Continuamos con la historia donde la dejamos, con el corazón en un hilo ante el destino de Mateo…
El cuerpo de Mateo golpeó la arena con un impacto sordo que le sacó todo el aire de los pulmones.
El mundo empezó a dar vueltas.
El cielo azul se mezclaba con el ocre del suelo mientras el sabor metálico de la sangre inundaba su boca.
A lo lejos, como si estuviera bajo el agua, escuchó las carcajadas de Don Aurelio y los gritos de asombro de los peones.
—¡Ahí tienes tu millón, muchacho! —se burló el patrón, limpiándose las lágrimas de la risa—.
—¡En el cielo no vas a necesitar tanta plata!
Mateo intentó levantarse, pero un dolor agudo en las costillas lo obligó a hincarse de nuevo.
El toro no se había detenido.
Tras el primer golpe, el animal había dado la vuelta y ahora se preparaba para la carga final.
Sus pezuñas golpeaban rítmicamente el suelo, preparándose para pisotear lo que quedaba del joven.
—Levántate… —se dijo Mateo a sí mismo, apretando los dientes hasta que crujieron—.
—Si te mueres hoy, ella también morirá.
El pensamiento de su madre, sola en esa choza con techo de paja, esperando que su hijo trajera el milagro que los salvaría, le inyectó una dosis de adrenalina pura.
Con un esfuerzo sobrehumano, se puso en pie justo cuando el toro iniciaba su carrera.
Esta vez, Mateo no intentó huir.
Sabía que no podía ser más rápido que la bestia.
En lugar de eso, se quedó quieto, abriendo los brazos en un gesto de entrega total.
Los presentes se quedaron mudos.
Incluso Don Aurelio dejó de reír, sintiendo un escalofrío que no pudo explicar.
Había algo en la postura del joven que emanaba una autoridad antigua, algo que no pertenecía a ese lugar.
—¡Mátame si quieres! —gritó Mateo, su voz quebrada pero potente—.
—¡Pero mírame a los ojos antes de hacerlo! ¡Mira lo que Don Aurelio ha hecho de nosotros!
El toro estaba a escasos metros.
El polvo que levantaba cegaba a Mateo, pero él no cerró los ojos.
Y entonces, ocurrió lo increíble.
A menos de un metro del joven, el animal clavó sus patas delanteras en la arena, frenando en seco con una violencia que hizo crujir sus articulaciones.
El hocico del toro quedó a centímetros del pecho de Mateo.
El vapor que salía de sus fosas nasales empapó la camisa del joven.
El silencio que siguió fue más ruidoso que cualquier grito.
Nadie respiraba.
Don Aurelio se puso de pie, apretando el barandal de madera con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
—¿Qué pasa? —susurró el patrón, su voz temblando de rabia y confusión—.
—¡Esa bestia es un asesino! ¡Mátenlo ya! ¡Saquen las armas!
Pero los peones, hombres de campo que creían en las señales de la tierra, no se movieron.
Ellos estaban viendo algo que desafiaba toda lógica.
El toro, el mismo que había matado a dos caballos en la tienta anterior, estaba bajando la cabeza, no para atacar, sino para permitir que Mateo lo tocara.
Con manos temblorosas, Mateo acarició el testuz del animal.
Buscó con sus dedos y, finalmente, la encontró.
Debajo de la capa de polvo y sudor, estaba la cicatriz en forma de estrella.
El becerro que su padre había salvado no lo había olvidado.
El animal recordaba las manos que lo alimentaron con leche cuando su madre murió, recordaba la voz que le cantaba en el corral en las noches de tormenta.
—Gracias, Sombra… —sollozó el joven, apoyando su frente contra la del animal—.
—Perdóname por lo que te han hecho.
Con un movimiento lento y respetuoso, Mateo extendió la mano hacia el cuerno derecho.
Sus dedos rozaron la seda de la bandera.
Con un tirón firme, la desprendió.
Tenía el premio en sus manos.
Tenía la vida de su madre asegurada.
Pero Don Aurelio no era hombre de palabra.
Al ver que el joven había logrado lo imposible, la envidia y el miedo lo consumieron.
Si ese muchacho salía de ahí vivo y con ese dinero, el pueblo empezaría a creer que el patrón no era invencible.
Y eso no podía permitirlo.
—¡Ese trato no vale! —gritó el patrón, bajando del palco a zancadas mientras sacaba un revólver de su cinturón—.
—¡Hiciste trampa! ¡Has usado brujería con mi animal!
Don Aurelio saltó al ruedo, seguido por dos de sus secuaces más fieles.
El aire cambió de nuevo.
La paz que se había sentido hace un momento fue reemplazada por la frialdad del acero.
Mateo se giró, guardando la bandera en su bolsillo, viendo cómo el hombre que le había robado todo se acercaba con intenciones asesinas.
—Usted dio su palabra, patrón —dijo Mateo, manteniendo la calma a pesar de que el arma le apuntaba directamente al corazón—.
—Todo el pueblo lo escuchó. Un millón por la bandera. Aquí la tengo.
—Ese dinero no es para gente como tú —escupió Don Aurelio, sus ojos inyectados en sangre—.
—Ese dinero es mío. Y ese toro también.
—Voy a matarlos a los dos aquí mismo, y diré que fue un accidente.
—Diré que el toro te mató y que yo tuve que sacrificarlo.
Los peones en las gradas empezaron a murmurar.
El descontento crecía.
Don Aurelio siempre había sido un tirano, pero esto era demasiado.
Sin embargo, el miedo al patrón todavía era más fuerte que su sentido de la justicia.
—Usted mató a mi padre, ¿verdad? —preguntó Mateo de repente, su voz fría como el hielo—.
—Aquel “accidente” en el barranco hace diez años… Él no se cayó. Usted lo empujó porque él no quería entregarle a Sombra.
Don Aurelio se detuvo, a solo unos pasos del joven.
Una sonrisa malvada se dibujó en su rostro.
—Tu padre era un sentimental estúpido, igual que tú —confesó el patrón, confiado en que nadie se atrevería a testificar contra él—.
—Se aferró a una bestia que no valía nada. Tuve que darle un empujoncito para que entendiera quién manda aquí.
—Y ahora, voy a hacer lo mismo contigo.
Don Aurelio levantó el arma, amartillándola.
El clic metálico resonó en toda la plaza como una sentencia de muerte.
Mateo cerró los ojos, esperando el impacto.
Pero no fue una bala lo que escuchó primero.
Fue un bramido.
Un sonido que parecía venir desde lo más profundo de la tierra, cargado de una furia ancestral.
Sombra, el toro que había permanecido tranquilo al lado de Mateo, había entendido el peligro.
Los animales no entienden de palabras, pero entienden de intenciones.
Y el olor del miedo y la maldad que emanaba de Don Aurelio era inconfundible.
Antes de que el patrón pudiera apretar el gatillo, el toro se lanzó.
No contra Mateo, sino contra el hombre que lo había maltratado durante años, el hombre que representaba todo su dolor.
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