Estás en la parte 2: la historia continúa y la tensión está a punto de estallar…
El tiempo pareció detenerse en el Pabellón 4. La “Abuela” Marta se frotó los ojos, sin creer lo que veía. Nadie, en los cinco años que Rebeca llevaba gobernando aquel infierno, se había atrevido a tocarla, mucho menos a detener un golpe con semejante facilidad.
Rebeca intentó zafarse, pero cuanto más tiraba, más sentía que su brazo estaba atrapado en una prensa hidráulica. El dolor empezó a irradiar desde su muñeca hacia el hombro. Sus “guardaespaldas”, la Flaca y Sonia, dieron un paso adelante, recuperándose de la impresión inicial.
—¡Suéltala, maldita! —gritó Sonia, lanzándose hacia Elena con toda su masa corporal.
Elena no perdió la compostura. Usando el propio impulso de Rebeca, giró sobre su propio eje. En un movimiento fluido que recordaba a los videos de entrenamiento táctico que solo los altos mandos militares conocen, Elena proyectó el cuerpo de Rebeca contra el de Sonia. Ambas chocaron y cayeron al suelo en un amasijo de extremidades y gritos.
La Flaca, más ágil, sacó una “punta” —un arma blanca improvisada hecha con el mango de un cepillo de dientes afilado— que llevaba escondida en la pretina de su pantalón. El brillo del metal artesanal bajo las luces amarillentas del techo hizo que las demás internas retrocedieran hacia las paredes.
—Ahora sí te vas a morir —siseó la Flaca, lanzando una estocada hacia el abdomen de Elena.
Elena ni siquiera cambió su ritmo respiratorio. Sus ojos evaluaron la trayectoria del ataque antes de que el brazo de la Flaca terminara de extenderse. Con un movimiento lateral mínimo, esquivó la punta. Antes de que la agresora pudiera reaccionar, Elena aplicó un golpe seco con el canto de la mano en el nervio braquial de la Flaca.
El arma cayó al suelo con un tintineo metálico que resonó en todo el pabellón. La Flaca se sujetó el brazo, que ahora colgaba inútil a su costado, mientras su rostro se desencajaba por el choque nervioso.
Elena se quedó en el centro de la celda, rodeada por las tres mujeres que un minuto antes eran las dueñas del lugar. No estaba despeinada. No estaba jadeando. Parecía un ángel exterminador en medio de un campo de batalla.
Rebeca, humillada y furiosa, se puso de pie lentamente. El odio en sus ojos era puro veneno. Se limpió un hilo de sangre que corría por su labio y miró a su alrededor. Se dio cuenta de que las demás internas ya no la miraban con el temor habitual, sino con una curiosidad morbosa. Su imperio se estaba desmoronando por culpa de una desconocida.
—Crees que sabes pelear, ¿verdad? —dijo Rebeca, recuperando su tono amenazante—. Esto no es un gimnasio, nena. Aquí salimos en bolsas de basura.
Rebeca se lanzó de nuevo, pero esta vez no buscó un golpe limpio. Buscó los ojos de Elena, buscó el cabello, buscó cualquier cosa que pudiera morder o desgarrar. Era la furia de un animal acorralado.
Elena esperó. Dejó que Rebeca se acercara lo suficiente como para sentir su aliento fétido. En el último instante, Elena se agachó, pasó por debajo del brazo de Rebeca y la tomó por el cuello desde atrás en una maniobra de sumisión perfecta conocida como “mata-león”.
En segundos, el rostro de Rebeca pasó de un rojo furioso a un morado pálido. Sus manos arañaban los brazos de Elena, pero era como intentar arañar el granito. Elena no apretaba para matar, sino para demostrar quién tenía el control absoluto de la vida y la muerte en ese espacio de tres por tres metros.
—Escúchame bien —dijo Elena al oído de Rebeca, con una calma que aterraba más que cualquier grito—. Yo no vine aquí a buscar problemas. Vine a cumplir una condena injusta y a salir para recuperar a mi hija. Pero si vuelves a cruzarte en mi camino, si vuelves a tocar mis cosas o a amenazar a alguien en mi presencia, te juro que desearás no haber nacido.
Elena la soltó de golpe. Rebeca cayó de rodillas, tosiendo violentamente y buscando aire desesperadamente. Las manos le temblaban. La “Jefa” del pabellón estaba reducida a una sombra de lo que fue.
Elena caminó hacia donde estaba su bolso. Con una parsimonia increíble, recogió la fotografía de su hija. La limpió cuidadosamente con la manga de su uniforme gris, quitándole el rastro de la bota de Rebeca. La besó y la guardó de nuevo en su bolso.
—¿Quién eres tú? —preguntó la “Abuela” Marta desde su rincón, con la voz quebrada por el asombro.
Elena se volvió hacia ella. Sus ojos, que antes eran cuchillos, se suavizaron un poco al ver a la anciana.
—Alguien que olvidó que el mundo es un lugar salvaje hasta que me lo recordaron por la fuerza —respondió Elena—. Pero antes de ser “la nueva”, fui instructora de defensa personal en la academia de policía. Y antes de eso, estuve en una unidad de inteligencia que tú no querrías conocer.
Un murmullo recorrió las celdas. “Es policía”, susurraron algunas con desconfianza. “Es una espía”, dijeron otras con admiración. Pero la realidad era mucho más profunda y dolorosa, algo que Elena solo revelaría cuando el sol volviera a salir por las pequeñas rendijas del techo.
De repente, el sonido de las botas de los guardias resonó en el pasillo. Alguien había dado la alarma. Las luces comenzaron a parpadear y el silbato de emergencia cortó el aire como un látigo.
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