Continuamos con la historia donde la dejamos, el misterio apenas comienza…
Alejandro regresó a su mansión, pero el lujo que antes le resultaba indiferente ahora le parecía una jaula dorada llena de espinas. Cada rincón de la casa le recordaba a Elena, pero ahora esos recuerdos no traían tristeza, sino una paranoia electrizante.
Se sentó en su despacho, en la penumbra, sin encender las luces. Su mente trabajaba a mil por hora, repasando cada contrato, cada movimiento financiero de los últimos seis meses. Mientras él lloraba, alguien se estaba haciendo rico.
De repente, la puerta del despacho se abrió. La luz del pasillo recortó la silueta de un hombre.
—¿Alejandro? ¿Estás aquí en la oscuridad, amigo?
Era Roberto, su mejor amigo desde la infancia y el director operativo de su empresa. Roberto había sido su roca durante el duelo. Fue él quien organizó el funeral, quien se encargó de los trámites legales y quien, sutilmente, había estado sugiriendo una fusión con una empresa extranjera para “aliviar la carga de trabajo” de Alejandro.
—Solo pensaba, Roberto —dijo Alejandro, manteniendo su voz lo más plana posible—. Recordando.
Roberto se acercó y puso una mano en su hombro. Alejandro tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no apartarse de un manotazo. ¿Era Roberto? ¿Podía su hermano de vida ser capaz de tal traición?
—Mañana es un día importante para la firma —dijo Roberto con tono conciliador—. Deberías descansar. Esa fusión nos pondrá en la cima del mercado. Elena estaría orgullosa de lo que estamos logrando.
Mencionar a Elena fue el error de Roberto. Alejandro notó un ligero temblor en la voz de su amigo, un matiz de nerviosismo que nunca antes había percibido. O quizás, era que ahora Alejandro finalmente tenía los ojos abiertos.
—Tienes razón —mintió Alejandro—. Mañana todo cambiará.
Pasó la noche en vela, con un arma cargada sobre el escritorio y los ojos fijos en el reloj. A las cinco y media de la mañana, salió de la casa sin hacer ruido, utilizando el coche de uno de sus empleados de servicio para no ser rastreado.
Llegó a la vieja bodega de la calle 12 justo cuando los primeros rayos de luz grisácea empezaban a teñir el cielo. El lugar olía a humedad y a madera vieja. En el fondo, sentada sobre una caja, estaba Elena. A la luz del día, se veía aún más frágil, pero sus ojos brillaban con la determinación de una madre que protege a su cría.
—Él viene por ti, Alejandro —fue lo primero que dijo ella al verlo—. Roberto descubrió que estoy viva. Ayer, cuando me acerqué a ti, alguien me vio. Tienen gente vigilando tus movimientos desde que empezaste a ir al cementerio menos seguido. Pensaron que estabas sospechando algo.
Alejandro se arrodilló frente a ella, tomando sus manos.
—Explícame el fraude, Elena. Necesito pruebas. No puedo simplemente acusarlo.
Elena sacó un pequeño dispositivo USB de su abrigo.
—Aquí está todo. Roberto creó una red de empresas fantasma para desviar los fondos de la cuenta de reserva de la empresa. Yo lo descubrí una semana antes del supuesto accidente. Cuando lo confronté, intentó sobornarme. Como no acepté, sabotearon mi coche.
Ella hizo una pausa, su voz quebrándose por el recuerdo.
—Esa tarde, recogí a una mujer que pedía ayuda en la carretera. Tenía mi misma complexión. Cuando el coche se salió de la vía y empezó a arder, yo salí despedida por el impacto antes de la explosión. Ella… ella no tuvo suerte. Roberto llegó al lugar antes que la policía. Él vio el cuerpo irreconocible y aprovechó la oportunidad. Puso mi anillo en el dedo de esa pobre mujer y pagó al forense para que no hiciera preguntas.
Alejandro sintió náuseas. La frialdad con la que Roberto había operado, usando el cadáver de una desconocida para enterrar viva a su esposa, era algo que no podía procesar.
—Pero hay algo más, Alejandro —continuó Elena, apretando su mano—. Roberto no trabaja solo. Hay alguien arriba de él, alguien con mucho más poder político que le dio los contactos para falsificar los documentos de defunción y silenciar a las autoridades.
En ese momento, el sonido de varios motores rugiendo fuera de la bodega rompió el silencio de la mañana. Luces de faros potentes iluminaron las ventanas rotas del lugar.
—Ya están aquí —susurró Elena, el pánico volviendo a sus ojos.
Alejandro se puso de pie, interponiéndose entre la puerta y su esposa. Su mente, antes nublada por el dolor, ahora era un arma afilada. Sabía que no podía huir. Tenía que enfrentar al hombre que le había robado la vida, pero esta vez, no lo haría solo.
La puerta de la bodega se abrió de par en par con un estruendo metálico. Roberto entró, pero ya no era el amigo compasivo de la noche anterior. Vestía un traje impecable, pero sostenía una pistola con la familiaridad de alguien que ha perdido toda humanidad. Detrás de él, dos hombres corpulentos bloqueaban la salida.
—Debiste quedarte muerto, Elena —dijo Roberto con una sonrisa gélida—. Y tú, Alejandro… siempre fuiste demasiado sentimental. Te di la oportunidad de vivir en paz, de ser el viudo millonario más codiciado de la ciudad. Pero tenías que seguir buscando.
Alejandro miró a su antiguo amigo a los ojos, sin rastro de miedo.
—Lo que me pregunto, Roberto, es cómo vas a explicar esto a la junta… y a la policía que está escuchando cada palabra de esta conversación.
Roberto soltó una carcajada seca.
—¿Qué policía? He comprado a media ciudad, Alejandro. Aquí nadie te va a salvar.
Pero lo que Roberto no sabía es que Alejandro, antes de salir de su casa, había hecho una llamada que no tenía nada que ver con la policía local.
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