Seguimos exactamente donde quedó la escena, con el aire cargado de una electricidad que presagia lo inevitable…
El primer golpe del bate cortó el aire a milímetros de la oreja de Mateo.
El silbido de la madera fue la señal para que el mundo explotara en movimiento.
Mateo no era un peleador de calle, no era un matón que buscaba problemas; era un hombre que había aprendido que la fuerza sin control no es nada, y que la calma es el arma más letal en medio del caos.
Cuando El Tanque intentó un segundo golpe, esta vez descendente y buscando destrozar el hombro del joven, Mateo no se hizo a un lado.
Dio un paso hacia adentro, acortando la distancia, anulando el radio de giro del bate.
Con un movimiento fluido de su antebrazo, desvió la trayectoria del arma y conectó un golpe seco en el plexo solar del gigante.
El Tanque soltó un quejido sordo, el aire escapando de sus pulmones como un neumático pinchado.
El bate cayó al suelo con un estruendo metálico que pareció despertar a todo el pabellón.
Pero Mateo no se detuvo a celebrar.
Los otros dos subordinados se le echaron encima.
Uno intentó rodearle el cuello con el brazo, mientras el otro lanzaba puñetazos salvajes a sus costillas.
Mateo sintió el impacto de un nudillo contra su pómulo, el sabor metálico de la sangre inundando su boca al instante.
Ese dolor, en lugar de amedrentarlo, encendió una chispa de claridad absoluta.
—¿Eso es todo lo que tienen? —masculló Mateo, mientras se zafaba del agarre con un giro de cadera que dejó al primer agresor tropezando contra el balde de limpieza.
El agua sucia se derramó, empapando los pantalones de los atacantes.
El Galgo, que hasta hace un momento observaba con suficiencia, dio un paso atrás.
Su rostro ya no mostraba burla, sino una creciente incredulidad.
Él había dominado ese pabellón mediante el miedo y la fuerza bruta, pero lo que tenía frente a él era algo diferente: era disciplina.
—¡Mátenlo! ¡Qué esperan! —gritó El Galgo, su voz ahora aguda por la frustración.
Mateo se plantó en el centro del pasillo.
Sus ojos recorrieron a los hombres que lo rodeaban.
Eran tres contra uno, y El Galgo aún tenía una navaja artesanal oculta en su cinturón, Mateo lo sabía.
En ese momento, el joven recordó las palabras de su padre antes de que todo se desmoronara: “Hijo, el mundo intentará ponerte de rodillas, no porque seas débil, sino porque tu altura los intimida”.
El Tanque, recuperando el aliento, rugió de furia y se lanzó como un toro herido.
Mateo esperó hasta el último segundo.
Usó la propia inercia del gigante, lo tomó del brazo y lo proyectó contra la reja de una de las celdas.
El impacto fue brutal.
El Tanque cayó al suelo, inconsciente, antes de tocar el cemento.
Los otros dos se detuvieron en seco.
Miraron a su compañero caído y luego miraron a Mateo.
El joven limpiador tenía la respiración agitada, un hilo de sangre corría por su barbilla y su uniforme de recluso estaba manchado, pero su mirada era la de un rey en un campo de batalla.
—Ustedes no pelean por lealtad —dijo Mateo, señalando al Galgo con un dedo firme—. Pelean porque le tienen miedo a él. Pero miren a su “jefe” ahora. Miren cómo tiembla porque sabe que su corona está hecha de papel.
El Galgo, acorralado por sus propias mentiras, sacó la navaja.
Era una hoja afilada, hecha de una cuchara de metal aplanada, brillante y peligrosa.
—Crees que por saber un par de trucos ya ganaste, ¿verdad? —siseó el líder, avanzando lentamente—. Este es mi reino. Aquí, la única ley es la mía.
El silencio volvió a reinar, pero esta vez era diferente.
Los demás presos se habían acercado a las rejas.
Ya no eran espectadores pasivos; había una chispa de esperanza en sus ojos.
Si ese muchacho, el que limpiaba sus pasillos, podía enfrentarse al monstruo, quizás ellos también podrían recuperar un poco de su humanidad.
El Galgo lanzó una estocada rápida hacia el estómago de Mateo.
El joven retrocedió, sintiendo el viento de la hoja rozando su tela.
Fue una danza mortal en un espacio reducido.
Izquierda, derecha, atrás.
Mateo sabía que un solo error significaba el fin.
El Galgo era errático, desesperado, y eso lo hacía doblemente peligroso.
En un movimiento desesperado, El Galgo se abalanzó con todo su peso.
Mateo vio la apertura.
No golpeó con los puños esta vez.
Usó la palma de su mano para desviar la muñeca del agresor y, con un movimiento rápido, desarmó al líder frente a todos.
La navaja voló por el aire y terminó cayendo por el desagüe del piso.
El Galgo quedó paralizado.
Sus manos estaban vacías.
Su poder, evaporado.
Mateo no lo golpeó más.
Simplemente se quedó allí, a pocos centímetros de él.
—Limpia tus propias botas, Galgo —dijo Mateo en un susurro que se escuchó en todo el pabellón—. Porque a partir de hoy, nadie más lo hará por ti.
El líder cayó de rodillas, no por un golpe físico, sino por el peso de su propia derrota moral.
Sus subordinados, viendo que el sol del Galgo se había ocultado, simplemente se alejaron, dejándolo solo en medio del pasillo mojado.
Mateo respiró hondo.
El cuerpo le dolía, las costillas le gritaban y el pómulo se le estaba hinchando.
Pero por primera vez en meses, se sintió libre, a pesar de estar tras las rejas.
Sin embargo, justo cuando pensaba que la tormenta había pasado, un sonido metálico y pesado resonó desde el final del corredor.
Las puertas principales se abrieron.
No eran los guardias de turno.
Era el alcaide, acompañado por un equipo de intervención especial.
Alguien había dado la alarma, pero no por la pelea.
El alcaide caminó con pasos lentos hasta llegar frente a Mateo, quien aún mantenía su postura de combate.
El hombre mayor miró al Tanque en el suelo, miró al Galgo humillado y luego clavó sus ojos en el joven limpiador.
—Muchacho —dijo el alcaide con una voz profunda—, parece que causaste un desastre aquí.
Mateo no bajó la mirada.
—Estaba limpiando, señor. Solo que algunas manchas son más difíciles de sacar que otras.
El alcaide esbozó una sonrisa enigmática que desconcertó a todos.
Sacó un sobre de su bolsillo interno y lo sostuvo frente a Mateo.
—Tengo noticias de afuera —dijo el funcionario—. Y creo que después de lo que acabo de ver, vas a necesitar estar muy preparado para lo que viene.
Mateo sintió que el corazón le daba un vuelco.
¿Era su libertad? ¿O algo mucho más oscuro que lo perseguía desde su pasado?
El joven miró a la cámara imaginaria de los ojos de los testigos, y luego se dirigió a todos los presentes, incluyendo a aquellos que, desde la distancia del tiempo, conocerían su historia.
—Esto —dijo Mateo, señalando el sobre— es solo el comienzo. Porque la verdadera pelea no se gana con bates ni navajas. Se gana cuando decides quién vas a ser cuando el mundo te quita todo.
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