Mateo se quedó petrificado, sintiendo cómo el aire se volvía denso y pesado en aquel pasillo de mármol pulido. El eco de los pasos de su madre, rítmicos y algo cansados, resonaba contra las paredes de la facultad como si fueran latidos de un corazón que se niega a rendirse. Ella caminaba con la espalda un poco encorvada, no por la edad, sino por las horas cargando cubetas y moviendo muebles en las oficinas del centro, pero en su rostro brillaba esa determinación que solo tienen las madres cuando creen que su hijo las necesita.
Su uniforme azul, con el logo de la empresa de limpieza un poco desgastado en el pecho, resaltaba de manera casi dolorosa entre los abrigos de marca y las mochilas de cuero de los demás estudiantes. Mateo vio cómo un grupo de compañeros de su clase de Macroeconomía se detenía a observar la escena. Los murmullos empezaron de inmediato, como serpientes siseando en la hierba. Podía sentir sus miradas clavadas en la figura de esa mujer que, con total naturalidad, cruzaba el vestíbulo principal cargando una bolsa de plástico blanca con el nudo un poco flojo.
—¡Mateo! ¡Hijo! —gritó ella con una sonrisa que iluminó su rostro cansado—. ¡Qué bueno que te alcancé! Te fuiste volando esta mañana y dejaste el itacate sobre la mesa. No quiero que te andes malpasando con esas porquerías que venden en la cafetería, que nada más te llenan pero no te nutren.
El joven sintió un nudo en la garganta. Por un microsegundo, una punzada de vergüenza, ese sentimiento infantil y egoísta que a veces ataca a los jóvenes frente a sus pares, intentó asomar la cabeza. Miró a Julián, el hijo de un exitoso empresario textil, que lo observaba con una ceja levantada y una sonrisa burlona. Miró a Sofía, la chica que le gustaba, quien se había quedado parada a unos metros con los libros apretados contra el pecho.
Pero entonces, Mateo miró las manos de su madre. Esas manos estaban rojas por el agua fría y el cloro. Tenían las uñas cortas y los nudillos hinchados. Eran las manos que habían lavado ropa ajena para pagar su inscripción, las manos que habían cocinado cada noche después de jornadas de diez horas para que a él nunca le faltara un plato caliente. En ese momento, la vergüenza se disolvió, siendo reemplazada por una oleada de amor tan intensa que casi le dolió el pecho.
—Mamá… no tenías que venir hasta acá —dijo Mateo, adelantándose para encontrarla a mitad del pasillo—. Estás en tu hora de descanso, debiste usarla para reposar, no para cruzar media ciudad en el transporte.
—¡Ay, mijo, si yo estoy acostumbrada al trote! —respondió ella, entregándole la bolsa que todavía emanaba un delicioso aroma a guiso casero—. Te hice las enchiladas que tanto te gustan, las que llevan bastante queso. Comételas ahora que están calientitas, no esperes a que se pongan como suela de zapato.
Mateo tomó la bolsa con cuidado, como si estuviera recibiendo un tesoro de valor incalculable. Sus dedos rozaron los de su madre y sintió la aspereza de su piel, el sacrificio tangible que ella hacía cada día. A su alrededor, el silencio se había vuelto incómodo. Julián dio un paso adelante, rompiendo la burbuja de intimidad que se había formado entre madre e hijo.
—Vaya, Mateo —dijo Julián con un tono cargado de sarcasmo—. Así que esta es la “chef personal” de la que nunca nos hablaste. No sabía que el servicio de catering de la universidad vestía uniformes de limpieza ahora.
Un par de risas ahogadas se escucharon al fondo. La madre de Mateo parpadeó, confundida por el tono pero sin entender del todo la malicia. Se acomodó un mechón de pelo cano que se le había escapado de la red y miró al grupo de jóvenes con una humildad que, lejos de hacerla ver pequeña, la hacía parecer gigantesca ante los ojos de su hijo.
—Mucho gusto, jóvenes —dijo ella con sencillez—. Soy la mamá de Mateo. Perdonen si interrumpí algo importante, pero es que este muchacho cuando se pone a estudiar se olvida hasta de respirar.
Julián soltó una carcajada seca, mirando el uniforme de la mujer con un desprecio mal disimulado. Mateo sintió que la sangre le hervía en las venas. La tensión en el aire era tan real que se podía cortar con un cuchillo. Sofía, que seguía observando, dio un paso hacia ellos, pero antes de que pudiera decir nada, Julián volvió a abrir la boca para soltar un comentario que cambiaría el rumbo de esa mañana para siempre.
—Deberías tener cuidado, Mateo —continuó el chico rico—. Si tu mamá se queda mucho tiempo aquí, los de seguridad van a pensar que viene a limpiar los baños y le van a dar un trapeador. Aunque, pensándolo bien, tal vez así podrías pagar la cuota de la biblioteca que debes, ¿no?
Mateo apretó los puños. El mundo pareció detenerse. Su madre, que por fin había captado la crueldad en las palabras del muchacho, bajó la mirada por un segundo, sintiéndose fuera de lugar. La bolsa de comida, que hasta hace un momento era un símbolo de amor, se sentía ahora como un peso que la señalaba. Sin embargo, lo que Julián no sabía era que Mateo no era el tipo de hijo que se queda callado cuando tocan a lo más sagrado que tiene.
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