Continuamos con la historia justo en el momento en que el destino de Mateo parecía sellado por la violencia…
El brazo de El Cuervo descendió con una velocidad aterradora, pero en el último microsegundo, algo lo detuvo. No fue una mano externa, ni la intervención de un guardia. Fue el propio Mateo quien, sin intentar cubrirse la cara, movió el cuello apenas unos milímetros y susurró tres palabras que congelaron la sangre del líder.
—Hazlo por Elena.
El arma artesanal se detuvo a un suspiro de la yugular de Mateo. El Cuervo se quedó petrificado, con los ojos abiertos de par en par, como si hubiera visto un fantasma surgir del vapor de las lavanderías. El Tanque y los otros hombres se miraron entre sí, confundidos por la repentina parálisis de su jefe.
—¿Qué… qué dijiste? —preguntó El Cuervo, y por primera vez en años, su voz no sonó como una amenaza, sino como un lamento quebrado.
Mateo, a pesar de estar de rodillas y rodeado de enemigos, mantuvo la mirada fija en los ojos del gigante tatuado.
—Elena —repitió Mateo con más firmeza—. Ella me pidió que si alguna vez terminaba aquí, te dijera que el jardín de la casa de la calle 12 todavía tiene los jazmines que tú plantaste antes de que todo se fuera al diablo.
El Cuervo retrocedió dos pasos, soltando el arma improvisada, que tintineó en el suelo de cemento con un sonido metálico que pareció retumbar en todo el pasillo. Sus hombres se quedaron desconcertados. Nunca habían visto a “El Jefe” mostrar ni un ápice de debilidad, y mucho menos ante un “pichón” recién ingresado.
—¡Jefe! ¿Qué le pasa? ¡Déjeme que yo lo quiebre! —exclamó El Tanque, lanzándose hacia Mateo con el puño en alto.
—¡Atrás! —rugió El Cuervo con una autoridad que hizo que El Tanque frenara en seco—. ¡Nadie lo toca! El que le ponga una mano encima, se las verá conmigo personalmente.
El silencio volvió a reinar, pero esta vez era un silencio cargado de una duda eléctrica. El Cuervo se acercó de nuevo a Mateo, pero ya no había agresividad en sus movimientos. Se agachó para estar a su altura, ignorando las miradas de desaprobación de su propia banda.
—¿Cómo conoces a mi hermana? —susurró El Cuervo, con una angustia que intentaba ocultar tras su máscara de tipo duro—. Hace diez años que no sé nada de ella. Diez años en los que me dijeron que ella no quería saber nada de un criminal como yo.
Mateo suspiró, sintiendo cómo la adrenalina empezaba a bajar, dejando espacio para un cansancio profundo.
—Ella nunca dejó de quererte, Rodrigo —dijo Mateo, usando el nombre de pila que nadie en la prisión se atrevía a pronunciar—. Ella sabía que cometiste errores, pero también sabía por qué lo hiciste. Pasé los últimos tres años cuidando de ella en el hospital. Yo era su enfermero.
El Cuervo bajó la cabeza. Sus manos, marcadas por mil batallas carcelarias, empezaron a temblar ligeramente. La mención de su hermana, el único vínculo puro que le quedaba con el mundo exterior, había perforado la armadura de odio que había construido durante una década.
—Ella… ¿cómo está ella? —preguntó El Cuervo, con el temor de quien espera la peor de las noticias.
Mateo guardó silencio por un momento, un silencio que pesaba más que las paredes de la prisión. Las lágrimas asomaron en los ojos del joven recluso, y en ese momento, El Cuervo supo la respuesta antes de que las palabras salieran.
—Ella se fue hace dos meses, Rodrigo —dijo Mateo suavemente—. Pero antes de irse, me hizo prometerle algo. Ella sabía que mi caso era injusto, que yo terminaría aquí por un error judicial que no pude costear. Me dijo que te buscara. Me dijo que, a pesar de todo, tú tenías un corazón que valía la pena rescatar de este infierno.
El Cuervo sollozó. Fue un sonido ahogado, casi imperceptible, pero para sus hombres fue como si el cielo se estuviera cayendo. El líder indiscutible de la banda más peligrosa de la sección, el hombre que no se inmutaba ante las puñaladas o los traslados a la celda de castigo, estaba llorando por un enfermero que acababa de conocer.
—Me trajo un mensaje —continuó Mateo, ignorando el peligro de la situación—. Me dijo que te perdonaras. Que ya habías pagado suficiente y que no dejaras que este lugar terminara de convertirte en el monstruo que todos creen que eres.
El Cuervo se levantó lentamente. Miró a sus hombres, que lo observaban con una mezcla de miedo y desprecio. En la prisión, la debilidad se paga con la vida, y él acababa de mostrarse vulnerable ante el enemigo y ante sus propios subordinados.
—Váyanse —ordenó El Cuervo a su banda—. Déjenos solos.
—Pero Jefe… —empezó a protestar El Tanque.
—¡He dicho que se larguen! —el grito de El Cuervo resonó en las tuberías, haciendo que los hombres se dispersaran rápidamente, aunque con miradas de resentimiento que prometían problemas futuros.
Cuando se quedaron solos en medio del vapor y el olor a lejía, El Cuervo le tendió la mano a Mateo para ayudarlo a levantarse. El joven la aceptó, sintiendo la fuerza bruta de aquel hombre que ahora parecía un niño perdido.
—Me dijiste que tu caso fue injusto —dijo El Cuervo, recobrando un poco su compostura—. Cuéntame por qué estás aquí. Si Elena confiaba en ti, yo también lo hago. Y en este lugar, mi confianza es lo único que te separa de la morgue.
Mateo se limpió el polvo de los pantalones. Sabía que había ganado una batalla, pero la guerra por su supervivencia apenas comenzaba. Le contó a El Cuervo cómo, en un intento por salvar a un paciente en una zona conflictiva, fue acusado de complicidad con bandas locales. Sin dinero para un buen abogado y con un sistema que necesitaba culpables rápidos, terminó con una condena de quince años.
—Así que eres un hombre bueno en un lugar de hombres malos —concluyó El Cuervo con una sonrisa amarga—. Eso es peligroso, Mateo. Aquí, la bondad es como el azúcar para las hormigas; atrae a los que quieren devorarte.
—No me importa —respondió Mateo—. Ya cumplí con Elena. Si muero mañana, moriré sabiendo que su hermano sabe la verdad.
El Cuervo miró hacia el patio, donde los guardias empezaban a organizar el regreso a las celdas. Sabía que su posición como líder estaba en riesgo. El Tanque y los otros no olvidarían lo que vieron. El respeto se basa en el miedo, y el miedo se había desvanecido.
—No vas a morir —dijo El Cuervo con una determinación feroz—. Pero las cosas se van a poner muy feas. Mis hombres creen que me he vuelto blando. Van a intentar golpearme a mí a través de ti.
En ese momento, una sirena estridente cortó el aire. Era el aviso de un disturbio en otro sector, pero las puertas del patio se cerraron de golpe, dejando a todos los presos encerrados afuera mientras los guardias corrían hacia la emergencia.
—Es una trampa —susurró El Cuervo, viendo cómo El Tanque y un grupo más grande de reclusos se acercaban nuevamente hacia ellos, esta vez armados con cuchillos largos y pesados—. Aprovecharon el disturbio para quitarnos del camino.
Mateo miró a su alrededor. Estaban acorralados contra el muro de la lavandería. No había guardias a la vista y el grupo de atacantes superaba los veinte hombres.
—Prepárate, Mateo —dijo El Cuervo, poniéndose en posición de combate y recogiendo su arma del suelo—. Hoy vamos a ver si realmente Elena tenía razón sobre mí.
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