Continuamos con la historia donde la dejamos, en ese instante donde la vida pende de un hilo de seda.
El roce del cuerno fue como una descarga eléctrica. Elena no gritó, se quedó petrificada, sintiendo cómo la tela de su humilde blusa se desgarraba con una facilidad aterradora.
En ese preciso momento, el locutor, movido por un arranque de conciencia o quizás por el miedo a una demanda legal, bajó de su estrado y se acercó a la barandilla.
—¡Retírense! ¡Suelten los capotes! —ordenó a los ayudantes, pero era demasiado tarde; el toro ya había fijado su objetivo.
Sin embargo, lo que sucedió a continuación desafió toda lógica taurina y humana.
Elena, en lugar de encogerse, se incorporó sobre sus rodillas. Sus ojos estaban inyectados en sangre, pero no de rabia, sino de una fatiga que ya no podía esconder.
—Si me matas, ¿quién lo va a cuidar? —le dijo al toro, con una voz que de repente cobró una fuerza sobrenatural, resonando en el ruedo como si tuviera su propio eco.
El “Relámpago” retrocedió. Sus patas delanteras temblaron levemente y, por un instante, pareció que el animal estaba escuchando, procesando el dolor de esa alma rota que tenía enfrente.
El silencio en la plaza era tan denso que se podía escuchar el crujido de la madera de las gradas y el murmullo del viento entre los árboles cercanos.
De repente, un hombre joven, vestido con ropa de trabajo manchada de aceite, saltó al ruedo desde la primera fila.
No era un torero, no tenía muleta ni espada; era el hermano de Elena, que había llegado tarde a la feria y se encontraba con la escena más terrorífica de su vida.
—¡Elena! ¡Sal de ahí ahora mismo! —gritó, pero no se atrevió a acercarse más para no provocar al animal.
Elena no lo miró. Su conexión con el toro era lo único que la mantenía con vida en ese momento.
Ella sabía que si rompía el contacto visual, el hechizo de respeto mutuo se rompería y la tragedia sería inevitable.
—El niño tiene hambre, “Relámpago”… —continuó ella, susurrando—. Y yo solo quiero esa camioneta para que no le falte nada.
El toro bajó la cabeza, pero esta vez no para cornear, sino para olfatear la mano de Elena, que seguía extendida en el aire.
Fue un momento de una belleza cruda y perturbadora. La mujer y la bestia, unidas por una tragedia que nadie más podía entender.
El público empezó a reaccionar. No con abucheos, sino con un aplauso lento, rítmico, que fue creciendo en intensidad.
—¡Denle el premio! ¡Ya se lo ganó! —empezó a gritar una mujer desde lo alto de la plaza.
—¡Que se lo den! ¡Que se lo den! —se unió el resto de la multitud, transformando el ambiente de un coliseo romano en un santuario de solidaridad.
El locutor, viendo que la situación se le escapaba de las manos y que la marca patrocinadora de la camioneta estaba quedando mal ante miles de personas, tomó una decisión desesperada.
—¡Atención a todos! ¡El desafío era torear al animal, y esta mujer ha hecho algo que ningún torero en la historia ha logrado! —bramó por los altavoces—. ¡Ha toreado al miedo mismo!
Elena sintió que las fuerzas la abandonaban. El subidón de adrenalina estaba dejando paso a un cansancio mortal.
El toro, como si entendiera que su papel en esa obra había terminado, dio media vuelta con una parsimonia majestuosa y caminó hacia los corrales, dejando a la mujer sola en medio del ruedo.
Su hermano corrió hacia ella y la tomó en brazos justo antes de que se desplomara sobre la arena.
—Lo hice, Beto… dime que lo hice —alcanzó a decir Elena antes de cerrar los ojos, vencida por la tensión.
La llevaron a la enfermería de la plaza mientras la gente seguía gritando su nombre. El locutor, sudoroso y visiblemente afectado, se acercó a la puerta de la pequeña sala médica.
Tenía en sus manos una carpeta con papeles y una llave con un llavero de cuero que tenía el logo de la camioneta.
Sin embargo, detrás de él, dos hombres de traje oscuro y anteojos de sol se abrieron paso con brusquedad.
Eran los representantes de la aseguradora y de la concesionaria de vehículos que patrocinaba el evento.
—Esa mujer no siguió las reglas —dijo uno de ellos con voz gélida—. El contrato dice claramente que debe haber un “enfrentamiento activo” y un “uso de los implementos de lidia”. Ella solo se quedó ahí parada.
El locutor los miró con incredulidad. La plaza seguía rugiendo afuera, pidiendo justicia para la valiente mujer.
—Ustedes no entienden… si no le damos esa camioneta, este pueblo va a incendiar la plaza —replicó el locutor, bajando la voz.
—No es nuestro problema. Las reglas son las reglas. No hay premio para quien no cumple el reglamento —sentenció el hombre de traje, guardando un bolígrafo en su bolsillo superior.
Dentro de la enfermería, Elena recuperaba el sentido. Escuchó las voces que venían del pasillo y su corazón se hundió de nuevo en el pecho.
Había arriesgado su vida, se había puesto a milímetros de la muerte, y ahora, por una cuestión técnica, querían arrebatarle la esperanza de salvar a su hijo.
Se levantó de la camilla, ignorando el dolor de sus costillas y el mareo que la hacía tambalear.
—Beto, ayúdame —le pidió a su hermano, señalando la puerta.
Salió al pasillo con la frente en alto, cubierta de polvo y con la blusa rota, pero con una dignidad que hacía que los hombres de traje parecieran pequeños y miserables.
—Ustedes dicen que no hubo enfrentamiento —dijo Elena, interrumpiéndolos—. Pero no saben lo que es enfrentarse a la muerte cuando no tienes nada que perder.
Los hombres la miraron con desdén, pero antes de que pudieran responder, un murmullo empezó a recorrer el pasillo.
El dueño de la plaza, un anciano de pocas palabras pero de gran fortuna, se acercaba caminando lentamente con su bastón.
Todos guardaron silencio. Su palabra en ese pueblo era ley, y su mirada sobre Elena fue larga y profunda.
—Dígame una cosa, señora —dijo el anciano—. ¿Por qué no corrió? Todos los demás corrieron.
Elena lo miró a los ojos y, con una sinceridad que cortaba el aire, le dio la respuesta que nadie esperaba.
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