Continuamos con la historia donde la dejamos, en el momento más crítico para nuestro protagonista…
El dolor en el pómulo de Julián no fue una señal de derrota, sino un despertador.
Hacía años que no sentía ese fuego interno, esa necesidad primaria de supervivencia que solo conocen quienes han estado al borde del abismo.
Cuando sintió que El Garra intentaba hundirle la punta de acero en la espalda, Julián hizo algo que nadie esperaba.
En lugar de alejarse, se giró hacia el dolor.
Atrapó la muñeca del atacante con una fuerza hidráulica, escuchando el crujido de los huesos bajo su presión.
Con un movimiento seco de cadera, proyectó al hombre por encima de su hombro, estrellándolo contra el suelo de concreto con tal violencia que el aire salió de sus pulmones en un silbido agónico.
—¿Quién sigue? —preguntó Julián, y esta vez su voz no era tranquila. Era de acero.
Los otros cuatro secuaces dudaron. Miraron a su líder, que ya estaba de pie, tambaleándose pero furioso.
El Patrón se limpió la sangre de la comisura de los labios con el dorso de su mano gigante.
Su rostro estaba deformado por la hinchazón, pero su orgullo herido dolía mucho más.
—¡Son cuatro contra uno, cobardes! ¡Acaben con él o yo mismo los mandaré a la enfermería! —amenazó El Patrón, aunque ya no sonaba tan seguro de sí mismo.
La pelea se reanudó con una furia renovada.
Julián recibió un golpe en las costillas que le cortó la respiración, pero devolvió un codazo ascendente que le rompió la nariz a otro de los matones.
Era una danza brutal.
Julián usaba cada centímetro del espacio, aprovechando que los secuaces se estorbaban entre sí por su propia desesperación de agradar a su jefe.
Pero entonces, ocurrió lo inesperado.
Uno de los guardias, desde la torre de vigilancia, cargó su fusil de balas de goma.
El sonido metálico del arma alistándose hizo que muchos se agacharan por instinto.
Sin embargo, el guardia no disparó.
Desde arriba, los oficiales observaban con una mezcla de morbo y asombro.
Habían querido quitar al Patrón del poder durante años porque él controlaba más de lo que ellos podían permitir, pero nunca habían tenido una excusa o alguien que hiciera el trabajo sucio.
—Déjenlos que se maten —susurró el sargento a su subordinado, bajando el cañón del arma—. Veamos de qué está hecho el nuevo.
Abajo, Julián estaba llegando a su límite.
Tenía un corte en el brazo, el ojo izquierdo se le estaba cerrando y el cansancio empezaba a pesarle en los hombros como si cargara piedras de molino.
Los cuatro hombres lo tenían acorralado contra la pared de la lavandería.
El Patrón se acercó lentamente, sacando de entre sus ropas una navaja larga y brillante, una que guardaba solo para ejecuciones especiales.
—Se acabó el juego, “maestrito” —dijo El Patrón con una sonrisa macabra—. Te voy a abrir de arriba a abajo para que todos vean qué pasa cuando alguien me falta al respeto.
Julián miró a su alrededor. Estaba solo.
O eso pensaba.
De repente, un zapato voló desde la multitud y golpeó la espalda del Patrón.
Luego, un plato de metal. Luego, una piedra.
—¡Déjenlo en paz! —gritó una voz entre la multitud.
Era El Flaco. El hombre más miedoso del penal había salido de las sombras.
Tenía el rostro pálido y las piernas le temblaban como gelatina, pero en su mano sostenía un palo de escoba roto.
—¡Si tocan al nuevo, nos tocan a todos! —gritó otro recluso, un hombre mayor que siempre había sido humillado por los hombres del Patrón.
Como si una presa se hubiera roto, decenas de presos comenzaron a cerrar el círculo, pero esta vez contra los matones.
No era una revuelta contra la cárcel, era una rebelión contra la tiranía interna.
Los cinco secuaces se encogieron, dándose cuenta de que ya no eran los depredadores. Eran la presa.
El Patrón, ignorando la rebelión a su alrededor, se lanzó contra Julián con la navaja en alto, cegado por el odio.
Julián vio venir el ataque. Todo se movió en cámara lenta.
Vio la hoja de metal, vio el sudor en la frente del gigante, vio el miedo oculto tras los ojos del abusador.
Julián no usó su fuerza para atacar.
Esperó el momento exacto, se agachó bajo el brazo del Patrón y, con un movimiento preciso de sus dedos, presionó un punto nervioso en la axila del gigante mientras le propinaba un golpe seco en el plexo solar.
El Patrón se quedó paralizado. Su navaja cayó al suelo con un tintineo metálico.
Sus pulmones se negaban a expandirse. Sus rodillas, por primera vez en su vida, fallaron.
El gigante cayó de rodillas frente a Julián.
El silencio que siguió fue absoluto.
Trescientos hombres contenían el aliento mientras veían al hombre más poderoso del penal humillado a los pies del hombre más pacífico.
Julián, jadeando, con la cara manchada de sangre y sudor, recogió la navaja del suelo.
La miró por un segundo, sintiendo el peso de la decisión que tenía en sus manos.
El Patrón lo miraba desde abajo, con lágrimas de terror asomando en sus ojos. Él sabía lo que él le habría hecho a Julián en esa posición. Esperaba el final.
Julián levantó el arma. La multitud rugió, pidiendo sangre, pidiendo que terminara con el reinado de terror de una vez por todas.
Incluso los guardias, desde las torres, esperaban el desenlace fatal.
Julián miró al Patrón, luego miró a los presos que lo vitoreaban, y finalmente miró hacia el cielo, donde un pequeño pájaro volaba libre por encima de los muros.
Cerró los ojos por un instante, pensando en su hija, en el hombre que quería ser cuando saliera de ese lugar.
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