Continuamos con la historia justo en el momento en que la tensión estaba a punto de estallar…
El Cuervo apretó el mango de su navaja. La humillación de sentirse intimidado por un anciano frente a sus hombres estaba empezando a hervirle en la sangre.
—¡A la mierda con esto! —gritó el líder, lanzando un tajo al aire a pocos centímetros del rostro de Aurelio—. ¡Dame el reloj ahora o te abro de arriba abajo!
Elena, la mesera, soltó un grito ahogado y se escondió detrás de la cafetera industrial.
Sin embargo, Aurelio ni siquiera se echó hacia atrás. Permaneció inmóvil, observando la hoja de acero con una indiferencia que empezó a poner nerviosos a los otros pandilleros.
—¿Saben cuál es el problema de su generación? —preguntó Aurelio, cruzando los brazos sobre el pecho—. Creen que el poder reside en el ruido que hacen. En las chaquetas de cuero, en los tatuajes y en los gritos.
Hizo una pausa y miró directamente a los ojos del Cuervo, quien por primera vez sintió un escalofrío recorriéndole la espalda.
—El verdadero poder —continuó Aurelio— es el silencio. Es saber que no necesitas gritar para que el mundo se detenga cuando tú lo pides.
—¡Cállate la boca! —rugió el flaco de la cicatriz, lanzándose hacia adelante para agarrar el teléfono de la mesa.
Pero antes de que sus dedos pudieran rozar el dispositivo, un sonido sordo y rítmico empezó a vibrar en las ventanas de cristal del restaurante.
Thump… Thump… Thump…
Al principio, los motociclistas pensaron que era el motor de algún camión de carga pesada pasando por la carretera. Pero el sonido no se alejaba. Se hacía más fuerte, más presente, hasta que el suelo mismo empezó a temblar bajo sus pies.
—¿Qué demonios es eso? —preguntó uno de los pandilleros, mirando hacia la puerta de cristal que daba al estacionamiento oscuro.
Las luces de neón del restaurante parpadearon y se apagaron por un segundo, dejando el lugar sumergido en una penumbra inquietante.
Cuando la luz regresó, el estacionamiento ya no estaba vacío.
Tres camionetas negras, blindadas y sin placas, se habían detenido en formación de arco, bloqueando por completo las motocicletas de la pandilla.
Las puertas de las camionetas se abrieron simultáneamente con una precisión militar.
De su interior descendieron hombres vestidos completamente de negro. No llevaban uniformes de policía. Llevaban equipo táctico de última generación: cascos de Kevlar, visores nocturnos levantados y rifles de asalto sujetos al pecho con correas de seguridad.
—¡La policía! —gritó el flaco, retrocediendo hacia la cocina.
—No —dijo Aurelio, tomando finalmente un sorbo de su café, que ya debía estar frío—. La policía hace preguntas y llena formularios. Ellos solo cumplen órdenes.
El Cuervo, tratando de recuperar su valor, se acercó a la ventana.
—¡Somos cinco! ¡Ellos no pueden entrar aquí así nada más! ¡Esto es propiedad privada! —bramó, aunque su voz temblaba visiblemente.
En ese instante, varios puntos de luz roja aparecieron en el pecho de El Cuervo. Eran punteros láser, perfectamente centrados en su corazón y su frente.
Los puntos rojos también aparecieron en los demás pandilleros. Uno, dos, tres por cada uno de ellos.
La puerta principal del restaurante se abrió con una suavidad aterradora.
Un hombre alto, con el cabello cortado al ras y una cicatriz que le dividía la ceja izquierda, entró caminando con la seguridad de quien es dueño del lugar.
No llevaba arma en las manos, pero su sola presencia emanaba una amenaza mayor que la de todos los rifles afuera. Se detuvo a dos metros de la mesa de Aurelio y se cuadró, inclinando levemente la cabeza.
—Señor —dijo el hombre, cuya voz sonaba como piedra rozando contra piedra—. El perímetro está asegurado. Mis disculpas por la demora de tres minutos. El tráfico en el puente estaba pesado.
Aurelio asintió y señaló con un gesto lánguido a El Cuervo, quien seguía petrificado con la navaja en la mano.
—Lucifer, estos jóvenes tienen un interés muy particular en mi reloj —comentó Aurelio con un tono casi conversacional—. Y parece que también tienen dificultades para entender el concepto de “tiempo de gracia”.
Lucifer se giró hacia El Cuervo. No hubo necesidad de palabras. La mirada del recién llegado era tan vacía de emoción que el líder de los motociclistas dejó caer la navaja al suelo. El sonido del metal chocando contra la baldosa resonó como una campana de funeral.
—¿Quiénes son ustedes? —logró articular El Cuervo, con el rostro pálido—. ¿Qué quieren?
—Lo que nosotros queramos es irrelevante —respondió Lucifer, dando un paso hacia él—. Lo único que importa es lo que el señor Aurelio decida hacer con sus miserables vidas.
Los otros cuatro motociclistas ya habían levantado las manos. El de la cicatriz estaba temblando tanto que sus rodillas chocaban entre sí. La bravuconería se había evaporado, reemplazada por un terror primitivo.
Aurelio se levantó de su asiento. Se ajustó la chaqueta, se pasó la mano por el cabello canoso y miró a su alrededor.
—Elena —llamó Aurelio a la mesera, que seguía escondida.
La joven asomó la cabeza, con los ojos muy abiertos.
—¿Cuánto les debo por el café y el mal rato? —preguntó el anciano con una sonrisa amable.
—No… nada, señor. Por favor, solo… —balbuceó ella.
Aurelio sacó un fajo de billetes de cien dólares de su bolsillo y dejó cinco de ellos sobre la mesa.
—Eso es por el café, por la propina y por el susto. Lamento que hayas tenido que ver esto. Mañana, busca un lugar mejor para trabajar. Dile al dueño que Aurelio paga tu liquidación.
Luego, se volvió hacia los pandilleros, que ahora estaban rodeados por tres hombres tácticos que habían entrado en silencio absoluto.
—Ustedes querían ver qué había detrás de este viejo —dijo Aurelio, caminando hacia la salida—. Ahora lo saben. Pero el conocimiento tiene un precio.
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