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Secretos

La anciana humillada en plena calle no dijo ni una palabra… hasta que la joven se dio la vuelta

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Seguimos exactamente donde quedó la escena, así que respira hondo, porque lo que viene no es lo que esperabas.

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La oficina del licenciado Ramiro Fuentes estaba en el quinto piso de un edificio del centro, un lugar que olía a papel viejo y a café recalentado. Ernestina entró sin anunciarse, empujando la puerta de vidrio esmerilado con una seguridad que contradecía su apariencia frágil.

— Buenas tardes, doña Ernestina — la recibió la secretaria, una chica joven de cabello negro recogido en un chongo apretado. — El licenciado la está esperando.

Ernestina asintió y avanzó hacia la oficina privada, ignorando el torbellino de preguntas que giraban en su cabeza. Ramiro Fuentes, un hombre de unos cincuenta años, canoso y delgado, vestido con un traje gris que le quedaba una talla más grande, la recibió con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

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— Doña Ernestina — dijo, poniéndose de pie y extendiéndole la mano. — Me preocupó su mensaje de esta mañana. Dijo que era urgente.

— Lo es, Ramiro — respondió ella, sentándose frente al escritorio sin esperar invitación. — Mis sobrinos comenzaron a mover sus fichas.

El abogado arqueó una ceja.

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— ¿Se refiere a Lucero?

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— Y a su hermano, y a toda esa manada de buitres que se hacen llamar familia.

Ernestina se quitó los lentes oscuros y los colocó sobe el escritorio con un golpe seco. Sus ojos, ahora visibles, eran de un verde intenso, casi iridiscente, que contrastaba con su cabello blanco recogido en un moño apretado. En ese momento, con la luz artificial del despacho iluminando su rostro, no parecía una anciana indefensa.

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Parecía una jugadora de ajedrez lista para dar jaque mate.

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— Lucero me empujó hoy — dijo, con una calma que helaba la sangre. — Me tiró al suelo en pleno mercado, delante de todo el mundo, gritando que soy una carga para la familia. Me dijo vieja mantenida, Ramiro. Una vieja mantenida que gasta el dinero de su papá en tonterías.

El abogado apretó los labios, conteniendo una sonrisa.

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— ¿Y qué hizo usted?

— Me caí — respondió Ernestina con un encogimiento de hombros. — Fue bastante convincente, la verdad. Hasta yo misma llegué a creérmelo por unos segundos.

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— Pero…

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— Pero nada. No me quebré ningún hueso, solo un poco de raspón en la rodilla. Y lo más importante: toda la cuadra escuchó lo que dijo mi querida sobrina. Todo el mundo vio cómo una joven fuerte empujaba a una pobre anciana desvalida al suelo.

Ramiro se reclinó en su silla, entrelazando los dedos sobre el estómago.

— Con eso solo no ganamos el caso.

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— Ya lo sé — dijo Ernestina, sacando de su bolso un sobre de manila grueso. — Pero con esto, sí.

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Lo colocó sobre el escritorio con un golpe seco.

El abogado lo tomó con reverencia, como quien toma un objeto sagrado. Lo abrió con cuidado y comenzó a revisar el contenido. Sus ojos se abrieron en un parpadeo, y luego otra vez, más grandes todavía.

— Doña Ernestina… esto es… — tartamudeó.

— El testamento de mi difunto esposo, don Filemón Montero — dijo ella, con una voz firme que no dejaba espacio para dudas. — El original, con todas sus cláusulas intactas. Y el informe completo de la investigación que mandé hacer sobre mis sobrinos, con todos sus movimientos financieros, sus deudas, sus negocios turbios y sus cuentas ocultas.

Ramiro pasó las hojas con manos temblorosas, leyendo fragmentos aquí y allá.

— Esto es… suficiente para desheredarlos por completo — murmuró.

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— Aún mejor — dijo Ernestina, inclinándose hacia adelante. — Esto es suficiente para que vayan a la cárcel por fraude, si lo deseo.

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Hubo un silencio largo, pesado, que solo fue roto por el tictac del reloj de pared.

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— Pero… usted no quiere eso — aventuró el abogado.

— No, Ramiro. Yo no quiero eso. — Ernestina se puso de pie, tomó sus lentes del escritorio y se los colocó lentamente. — Lo que yo quiero es el control de mi vida. Ya tengo setenta y cinco años, he trabajado toda mi vida, he construido un patrimonio con mis propias manos. Y no voy a dejar que un grupo de buitres hambrientos me lo arrebate. Ni a mí, ni a mis nietas.

El abogado asintió, comprendiendo.

— Mis nietas — repitió ella, con la voz quebrándose por primera vez — son lo único que me queda de mi hija. Y no voy a permitir que mis sobrinos se queden con la herencia que debería ser para ellas. Lucero ya intentó dos veces sobornar a la abogada de la familia, y no lo voy a tolerar.

— ¿Qué tenemos que hacer?

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Ernestina sonrió, y esa sonrisa tenía algo de lobo disfrazado de oveja.

— Primero, notificar a Lucero que ha sido eliminada del testamento. Pero no quiero que lo sepa por carta, ni por teléfono. Quiero que lo sepa en persona. Y quiero que usted esté presente, Ramiro. Usted y mi nuevo abogado, el licenciado Miguel Herrera, de la firma Herrera y Asociados.

Ramiro parpadeó, sorprendido.

— ¿Un nuevo abogado?

— No lo tome a mal, Ramiro. Usted ha sido un excelente abogado, pero necesito un equipo más … agresivo para esta batalla. Y necesito que mis sobrinos sepan que estoy tomando control absoluto de mis asuntos.

— Entiendo — dijo él, tragando saliva. — ¿Y cuándo quiere hacerlo?

Ernestina miró su reloj de pulsera, un Rolex de oro que había pertenecido a su esposo.

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— Ahora — dijo. — Lucero estará llegando a su casa en menos de una hora, con su cola entre las piernas, celebrando su “victoria” de hoy. Y quiero que el festejo se le convierta en velorio.

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