La Sala de los Espejos
El silencio que siguió a las palabras de Mateo fue tan denso que Rojas casi podía sentirlo. El aire frío del aire acondicionado parecía cortar la piel, y el olor a café premium que antes le había parecido agradable, ahora le resultaba opresivo, casi asfixiante. Sus ojos, pequeños y asustados, no podían apartarse de Mateo, quien lo observaba con una calma que lo desquiciaba.
“¿Qué… qué quieres decir, Mateo?”, balbuceó Rojas, su voz rasposa, casi irreconocible. La arrogancia que siempre lo había acompañado se había desvanecido por completo, reemplazada por una vulnerabilidad patética. Sus manos temblaban ligeramente, y las apretaba con fuerza sobre el maletín gastado que descansaba en su regazo.
Mateo se reclinó en su silla, observando a Rojas con una intensidad que traspasaba la pulcra superficie del escritorio. No había ira en su mirada, solo una calculada frialdad. “Quiero decir, Sr. Rojas, que durante mucho tiempo, usted tuvo el poder. El poder de decidir el destino de las personas. El poder de construir o destruir carreras. El poder de humillar.”
Cada palabra de Mateo era un golpe suave, pero preciso. Rojas se encogió ligeramente en su asiento, como si intentara desaparecer. El recuerdo del lunes fatídico, la sala de juntas, las miradas de los compañeros, el sonido de su propia voz implacable, debió haberlo golpeado con la fuerza de un rayo. El rubor subió por su cuello, no de vergüenza,




