El Duelo en la Cúpula
La reunión con el Señor Mendoza, Director Regional de Operaciones, se programó para la mañana siguiente. Ricardo había pasado la noche en vela, puliendo la presentación con Carmen, cada diapositiva un argumento, cada cifra un escudo. El café amargo y el insomnio le habían dejado ojeras profundas, pero también una claridad mental inusual. Carmen, por su parte, lucía inmaculada, su presencia serena un contraste con la tensión palpable de Ricardo.
La oficina de Mendoza era un estudio de poder: paredes de cristal con vistas panorámicas a la ciudad, muebles minimalistas de diseño, y un aire frío y estéril que parecía absorber cualquier emoción. Mendoza, un hombre de unos cincuenta años, con un traje impecable y una mirada calculadora, los recibió con un asentimiento breve, sin una sonrisa. Su escritorio, impecable, solo tenía una tableta y un vaso de agua.
“Ricardo, Carmen,” comenzó Mendoza, su voz monótona, “espero que esta urgencia esté justificada. Mis mañanas son val




