Seguimos exactamente donde quedó la escena, con el destino golpeando a la puerta de Don Samuel…
La mujer se detuvo a pocos metros del puesto. Observó el letrero despintado que decía “Dulces Samuel” y luego fijó su mirada en el anciano. Don Samuel, abrumado por la presencia de alguien que claramente pertenecía a un mundo muy distinto al suyo, se limpió apresuradamente las manos en su delantal sucio y trató de forzar una sonrisa profesional, aunque sus ojos estaban inyectados en sangre por la falta de sueño y la pena.
—Buenos días, señorita —dijo Samuel con voz rasposa—. Lamento decirle que ya no estoy atendiendo. El negocio… bueno, el negocio está cerrando para siempre.
La mujer no dijo nada de inmediato. Se quitó las gafas de sol de diseñador y Samuel pudo ver unos ojos grandes y brillantes que le resultaron extrañamente familiares, aunque no lograba ubicar dónde los había visto antes. Ella recorrió con la mirada las estanterías vacías, el frasco de vidrio donde solían estar las paletas de cereza y el pequeño banquito de madera donde Samuel solía descansar sus piernas cansadas.
—¿Usted es el señor Samuel, verdad? —preguntó ella. Su voz era firme, pero tenía un matiz de suavidad que contrastaba con su apariencia de ejecutiva implacable.
—Sí, ese soy yo. Bueno, lo que queda de él —respondió Samuel con una risa amarga—. Si viene por el asunto del desalojo, los abogados ya me enviaron el documento. Mañana mismo entrego las llaves. No hace falta que me presionen más.
La mujer dio un paso más hacia el mostrador y apoyó sus manos enguantadas sobre la madera gastada.
—No vengo por el desalojo, Don Samuel. O al menos, no de la forma en que usted cree. Vine porque me enteré de que este local iba a ser demolido y quería conocer al dueño antes de que eso sucediera.
Samuel bajó la cabeza, sintiendo una mezcla de vergüenza e indignación.
—Pues ya lo ve. Un viejo derrotado por el progreso. Así es la vida, señorita. Uno da todo por su barrio, ayuda a los vecinos, regala lo poco que tiene… y al final, el progreso te pasa por encima sin mirar atrás.
—¿Usted cree que nadie lo mira, Don Samuel? —preguntó ella, y esta vez hubo una emoción evidente en su tono—. ¿Realmente cree que la bondad se pierde en el aire como si fuera humo?
Samuel suspiró profundamente. Se sentó en su banquito, sintiendo que sus rodillas ya no podían sostenerlo más.
—A veces lo parece, hija. Mi esposa está enferma, no tengo cómo pagar sus tratamientos y mañana nos quedaremos en la calle. Si Dios me está mirando, parece que hoy tiene los ojos cerrados.
La mujer rodeó el mostrador. Ignorando el polvo y el descuido del lugar, se sentó en una pequeña caja de madera frente a él. La escena era surrealista: una millonaria en un traje de miles de dólares sentada entre cajas de cartón y olor a humedad.
—Cuénteme algo, Don Samuel —dijo ella, clavando sus ojos en los de él—. ¿Recuerda a una niña pequeña que hace muchos años vino aquí con una moneda oxidada pidiendo una paleta de cereza?
Samuel frunció el ceño. Sus recuerdos eran muchos, miles de rostros habían pasado por su puesto. Pero aquella niña… aquella chiquilla de pies sucios y mirada valiente siempre había tenido un lugar especial en su corazón.
—¿Cómo sabe usted eso? —preguntó Samuel, su voz empezando a temblar—. Fue hace tanto tiempo… Esa niña me prometió que volvería, pero yo solo quería que tuviera un momento de paz. Nunca esperé nada a cambio. Los niños prometen muchas cosas cuando tienen el corazón lleno de azúcar.
La mujer sonrió, y en esa sonrisa, Samuel vio a la niña de siete años. Fue como un relámpago que iluminó su memoria.
—Esa niña no olvidó —dijo ella en voz baja—. Esa niña pasó mucha hambre después de ese día, Don Samuel. Pero cada vez que sentía que no podía más, recordaba que un hombre desconocido había creído en ella. Recordaba que alguien pensó que su moneda vieja valía el doble porque era “jueves”. Esa mentira piadosa suyo fue el motor que me hizo estudiar, trabajar como una loca y escalar hasta donde estoy hoy.
Samuel se llevó una mano a la boca, sus ojos llenándose de lágrimas.
—¿Eres tú? ¿Lucía?
—Soy yo, Don Samuel. Lucía Valenzuela, presidenta de la corporación que compró este terreno —dijo ella, y por primera vez, las lágrimas también asomaron en sus ojos—. Cuando vi el nombre del propietario en los papeles de la demolición, mi corazón casi se detiene. No podía permitir que la mano que me alimentó cuando nadie más lo hacía fuera la misma que ahora fuera golpeada por mi propia empresa.
Samuel estaba en shock. El destino jugaba con hilos invisibles que él nunca llegó a comprender. Pero la realidad volvió a golpearlo: el hecho de que ella fuera la dueña no cambiaba que el negocio era inviable y que él estaba en la ruina.
—Lucía… hija… me alegra tanto saber que te fue bien. No sabes cuánto. Pero el negocio… el terreno… entiendo que tienes que construir tu torre. No te preocupes por este viejo. Me iré con la satisfacción de saber que mi paleta de cereza dio sus frutos.
Lucía se levantó y tomó las manos callosas del anciano entre las suyas, suaves y cuidadas.
—Usted no se va a ninguna parte, Don Samuel. Y su esposa Elena tampoco. He revisado sus deudas, he hablado con el banco y he visto los informes médicos de su mujer.
—¿Qué has hecho? —preguntó él, asustado.
—He cumplido mi promesa —respondió ella con una determinación feroz—. Pero lo que viene ahora es algo que usted no se espera. Mañana no vendrán las máquinas de demolición a sacarlo. Mañana vendrá algo muy distinto.
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