Estás en la parte 2: la historia continúa y la tensión está a punto de llegar a su límite…
El Toro trastabilló, el peso de su propio golpe fallido lo arrastró hacia adelante. Mateo, con una economía de movimiento asombrosa, no aprovechó para golpearlo de inmediato. En lugar de eso, dio un paso lateral, manteniendo su guardia perfecta, observando a su oponente con una frialdad analítica.
—Tu técnica es basura —dijo Mateo con una voz que no temblaba—. Usas la fuerza porque no tienes control. En este lugar, eso es lo que te mantiene vivo, pero frente a mí, es lo que te va a hundir.
La humillación dolió más que cualquier golpe. El Toro se dio la vuelta, con la cara roja y las venas de la frente a punto de estallar. Sus seguidores, un grupo de hombres curtidos por mil batallas, empezaron a murmurar. La autoridad del líder se estaba agrietando ante sus ojos, y en la cárcel, una grieta es una sentencia de muerte.
—¡Maldito mocoso! —rugió El Toro, lanzando una serie de golpes desordenados con el bate, como si intentara espantar a una avispa.
Mateo esquivaba cada uno de ellos con una elegancia que parecía sacada de una coreografía. Un paso atrás, una inclinación de cabeza, un pivote sobre su pie izquierdo. Era como si pudiera ver el futuro, como si cada movimiento del gigante estuviera escrito en el aire segundos antes de ocurrir.
En la mente de Mateo, los recuerdos de su vida anterior golpeaban con la misma fuerza que los ataques del Toro. Recordaba el gimnasio de su padre, el olor a sudor y cuero viejo, las horas interminables perfeccionando el “timing”. Recordaba las palabras de su progenitor: “El verdadero guerrero no es el que busca la pelea, sino el que sabe terminarla antes de que el primer golpe toque su piel”.
Mateo no estaba en esa prisión por ser un criminal. Estaba allí por un error judicial, por defender a su hermana de un grupo de abusadores que tenían mejores contactos que él. Había jurado no volver a usar sus manos para dañar a nadie, pero en este lugar, la supervivencia no era una opción, era una obligación.
El Toro, agotado por el esfuerzo y la frustración, bajó el bate un segundo para recuperar el aliento. Ese fue su error final.
Mateo cerró la distancia en un parpadeo. No usó sus puños. Usó la palma de su mano derecha para desviar el bate y, con un movimiento fluido de su cadera, conectó un golpe de rodilla ascendente que impactó directamente en el plexo solar del gigante.
El sonido fue como el de una bolsa de harina cayendo al suelo. El Toro se dobló por la mitad, el bate se le escapó de las manos y rodó por el cemento. El líder de la prisión intentó inhalar, pero sus pulmones se habían bloqueado. Cayó de rodillas, con los ojos desorbitados, mirando a Mateo como si estuviera viendo a un espectro.
—No quiero tu lugar —dijo Mateo, acercándose al oído del hombre caído—. No quiero tu comida, ni tus cigarrillos, ni tu respeto barato. Solo quiero que me dejes en paz. A mí y a cualquiera que decidas molestar hoy.
El patio estaba en un silencio absoluto. Ni siquiera los guardias se movían. Todos estaban procesando lo que acababa de ocurrir: el rey del pabellón había sido derribado por un novato sin soltar un solo puñetazo al rostro.
Pero la historia no terminó ahí. En la sombra de las gradas, “El Coronel”, un hombre mayor que realmente manejaba los hilos de la prisión desde las sombras, observaba con interés. Hizo una seña a dos de sus hombres. Sabía que un talento como el de Mateo no podía desperdiciarse, pero también sabía que el orgullo herido del Toro era una bomba de tiempo.
De repente, un grito desgarrador rompió el silencio. No era de dolor, sino de traición. Uno de los lugartenientes del Toro, viendo una oportunidad para escalar en la jerarquía, sacó un “chuzo” (un arma blanca artesanal) y se lanzó por la espalda de Mateo mientras este le daba la espalda al líder caído.
—¡Cuidado! —gritó alguien desde la multitud.
Mateo sintió el cambio en la presión del aire detrás de él. Sus instintos, forjados en años de entrenamiento de élite, se activaron antes que su pensamiento consciente. Se agachó, permitiendo que la hoja de metal pasara por encima de su cabeza, y agarró la muñeca del atacante con una presa de hierro.
Con un giro seco de su cuerpo, aplicó una palanca que hizo que el hueso del antebrazo del atacante crujiera de forma audible. El arma cayó al suelo. Mateo no se detuvo; barrió las piernas del traidor y lo inmovilizó contra el suelo en una fracción de segundo, presionando un punto nervioso en el cuello que lo dejó inconsciente al instante.
Mateo se puso de pie, su pecho subiendo y bajando con calma. Miró a su alrededor. Cientos de ojos lo observaban con una mezcla de miedo y una nueva clase de respeto: uno basado no en la crueldad, sino en la maestría.
—¿Alguien más? —preguntó, con una voz que resonó en las paredes de concreto.
Nadie se movió. Ni siquiera los guardias, que finalmente decidieron intervenir, se acercaron con la agresividad habitual. Sabían que estaban ante alguien diferente.
Sin embargo, justo cuando Mateo pensaba que la situación estaba bajo control, las puertas del pabellón se abrieron con un estruendo. El director de la prisión, un hombre conocido por su crueldad y por sus negocios turbios, entró rodeado de un escuadrón de respuesta rápida. Sus ojos se fijaron en Mateo y luego en el Toro, que aún intentaba respirar en el suelo.
—Llévense al chico a “La Caja” —ordenó el director con una sonrisa maliciosa—. Parece que tenemos a un profesional entre nosotros. Y a los profesionales hay que tratarlos de forma especial.
El corazón de Mateo se hundió. Sabía que “La Caja” era el lugar donde los hombres entraban cuerdos y salían rotos. Pero lo que no sabía era que, dentro de esa oscuridad, le esperaba una revelación que cambiaría su vida y la de todos en esa prisión para siempre.
Descubre el desenlace final tocando el botón siguiente 👇





