El Primer Día en la Batalla de la Cocina
La mañana siguiente llegó con una sensación de irrealidad para Marco, Sofía y Ricardo. El sol, que antes les había parecido un aliado en sus días de ocio en la plaza, ahora se sentía como un recordatorio implacable de la jornada que tenían por delante. Se encontraron a las seis de la mañana frente a la entrada de servicio de “El Sabor de Rosa”, vestidos con uniformes de chef blancos, algo holgados, que les había entregado un supervisor con una mirada de curiosidad mezclada con escepticismo. El aroma a panadería y café recién hecho flotaba en el aire fresco de la madrugada, un olor que ahora tenía un significado completamente diferente.
El interior de la cocina era un torbellino de actividad. Ollas humeantes, sartenes chispeantes, el golpeteo rítmico de los cuchillos contra las tablas de cortar y el murmullo constante de voces y risas de los demás cocineros y ayudantes. El calor, intenso y envolvente, los golpeó de inmediato, haciendo que el sudor comenzara a perlarse en sus frentes. Los azulejos blancos de las paredes, impolutos, contrastaban con el caos organizado que se desarrollaba en el centro del espacio.
“¡Ustedes, los nuevos! ¡Aquí!”, la voz potente de un chef robusto y de aspecto serio, con una barba canosa y una gorra alta, los llamó. Era Don Pedro, el jefe de cocina, conocido por su disciplina y su pasión por la excelencia. Sus ojos, a pesar de su expresión severa, tenían un brillo de experiencia y una pizca de humor.
Marco, Sofía y Ricardo se acercaron, sintiéndose diminutos en medio de la inmensidad de la cocina. Don Pedro no perdió el tiempo con presentaciones. “Aquí no hay títulos, ni currículums. Aquí hay trabajo duro y respeto. Respeto por la comida, por los clientes y por los compañeros. ¿Entendido?”. Su voz era como un trueno suave, pero efectivo.
“Entendido, chef”, respondieron los tres al unísono, sus voces sonando un poco más débiles de lo que hubieran querido.
El primer día fue una prueba de fuego. A Sofía le asignaron la tarea de pelar y picar una montaña de cebollas. Sus ojos lloraban sin control, el picor se le metía hasta en el alma, y sus manos, acostumbradas al teclado de un ordenador, se sentían torpes y lentas con el cuchillo. Recordó la vez que se burló de Doña Rosa por el olor de sus empanadas, y ahora, ella misma era la fuente de ese olor acre, las lágrimas corriendo por sus mejillas sin que pudiera detenerlas.
Ricardo fue enviado a la zona de lavado, donde el agua caliente y el jabón cubrían




