Continuamos con la historia justo en el momento en que el destino de Mateo pendía de un hilo…
El estruendo del choque no fue el de carne contra cuerno. Fue el sonido del aire siendo desplazado por un movimiento tan rápido que pocos pudieron ver con claridad.
Mateo, usando el instinto que solo tienen los que han crecido en el campo esquivando peligros desde la cuna, giró sobre su propio eje en el último milisegundo.
El pitón derecho del toro pasó a escasos milímetros de su costado, rasgando la tela de su camisa blanca, dejando una marca roja de fricción en su piel, pero sin llegar a perforar.
El animal, desconcertado por haber golpeado el vacío, frenó en seco unos metros más allá, levantando una cortina de tierra que ocultó a Mateo por un instante.
—¡Es un milagro! —exclamó Tío Chencho, persignándose con manos temblorosas.
Don Aurelio se inclinó hacia adelante, su rostro transformándose de una sonrisa triunfante a una mueca de incredulidad absoluta. “¡Maldito seas!”, masculló entre dientes.
El reloj marcaba apenas diez segundos. El tiempo fluía como miel espesa, cada segundo pesaba una tonelada sobre los hombros de los espectadores.
Mateo recuperó el equilibrio. Sus pulmones ardían por el esfuerzo y el polvo, pero su mirada seguía clavada en el animal.
Sabía que no podía repetir el mismo truco. “Sombra” no era un animal tonto; era un depredador que aprendía con cada embestida.
El toro se dio la vuelta lentamente. Sus ojos oscuros parecían evaluar al pequeño humano que se atrevía a desafiarlo. Por un momento, hubo una conexión extraña entre ambos.
Dos seres que no pidieron estar ahí, obligados por el capricho de un hombre poderoso que jugaba a ser Dios con las vidas ajenas.
Mateo sintió una extraña paz. Ya no sentía el miedo que le atenazaba las piernas al entrar a la arena. Ahora solo sentía una resolución gélida.
—Si muero aquí —pensó Mateo para sus adentros—, moriré siendo libre. Nadie podrá decir que el amor de un pobre no fue suficiente para enfrentar al diablo.
Elena, al ver que Mateo seguía en pie, sintió una chispa de esperanza que le quemaba el pecho. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y se puso de pie.
—¡Tú puedes, Mateo! ¡Aguanta! —gritó con todas sus fuerzas, desafiando la mirada asesina de su padre.
Don Aurelio la tomó del brazo con violencia, intentando sentarla, pero Elena se zafó con una fuerza que nunca supo que tenía. En ese momento, ella también estaba peleando su propia batalla.
El cronómetro marcaba treinta segundos. La mitad del camino hacia la libertad o hacia el cementerio.
“Sombra” volvió a cargar. Esta vez no lo hizo en línea recta. El animal zigzagueó, buscando el cuerpo de Mateo con una inteligencia casi humana.
Mateo corrió hacia el centro de la arena. Sabía que si se quedaba cerca de las tablas, quedaría atrapado sin salida. Necesitaba espacio.
El toro lo alcanzó. Mateo saltó sobre el lomo del animal en una maniobra suicida, usando la fuerza del propio toro para impulsarse.
La plaza entera soltó un jadeo colectivo. Fue un vuelo de un segundo que pareció durar horas. Mateo cayó rodando sobre la arena, cubriéndose de polvo de pies a cabeza.
Se levantó de inmediato, pero el toro ya estaba sobre él otra vez. El animal no le daba tregua.
Esta vez, el cuerno alcanzó a Mateo en el hombro izquierdo. No fue una herida profunda, pero la fuerza del golpe lo lanzó contra el suelo con violencia.
La sangre empezó a teñir el polvo. La camisa de Mateo ya no era blanca; era del color del sacrificio.
Don Aurelio soltó una carcajada. —¡Ya lo tienes, Sombra! ¡Acaba con él! —gritó el hacendado, perdiendo toda compostura.
Mateo intentaba levantarse, pero su brazo izquierdo no respondía. El dolor era un fuego que se extendía por todo su cuerpo, nublándole la vista.
El toro se detuvo a tres metros. Agachó la cabeza. Estaba preparándose para el golpe final, el que no dejaría espacio para milagros.
Faltaban quince segundos. Quince segundos de vida que parecían un abismo insalvable.
Mateo miró hacia el palco. No miró a Don Aurelio. Miró a Elena. Ella estaba de rodillas, rezando, con los ojos fijos en él.
En ese momento de debilidad extrema, Mateo recordó algo. Recordó que “Sombra” no era su enemigo. El enemigo era el hombre que los había puesto a ambos en esa situación.
Con un esfuerzo sobrehumano, Mateo se puso de pie, usando su brazo derecho para sostener el izquierdo. Se mantuvo erguido, con la espalda recta, negándose a caer antes de que el tiempo terminara.
El toro inició su última carrera. Era una carga de furia pura, el estallido final de un animal harto de ser provocado.
Mateo no se movió. No intentó esquivarlo. Simplemente extendió su mano derecha hacia adelante, en un gesto de paz que nadie comprendió.
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