Continuamos con la historia justo en el momento en que el círculo de acero se cierra sobre el soldado…
El ataque simultáneo fue brutal. Tres hombres por el frente, dos por la espalda. Cualquier otro hombre habría sucumbido en cuestión de segundos, aplastado por el peso y la furia de los atacantes. Pero Mateo no era cualquier hombre. Había sido forjado en el crisol de las operaciones negras, donde la supervivencia no es una opción, sino una disciplina diaria.
Cuando el primer atacante intentó sujetarlo por el cuello, Mateo bajó su centro de gravedad. Con un movimiento de cadera que parecía sacado de un manual de física, hizo que el peso del agresor trabajara en su contra. Un golpe seco con el codo en el plexo solar dejó al segundo hombre de rodillas, buscando desesperadamente un oxígeno que sus pulmones se negaban a procesar.
El tercero intentó una patada baja, buscando romper la rodilla del soldado. Mateo la bloqueó con la espinilla, un choque de hueso contra hueso que habría hecho gritar a cualquiera, pero él ni siquiera parpadeó. De inmediato, lanzó un golpe de palma abierta al mentón del atacante. El chasquido de la mandíbula al cerrarse se escuchó en todo el patio.
—¡Mátenlo! ¡He dicho que lo maten! —rugía El Toro, cuya cara ya no era de triunfo, sino de un pánico mal disfrazado.
El círculo de reclusos que observaba estaba en trance. Nunca habían visto nada igual. Mateo se movía como el agua: fluido cuando era necesario, pero duro como el hielo cuando golpeaba. No desperdiciaba energía. Cada movimiento tenía un propósito. Cada paso era calculado.
Sin embargo, la superioridad numérica empezó a pasar factura. Uno de los hombres logró sujetar a Mateo por los brazos desde atrás, mientras otro se preparaba para descargar un puñetazo en sus costillas. Fue entonces cuando el instinto de supervivencia del soldado se transformó en algo más oscuro, algo que había jurado dejar atrás cuando entregó su uniforme.
Mateo dio un cabezazo hacia atrás, impactando directamente en el tabique nasal del hombre que lo sujetaba. El crujido fue asqueroso. Sintió la sangre caliente salpicar su nuca, pero no se detuvo. Al quedar libre, giró sobre su propio eje y atrapó el brazo del atacante que venía por delante. Con una torsión técnica y precisa, se escuchó el seco pop de un hombro fuera de su lugar.
El hombre cayó al suelo sollozando, agarrándose el brazo inútil. En menos de dos minutos, cinco de los mejores hombres del Toro estaban fuera de combate. Solo quedaba uno, el más joven, que temblaba visiblemente con un trozo de metal afilado en la mano. Una “punta” carcelaria, hecha de una cuchara afilada.
—Suéltala —dijo Mateo. Sus ojos ahora no eran grises, eran negros, profundos como un abismo—. No quieres cargar con lo que vendrá después si intentas usar eso.
El joven miró a Mateo, luego miró al Toro, y finalmente miró a sus compañeros retorciéndose en el suelo. El miedo venció a la lealtad. Soltó el arma improvisada, que tintineó contra el suelo, y retrocedió con las manos en alto.
El silencio volvió a caer sobre el patio, pero esta vez era diferente. Era el silencio que precede a la caída de un rey.
Mateo se giró lentamente hacia El Toro. El líder de la prisión estaba solo. Sus “perros” habían fallado. La jerarquía que había construido durante una década se estaba desmoronando ante sus ojos, no por una rebelión masiva, sino por la voluntad de un solo hombre que se negaba a ser una víctima.
—Ahora tú y yo —dijo Mateo, dando un paso adelante—. Sin hombres. Sin armas. Solo tú y la realidad que has estado evitando: que sin ese miedo que infundes, no eres nada.
El Toro, acorralado por su propio ego, sacó una navaja que tenía escondida en el cinturón. Era una infracción grave, incluso para los estándares de esa prisión, pero ya no le importaba el reglamento. Si perdía esta pelea, su vida en “La Fortaleza” se habría acabado. Nadie sigue a un líder que ha sido humillado.
—Voy a sacarte las entrañas, soldado de juguete —amenazó El Toro, lanzándose hacia adelante con una embestida salvaje.
Mateo no retrocedió. Esperó hasta el último milisegundo. Cuando la punta de la navaja estaba a escasos centímetros de su estómago, hizo un movimiento de pivote. Atrapó la muñeca del Toro con una mano y su cuello con la otra. La fuerza del impacto fue tal que ambos rodaron por el suelo, pero Mateo siempre mantuvo el control.
En el suelo, la lucha fue visceral. El Toro era una masa de músculo bruto, pero Mateo era una máquina de precisión. El soldado logró desarmar al gigante, lanzando la navaja lejos, hacia la alcantarilla del patio. Luego, se posicionó encima de él, manteniendo una presión constante sobre la carótida.
—Podría terminar esto ahora mismo —susurró Mateo al oído del Toro, mientras los ojos del gigante empezaban a desorbitarse por la falta de riego sanguíneo—. Podría hacer que este fuera tu último día. Pero yo no soy como tú. Yo no mato por placer, ni por poder.
En ese preciso instante, las alarmas de la prisión estallaron. Las puertas pesadas del bloque C se abrieron y decenas de guardias con equipo antidisturbios irrumpieron en el patio. El gas lacrimógeno empezó a llenar el aire con su neblina picante.
—¡Al suelo! ¡Todos al suelo! —gritaban los oficiales por los megáfonos.
Mateo soltó al Toro, quien tosió violentamente, tratando de recuperar el aliento y la dignidad perdida. El soldado se puso de pie lentamente, levantando las manos. Un guardia se le acercó y lo golpeó con la porra en las costillas, obligándolo a arrodillarse. Mateo no opuso resistencia. Aceptó el golpe como el precio de su victoria.
Mientras lo esposaban y lo arrastraban hacia las celdas de castigo, Mateo cruzó su mirada con la del Alcaide, que observaba todo desde el balcón de la administración. No hubo palabras, pero hubo un reconocimiento. El Alcaide sabía quién era Mateo. Sabía por qué estaba allí realmente.
El conflicto no había terminado. Solo se había suspendido en el aire, como la nube de gas que cubría el patio. El Toro seguía vivo, humillado pero vivo, y en una prisión, el orgullo herido es más peligroso que cualquier arma.
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