mientras decíamos los votos… ¿ese era el verdadero tú?

Víctor tardó en responder.

—Ese era el hombre que te ama —dijo, al fin.

—Eso no es lo que pregunté.

—Lo sé.

Valentina abrió la puerta. El pasillo del hotel estaba iluminado con esa luz amarilla fea de los lugares donde nadie quiere estar solo. Antes de salir, volteó una última vez.

—Mañana hablamos —dijo.

—Mañana hablamos.

Cerró la puerta detrás de ella.

Y en la suite nupcial, con la malla de relleno todavía tirada en el suelo, con la corbata aún anudada a la mitad, con las dos copas de champán intactas sobre la mesa, Víctor se sentó en la cama y se quedó mirando la pared.

Afuera, en el pasillo, Valentina caminó descalza hasta el ascensor. El vestido blanco arrastraba por la alfombra roja. Un botones que pasaba con una carreta de equipajes se quedó mirándola, sin saber si saludarla o hacer como que no la veía.

Ella apretó el botón. Las puertas se abrieron.

Entró.

Y cuando las puertas se cerraron, se miró en el espejo del ascensor y no reconoció a la mujer que le devolvió la mirada.

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